Silvana Navas Guerrero es una suma de plenitudes: posee una personalidad singularmente predestinada para la escena y unos ojos selváticos y abiertos de par en par a la vida, y que guiña risueños a cada rato bajo penacho lúdico y distintivo. Vimos a esta fuerza desatada de la escena liberando su energía telúrica y andalusí en Los bandos de Verona de Rojas Zorrilla, dirigida por Daniel Alonso de Santos en versión de Eduardo Galán. Ella, que se considera una señora de sofá, se pone retos entre graciosos mohines. Hace artes marciales coreanas (kuk sool) porque un día se lo propuso el actor Alfredo Noval, y ya es cinturón marrón en este renovado impulso de las formas corporales. Asegura que, a primera hora, cuando se levanta, la vida le sobra, y piensa que todos tenemos un golpecito en la bañera. Aunque ama el teatro con todo su ser, relativiza las artes escénicas porque, a fin de cuentas, “no le vamos a cambiar la vida a la gente de Tomelloso”. Admira mucho el biruji escénico de las grandes payasas: Yolanda Ramos, Silvia Abril y Mary Paz Sayago. Va a estrenar serie a finales de año, Ella, maldita alma, basada en la novela de Manuel Rivas. En conjunto, Silvana parece haber sido concebida donde chocan el Atlántico y el Mediterráneo: de ahí la mezcla de impulsos pasionales de vanguardia y sentimientos profundísimos y antiguos que va modulando dialectalmente con verbosidad que imanta y enamora. Actualmente, se la puede ver interpretando a varios personajes en GRRRL de Xus de la Cruz y Sara García Pereda en el Teatro María Guerrero (Centro Dramático Nacional).
¿Qué método dramático utiliza?
El método Silvana, también conocido como el método Papov: “sal con tu papo, no te choques con los muebles y vuelve ligerito” [Risas]. Me pongo siempre muy al servicio de lo que se está haciendo y me da igual trabajar en la Feria de Lebrija o hacer las tardes de payasos de El Cuervo, las presentaciones de gala o incluso a micrófono abierto con borrachos.
Me está vd. describiendo a los cómicos de la lengua de El viaje a ninguna parte… Entiendo, además, que el clásico forja un carácter.
Lo que nos encontramos en nuestra profesión es muy complicado, porque es una profesión muy pequeña, somos un sector muy miserable y nos conocemos todos. Y a Xus de la Cruz y a Sara García Pereda ya las conocía y, automáticamente, cuando me llega el proyecto de GRRRL me pongo a su servicio con dos lagrimones por los mofletes. Y aquí donde me ves, aunque soy actriz especializada en verso, no me limito al clásico: entré en la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico en 2015 e hice Los empeños de una casa de sor Juana Inés de la Cruz y La dama boba de Lope de Vega, ambas en 2018. Después, en la Compañía Nacional de Teatro Clásico hice Las Troyanas de Séneca, dirigida por Adriana Ozores, y Recatadas S.L. El arte de mirar al suelo, de Xus de la Cruz.
¿Quiénes son sus primeros maestros del oficio?
He tenido mucha suerte en la vida porque cuando acabé la carrera empecé a trabajar. Lo primero que hice fue El invisible príncipe del baúl de Álvaro Cubillo de Aragón, pasando por Almagro (que podría considerar casi segunda residencia) y, desde entonces, he ido enganchando obras cuando menos me lo esperaba. Fui la show-woman de Maldito Naranjito con Iñaki Urrutia en el Teatro EDP de Gran Vía y estuve dos años con Morboria Teatro, con Eva del Palacio y Fernando Aguado haciendo El burgués gentilhombre de Molière y El lindo don Diego de Agustín Moreto, y con ellos aprendí la máxima de “ponte dieciocho apechusques y sal a escena, no importa lo que pase, la función está por encima de todo lo demás”… Me cuidaron mucho Eva y Fernando y me siguen cuidando, y de vez en cuando reincido en eventos con ellos que celebramos con la alegría que dan las personas buenas.
¿Si volviera vd. a nacer volvería a ser actriz?
Seguramente no. Por la parte buena que tiene, sí, porque la vivo en gloria, pero el nivel de sufrimiento ha sido tal que no sé si me compensa. El teatro no es democrático, en contra de lo que la gente piensa: es una jerarquía e incluso diría que una dictadura del director. ¿Desde cuándo se opina en un teatro? Eres un peón de lo que el director quiere contar. Y aún diría más, pienso que en algunos casos los directores se han excedido con su poder, si te fijas una de las escenas de GRRRL… te lo diré con una expresión propia del carnaval de Cádiz: “el que la lleva la entiende”. Por otro lado, el porcentaje de desempleo en el mundo del teatro alcanza el 93%, lo que es una auténtica barbaridad, y el que yo esté ahora entre ese 7% que trabaja, no quita para que sea consciente del problema laboral que padecemos y del sufrimiento que supone. En teatro no se gana dinero: en los circuitos independientes puedes llegar a los 300 euros brutos por una función un día, dos, tres... ¿Y el resto? Está muy bien este mundo de pompa y boato cara a la galería, pero la realidad es que comemos papas con arroz, lo que genera muchísima miseria y miedo. De manera que no, no volvería a ser actriz. Seamos realistas: no le vamos a cambiar la vida, por ejemplo, a la gente de Tomelloso después de una función.
Entonces, ¿no le compensa?
No, bueno no lo sé. Me he perdido muchos cumpleaños de mi sobrino, he estado en Nochebuena haciendo de angelito en una discoteca… El sufrimiento de todo esto no me compensa porque al final solo se trata de una función de teatro, nada más. Hay que asumir la poca importancia que tenemos. Por otro lado, está el factor de algunos maltratadores: hay que huir de los tibios que son más peligrosos que una caja de bombas. A día de hoy no tengo siquiera la necesidad de ser demostrativa. Si un señor de cuarenta y tantos años elige comportarse de una determinada manera y te somete a una sutil y continuada tortura de maltrato laboral y psicológico en un oficio que es tan precario, tienes dos opciones: irte al diván o escribir una obra que, en mi caso se titula Matar a Francis, junto a Diego Rioja, o confrontar a expensas de que te tachen de problemática. Creo que soy la persona de toda España que más monetiza sus traumas [risas]. Vivo del teatro hace muchos años porque diversifico un montón y antes esto lo llevaba con la boca chica, como si fuese algo malo, pero ahora lo llevo a gloria. Total, que al final sí que me compensa a pesar de las vicisitudes.
¿Hay clases y clases dentro del teatro?
Absolutamente. El teatro no debería ser un foco de sufrimiento porque el teatro pertenece al sector servicios y es lo primero que cae, que se suprime. ¿O ya no nos acordamos de la pandemia? No merece la pena sufrir por los juegos de poder de algo que es muy importante pero que no tiene importancia. Por otro lado, el director de teatro y dramaturgo Alfonso Zurro me dijo en cuarto de carrera que si me toca hacer de Adolf Hitler en una obra, no me tengo que enfadar: trabajamos con personajes de todo tipo y esto hay que asumirlo. Y claro que hay clases, padrinos, favores, favoritismos, secretos… Somos personas que vamos interactuando unos con otros, nos llamamos, nos preguntamos, confiamos y desconfiamos… Hay que trabajar, pero depende de con quién es saludable ponerse un chubasquero más o menos gordo, por tu salud mental sobre todo.
¿Cómo se tomaron en casa su vocación?
Yo empecé pedagogía, pero vi ¡Ay, Carmela! de Sanchis Sinisterra en una carpa de Chipiona con trece años y mi padre, que es ingeniero agrónomo de la Junta de Andalucía, y mi madre, que es pintora y tiene mentalidad de artista, entendieron mi vocación. También quise hacer periodismo en Sevilla, porque me encanta el mundo de la comunicación, de hecho mi hermano Alejandro es periodista, y presenté una solicitud en la Escuela de Arte Dramático y me admitieron tras la prueba de ingreso: veía a la gente “revoleada” por los pasillos y me dije “este ambientito me gusta a mí”. Empecé a hacer animaciones para niños, imaginemos cuarenta niños arrojándome pelotas, después conocí a un gordo maricón de Cádiz graciosísimo y hacíamos un espectáculo con la Orquesta de Jerez e incluso íbamos a animar al Zoológico de Jerez de la Frontera cuando traían un bicho nuevo y hacía tanto calor allí al sol gaditano que nos quemábamos las plantas de los pies. Llegamos a dormir en el coche en las gasolineras y más de una vez nos paró la guardia civil encontrándose a dos seres empapuchados de purpurina.
¿Cuándo decidió venirse a Madrid?
La decisión de Madrid la tomó la vida por mí. Se me habían enganchado tres o cuatro trabajos en Sevilla, después estuve en el mencionado monólogo del Teatro EDP de Gran Vía y más tarde probé suerte en Granada porque tenía un novio músico que trabajaba allí y estuve unos meses por amor. Finalmente me llamó Morboria y entonces me asenté en Madrid, aunque no me imagino dentro de veinte años por aquí dando vueltas. Cada vez me gusta más la idea de quedarme en mi Cadiz natal o en algún sitio que tenga cerca la playa.
¿Qué les pediría a los ministros y consejeros de cultura?
Les pediría que echen al sector dinero sin parar y que pongan en marcha un sistema de itinerancias de las obras que les permita viajar de Madrid a otras provincias, como Cádiz, Almería y Burgos. También sucede que, por ejemplo, en los teatros del País Vasco no se enteran de lo que estrenan en Sevilla, y esto es porque hay poco tránsito de las obras entre las regiones, los políticos regionales responsables de cultura no se comunican entre ellos. En Sevilla, por ejemplo, se hacen cosas muy interesantes, modernas y vanguardistas, y hay muchísimo talento y potencialidad. El arte debería trascender el debate partidista, no tendría que ver con quién vota uno o no. Al final, las señoras de laca Nelly que se toman su café y van en grupo a ver el espectáculo cada día son las que, en realidad, sostienen el teatro en Madrid.
¿Con quiénes le gustaría trabajar?
A día de hoy me siento muy feliz y yo me casaba trabajando con Xus de la Cruz y Sara García Pereda, porque no me hace falta ni que me enseñen sus proyectos para aceptarlos. Me encantaría trabajar con los de comedia audiovisual en España, que se hace muy buena ficción aunque no me sepa bien los nombres: Poquita fe, La vida breve, Muertos S.L., Vergüenza…. Yo que sé. Me da palo decir nombres por si me falta alguno. También me encantaría trabajar con La Zaranda, el Teatro Inestable de Andalucía la Baja. Y Con Rikarte, Sanzol, la compañía Lucas-Escobedo, Andrés Lima, Tarantino, ¿por qué no? Que Tarantino acaba de decir que quiere hacer teatro el tío. Y, por supuesto, agradezco y soy muy feliz con la gente con la que ya he trabajado, como Daniel Alonso de Santos, Esther Berzal y muchos más que cuentan conmigo, que es de bien nacidos ser agradecidos. También admiro mucho el biruji escénico de las grandes payasas: Yolanda Ramos, Silvia Abril y Mary Paz Sayago. Las cómicas lo tienen muy difícil en este país, que la comedia no se premia y desde mi punto de vista es de las cosas más difíciles del planeta.