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ENTREVISTA

Jesús Munárriz: “Casi siempre hay una correlación entre la vida del artista y su obra”

Jesús Munárriz, fotografiado por Pedro Carrillo.
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Jesús Munárriz, fotografiado por Pedro Carrillo.
Javier Mateo Hidalgo
martes 04 de marzo de 2025, 16:11h
Actualizado el: 04 de marzo de 2025, 16:35h

La Historia del Arte ha encontrado siempre en la temática del deseo un motivo para alumbrar imágenes emblemáticas. Se trata de un tópico fundamental que explica el fin del ser humano. La reproducción como medio para la supervivencia de la especie. Este deseo puede acabar adoptando la forma del amor como sentimiento puro y “civilizado”. En cualquiera de los casos, ya desde las venus prehistóricas hallamos la fertilidad como elemento de preocupación en el individuo. El apetito sexual de los dioses en la mitología griega ha desencadenado relatos megalómanos que explican a la propia civilización; la admiración por el atractivo de hombres y mujeres —tanto interno como externo— ha dado lugar a retratos canónicos. No es de extrañar que también esas imágenes hayan inspirado ríos de tinta, y viceversa. La palabra se vuelve icono y lo visual se torna en letra.

Este será el caso de Museo secreto, nuevo libro de poemas de Jesús Munárriz (pamplonés nacido en San Sebastián en 1940). Un volumen pleno de sorpresas, donde los poemas del navarro-donostiarra conversan con las imágenes surgidas de la mano de Paco Montañés, generando un discurso coherente e impactante. El trazo, delicado y emulador de obras plásticas y definitorias de nuestra cultura, metamorfosea cuerpos y los funde, generando contenidos crípticos y dominados por el erotismo. Los poemas se preguntan por lo que imágenes, pintores y modelos, personajes del universo bíblico y grecolatino muestran y a la vez esconden; rastrean motivaciones y fuentes de las que manan tantos orígenes que nos definen. Un auténtico regalo para “amantes” de la poesía o del arte en concreto y de lo que esta palabra abarca en todo su espectro.

Con el poeta, traductor y creador del sello Hiperión establecemos el siguiente diálogo, bien esclarecedor en torno a su libro y génesis.

Pregunta: Museo secreto supone todo un recorrido a través de la Historia del Arte desde una perspectiva bien particular: la del Eros. ¿Es tal vez su belleza la que invita a la producción artística y a la reproducción humana?

Respuesta: Que Eros invita a la reproducción es evidente (risas). La belleza ha motivado una gran parte del arte. Hay otra parte que proviene de otras fuentes: la religión, el pensamiento… No obstante, los museos están llenos de obras inspiradas por el amor. Sobre todo por el desnudo femenino, que va unido inevitablemente al Eros y da pie al artista para introducirse en ese mundo. Todo el arte griego —que es el origen del nuestro— está basado en la belleza del ser humano. También consiguieron representar el cuerpo masculino con gran elegancia, pero sobre todo el femenino. Ahí están todos esos ejemplos en mármol que han sobrevivido a dos mil años de barbarie.

Pregunta: Una belleza, la de las estatuas griegas, lograda a través de la importancia que sus autores daban a las formas en su relación con las matemáticas. Gracias a ello conseguían esa perfección tan idealizada a la que te refieres.

Respuesta: Sí. Son cuerpos que respondían a medidas, a ideas geométricas, a la proporción entre las partes. Todo ello hace que el conjunto sea de una armonía ejemplar.

Pregunta: Quien se acerque a tu magnífico libro y disponga de conocimientos estéticos suficientes, reconocerá en buena parte de tus poemas obras bien conocidas: de Gabrielle d’Estrées y su hermana la duquesa de Villars, pasando por El origen del mundo de Courbet o Las señoritas de Aviñón de Picasso. ¿Puede considerarse tu poemario una suerte de pieza detectivesca a desentrañar por todo amante del arte?

Respuesta: Hay algo de eso, porque no doy demasiados datos. Muchas veces no digo ni el nombre del artista ni el título del cuadro. Dejo que el lector lea los poemas y adivine a qué me refiero. Sí, hay un poco de juego en ese sentido. Solo hay un poema en el libro, Opulenta —el último—, que no está escrito sobre un cuadro o una escultura, sino sobre una chica de verdad. Está dedicado a una gorda de Botero que encontré en la calle. Mientras esperaba en una parada al autobús, apareció una chavalota hermosísima pero que debía pesar ciento y pico kilos. ¡A Botero le hubiera encantado pintarla! (risas) También está el que dedico a Balthus a través de una de las niñas que pintaba. No le menciono —le llamo “el conde” porque lo era, de Rola—. Tú sabes que tiene un libro ilustrado, Mitsou, sobre un niño que es Rilke. Éste tiene un gato que se le pierde. La madre de Balthus era amante del poeta austríaco. Tampoco menciono en Una de ellas a Picasso, que es el protagonista. Ese poema me divierte mucho. La madame del burdel de las demoiselles d´Avignon dice: “¡Con lo bien que pintaba y ahora hace unas cosas horrorosas!” (risas) Ahí, voluntariamente, espero que el lector adivine. En vez de darle pistas las voy ocultando. Fíjate que es un libro que salió en Caracas y aquí no lo leyó nadie. Me dieron cinco ejemplares que di a cuatro amigos. Como en Hiperión hubo que hacer unos cambios tras el fallecimiento de mi mujer, mis nuevos socios fueron los que me dijeron: “Oye, ¿ese libro tuyo de los cuadros, por qué no lo sacamos?

Pregunta: Las interpretaciones que de tu libro han hecho algunos lectores resultan sorprendentes. Como ejemplo, me comentabas que un amigo tuyo te había señalado que Museo secreto suponía en sí una serie de écfrasis.

Respuesta: Es una palabra, “écfrasis”, con la que no me había “tropezado”. Él me explicó: “¡Sí, hombre! Es cuando se hace un inciso literario sobre una obra pictórica”. Yo le contesté: “¡Ah, pues encantado!” (risas). No es un libro hecho con un designio previo, sino que son cosas que yo he ido escribiendo. He podido tardar quince o veinte años en escribirlo; sólo hay algunos poemas —los últimos— que introduje a posteriori. En la edición venezolana había tres poemas menos: uno porque se les perdió en la imprenta, no sé por qué; los otros dos los escribí después. Uno de ellos, el de la Olympia de Manet, lo escribí porque salió una edición de Las flores del mal de Baudelaire traducido por mí. Una tarea que empecé a los catorce años y acabé a los ochenta. ¡Hombre, no lo hice seguido, claro! (risas) Pero en un momento dado me dije: “¡Tengo que acabar ya con esto porque hay muy buenos poemas, me ha salido muy bien!” Una vez publicado parece que ha gustado. Es una versión de la que quedé satisfecho. En la cubierta del libro aparecía como ilustración la Olympia de Manet. Y ahí fue cuando escribí ese poema.

Pregunta: De hecho, los últimos versos dicen: “Y esas flores que ofrece la mucama, / ¿son las flores del mal?”

Respuesta: Eso es.

Pregunta: Otra de las características bien llamativas de Museo secreto son los dibujos únicos de Paco Montañés. Independientemente de lo adecuado de su inclusión tratándose de un libro sobre arte, ¿cómo surgió la idea de crear un diálogo entre poemas e ilustraciones?

Respuesta: Montañés había publicado antes un libro en cuatricromía de cuadros suyos acompañando a unos haikus que escribí a raíz de la erupción volcánica de la Palma. Me pidió permiso y le dije que hiciese lo que le pareciese. Quedó un libro de tamaño considerable y un tanto descompensado, pues en cada página derecha figuraba un haiku de tres líneas y a la izquierda un cuadro de Montañés a todo color ocupando todo el espacio. Después se enteró, no sé cómo, de que yo tenía un libro de poemas publicado en Venezuela y me lo pidió: “Oye, ¿tienes un libro sobre pintura? Dámelo, me interesa mucho”. Se lo mandé. Pasado un tiempo, me pidió si podía hacer unas ilustraciones sobre él. Le dije que sí, pero a condición de que fueran ilustraciones a tinta, donde el dibujo no ocupara más que el poema. En definitiva, que se mantuviera en los márgenes de lo que eran las ilustraciones para un libro de estas características. Aceptó y me dijo que haría veinte dibujos, los que él quiso porque se los inspiraron los textos. El resultado ha sido excelente, las imágenes son muy buenas. Montañés es un gran dibujante. A lo mejor yo habría elegido algunos que finalmente no hizo, pero no le iba a obligar, porque fue algo que hizo voluntariamente, por su cuenta. Cuando alguien me pregunta cómo pinta, le respondo: “Como Velázquez”. Sigue el modelo de los grandes clásicos, sobre todo del sevillano. Montañés es un gran retratista y lo reclaman de otros países para encargarle retratos muy apreciados y valorados.

Pregunta: Además de los elementos luminosos asociados al amor y a lo erótico, incluyes algunas sombras asociadas a ello como las presentes en Lot, Hermafrodita, Uno de ellos o Velluda. ¿De qué modo afrontas estos temas, tantas veces tabúes, como poeta o espectador?

Respuesta: Me interesa tratarlos para no quedarme solo en la belleza. El poema más inocente del libro es el dedicado a los niños de Murillo. Pero ¿por qué no aportar también los lados más oscuros? Ahí está Giorgione —que es un gran pintor y era homosexual—, el Hermafrodito del Museo del Prado, la señora Gentileschi —que es la primera feminista reivindicativa de la pintura— o las perversiones de Balthus con las niñas. ¡En la pintura cabe todo!

Pregunta: Otro aspecto sobre el que haces hincapié a lo largo de tu obra es la capacidad del arte de sobrevivir a quienes han trabajado para enriquecerlo, bien creando o sirviendo de modelo. Ante un presente como el nuestro, cada vez más amenazante, ¿crees que el arte podría llegar a tener también fecha de caducidad?

Respuesta: Si somos realistas, tenemos que reconocer que alguna vez el planeta desaparecerá y todos los museos se convertirán en ceniza. Pero mientras los humanos sigan vivos, se supone que el arte también permanecerá.

Pregunta: Uno de los poemas más llamativos de tu libro es el que dedicas a Artemisia: “Es mi despecho el que la espada empuña”. ¿Hasta qué punto la biografía del artista puede deducirse desde su obra?

Respuesta: En este caso está muy claro. Casi siempre hay una correlación entre la vida del artista y su obra. Es muy raro que un artista, si es bueno, no se implique en su obra. Su vida, evidentemente, se refleja, forma parte, aparece en su trabajo de una u otra manera. Luego también hay que saber leerlo.

Pregunta: Hay tantos cuadros como espectadores pueden interpretarlos. También con los poemas.

Respuesta: Claro. Ayer leí, de pasada, que un hombre decía: “Estaba viendo un cuadro y lo destrozaron porque se pusieron delante dos espectadoras: una vestida de verde y otra de amarillo. Si tú te pones atrás y ves el amarillo y el verde, estos colores desentonan el cuadro (risas).

Pregunta: Y luego están los que llegan a destrozar literalmente las obras por no saber estar en la sala. Decía irónicamente Barnett Newman que una escultura era “aquello con lo que te tropiezas cuando retrocedes para ver un cuadro”.

Respuesta: ¡Y las obras contemporáneas que algunas señoras de la limpieza tiran a la basura porque piensan que son desechos…!

Pregunta: Dentro de Museo secreto también existe una parte dedicada a la ternura, bien a través de los “golfillos” de Caravaggio o de los niños de Murillo. ¿Pueden también quedar vestigios de pureza y luz en aquellas miradas que pintan y han experimentado la dureza del mundo?

Respuesta: Sí, porque el arte es una forma de rescatar lo que el mundo ha dañado o destruido. Un buen artista puede recuperar una pureza destrozada para el arte, ya que en la realidad ha desaparecido.

Pregunta: En tus años de formación quisiste estudiar arte, a pesar de que en la familia no había ningún antecedente en este sentido. Aunque finalmente acabaste decantándote por la arquitectura, te formaste en el arte del dibujo clásico aprendiéndolo en academias. ¿Hasta qué punto ha tenido influencia tu primera vocación artística a la hora de componer este libro?

Respuesta: Evidentemente a lo largo de la vida he visto mucho arte. En mis viajes he visitado todos los museos que he podido. Ahora sigo interesado, aunque no acuda físicamente a las exposiciones por pereza. En internet o en la televisión, por ejemplo, veo las novedades que proponen los museos. Por ejemplo, veo un reportaje sobre el Museo del Prado y pienso: “Tengo que ir”. Finalmente, aunque no vaya, me he hecho una idea. Ahora, sin ir más lejos, acaban de traer el primer gran retablo de El Greco —a falta de una pieza nada más— y procuraré ir al Prado, pero de momento ya lo he visto en la red. Y eso que no es lo mismo ver un cuadro de verdad, estando frente a él, que a través de estos medios. ¡Incluso el tamaño cambia, porque hay veces que en Internet no sabes si el cuadro tiene veinte centímetros o dos metros!

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