Un taller imaginario poblado por aspirantes a escritores imaginarios que leen, en reuniones imaginarias, textos imaginarios que compila, organiza y, finalmente, comenta un profesor cuya voz imaginaria, en su llaneza y cercanía, parece salirse de la página y cuestionar el estatus ontológico de todo el proyecto. Este es el marco elegido por José María Merino para traernos una colección de más de sesenta relatos breves, un arte en el que, dentro de la narrativa española, ha llegado a ser un maestro consumado.
Se trata de textos en los que, siempre en un par de páginas, se aborda el misterio de la identidad personal y los temas que, bajo la óptica del relato fantástico, lo circundan: las trampas de la memoria, la frontera entre ficción y realidad, la amenaza seductora de la inteligencia artificial. Hombres y mujeres que recuerdan con nostalgia su infancia, hasta caer en la cuenta de que siguen atrapados en ella; un hombre que lo pierde todo en busca de una isla misteriosa que, como parece evidente para el resto, solo está en su imaginación; otro que le pide a Chat GPT que escriba la tercera parte del Quijote, y el resultado no está nada mal; otro que se enamora de una nube, y consuma. Etcétera, si procede.
La extrema simpleza del estilo, esa prosa sobria y a ratos cándida, que despacha en dos líneas ‒como quien comenta cuánto llueve esta tarde‒ el derrumbe de las certezas identitarias de un personaje, me produce cierta perplejidad. En esta llaneza reside, creo, parte de la disimulada malicia del libro. Por sus temas, muchos de estos cuentos recuerdan algunos de los relatos clásicos del género fantástico, como los de Cortázar: “Calle de los Condes del Val…”, donde un hombre encuentra consuelo en la vida acuática de un estanque citadino, es casi un homenaje a “Axolotl”; el tema del sueño como portal a otra vida que acaba por suplantar la del soñador, recurrente en esta colección, aparece también, por ejemplo, en “La noche boca arriba”; y, en general, esa permeabilidad de la frontera entre ficción ‒más aún, su forma textual específica‒ y el mundo exterior, recuerda los juegos a los que, acaso con mayor gracia y flexibilidad de estilo, nos acostumbró el escritor argentino.
Pero, mientras que un autor como Cortázar construye poco a poco la introducción de lo fantástico en el orden cotidiano, Merino, más cercano a la herencia castellana de Unamuno y, a ratos, próximo a otros autores contemporáneos (apostaría que por afinidad estilística puramente accidental) como Ted Chiang, escoge, como decíamos, un estilo llano que se ahorra florituras. Transforma, por decirlo así, lo fantástico en tópico; lo empaqueta en un formato que hace del precipicio metafísico un manojo de párrafos sospechosamente digeribles y tratables. Esta maniobra, por cierto, se ve reforzada en el texto por la (meta)ficción adicional de hacer pasar toda la obra por el poco glamuroso resultado de un taller de aficionados.
Algún jurista ha dicho que la ley es una forma de trivializar un conflicto político: una vez que está prohibido fumar en espacios cerrados, dan exactamente igual nuestras disquisiciones sobre los límites de la libertad y el derecho a respirar un aire limpio, pues todo lo que importa es, ahora, si nuestra conducta se ajusta a la ley. Algo similar cabe decir del tópico literario, pero este “trivializa”, en cambio, un conflicto existencial, una pesadilla metafísica. Lo que el escritor nos regala es, ya que no leyes para dejar de pelear entre nosotros, una construcción estética con la que afrontar de forma más amena, más segura, las pesadillas cuyo nombre acaso desconocíamos. El tema del doble, el tema del falso despertar, el tema de la máquina.
Sin embargo, este regalo tiene algo, también, de caballo de Troya. Y es que, por esos límpidos textos que caben en el trayecto entre dos estaciones de metro, se cuela, en definitiva, lo fantástico en el orden cotidiano. Cuanto más llano y ameno es el estilo, más siniestro es el resultado, no ya porque los hechos narrados correspondan a historias completamente originales y enigmáticas (para el libro que nos ocupa, desde luego que no es el caso), sino porque esa forma breve, compacta, apacible, inocula con mayor efectividad ese mundo subterráneo, aparentemente domado, en la certidumbre arrogante de la vigilia. Donde, tarde o temprano, echará raíces.