Acaba de finalizar Ella en Teatros del Canal con un éxito apoteósico de la crítica. Todas las biografías de la soprano madrileña María Rey-Joly principian diciendo que comenzó estudiando violín y piano, licenciándose posteriormente en canto con las mejores calificaciones por la Escuela Superior de Canto de Madrid, que ha sido becada por Verbier & Academy de Suiza y galardonada en diversos concursos internacionales. Pero nosotros vamos a contar cómo la descubrimos en The Opera Locos de Yllana y cómo, desde entonces, no nos perdemos ni un solo de sus estrenos ni la oportunidad de hablar con una artista tan especial, de una feminidad total, porque hay artistas que siempre lo serán, porque su genialidad no está en un gesto o en un matiz, y hay en toda la persona de María Rey-Joly algo de dama de corte europea y alta alcurnia, pero de Chamberí también.
Por eso la naturaleza de su encanto es doble, una rara mezcla de pilla de bululú y de gran dama de la escena y presuntamente versallesca. Por eso también su temperatura emocional y su corporeidad, que van de la distorsión procaz a la caricatura despiadada, ofrecen un repertorio infinito de altibajos femeninos en Ella, una pieza de teatro musical de esencia feminista dirigida por Albert Boadella y con dramaturgia de este y Martina Cabanas, a partir de una idea original de María Rey-Joly, ha asombrado a propios y extraños. Porque podría haberse estrenado en Berlín, en Praga, en Nueva York o en París y habría arrasado, literalmente.
Pero en España el feminismo lo determinan las autodenominadas buenas feministas, que son las que cobran del erario público en España y la UE: el resto de mujeres, dicen, debería abstenerse de opinar si no coincide en la diagnosis, en la subvención, en el argumentario que cabalga contradicciones... Ahora se va al Teatro Campoamor de Oviedo a hacer La Regenta (2023), ópera de Marisa Manchado dirigida por Bárbara Lluch, y volverá a Vetusta con La corte de Faraón. Hablamos con ella de todo esto, que es como entrar en el templo sagrado de una mujer fuerte y tan atractiva como divertidísima.
¿De quién fue la idea de Ella?
Fue idea mía, quería impulsar un proyecto propio y que partiese de la idea de que la parte hablada y la parte cantada sean una misma cosa, que la interpretación y el canto estuviesen integrados, que fuesen una misma cosa. De manera que investigué y localicé un monólogo coescrito por Franca Rame y Dario Fo, Lo strupo (La violación), fruto de un secuestro que sufrió Franca en marzo de 1973. Entonces, tras su lectura se me encendió la bombilla y pensé que ella podía disociarse y superar la violación gracias a la música, porque la pensaba que la música podía ayudarla a salir del trauma, de reconstruirse. La violación es, después de la agresión, un proceso lento y largo en el que tienes que trabajar más sobre ti mismo. Después acudí con esta idea a Albert, que no es solo mi maestro, sino una persona de confianza y un amigo, y entendió mi propuesta de una mujer rota que necesita recomponerse, que vuelve a la vida. No es una función demagógica ni partidista, ni responde a ningún argumentario político. Tampoco queríamos nada sexualmente soez ni explícito.
¿Cómo ha sido el proceso de construcción de una obra tan inasible como Ella?
La dramaturgia la firman Albert Boadella y Martina Cabanas, a partir de mi idea original, la de una mujer que sufre una violación, atraviesa después un trauma y su mundo se encuentra patas arriba. Hay elementos escenográficos, como la pared, que son importantes en la construcción de la obra, u otros meramente dramatúrgicos como el de freír un huevo en escena, que Albert tenía muy claro. Porque la protagonista necesita hacer muchas cosas, alcanzar la hiperactividad para superar el trauma y poner orden en su vida. Y cada motivo escénico, como el del gato, pasar la aspiradora o la ingesta exagerada de caviar, conforman esa línea de puntos para terminar de dibujar la figura final que es Ella.
¿Cómo ha afrontado un reto interpretativo tan arriesgado? Se trata de la evolución emocional de una víctima de violación, algo que no se había hecho anteriormente…
Hay una parte muy estimulante en todo esto que me pone mucho. De hecho, el día del estreno, cuando llevaba un rato en escena, pensé en cómo se me había ocurrido hacer esta obra. Porque es muy intuitiva, especialmente con respecto al sonido de la función, que es la respuesta del público: en la tragedia el sonido es el silencio, si ves que se mantiene piensas que vas bien; en la comedia, el sonido es la risa, que igualmente te señala el camino y te da seguridad durante la ejecución. Pero Ella es otra cosa, es un experimento de teatro lírico-musical de carácter surrealista, porque como actriz y como cantante me apetecía hacer algo distinto. Y el espacio escénico terminé por hacerlo mío, no tenía que pelearme ni con el escenario, ni con el público, sino con la verdad de la situación y del personaje.
¿Cómo concibió el punto de vista de esta historia de carácter tan íntimo y abstracto?
Como un viaje al proceso interno del personaje, para que el público se montase en ese viaje y mirara lo que el personaje va haciendo. Decidí despojarme de la piel de víctima y avanzar, porque hablar de la fuerza de una mujer a la hora de recomponerse de una agresión sexual o de cualquier otro tipo es muy potente, mucho más que centrarnos en el agresor o en la agresión en sí. Cuando se habla de la mujer en estos casos se habla siempre de la víctima, pero aquí ella al final lo resuelve todo despidiéndose con un beso que le da al violinista porque termina curándose gracias a la música.
Pero usted ha roto un violín en escena cada noche… Espero que no sean buenos. Son ustedes un poco sacrílegos con los instrumentos, porque freír un huevo sobre un piano…
Yo con eso estoy encantada, rompiendo el violín contra el suelo como terapia. Son violines baratos que compramos en un bazar, no hay ninguna tragedia [risas]. Y eso que he tocado tres años el violín, además de hacer piano hasta octavo curso. En ese diálogo creativo con Albert pude proponer muchas soluciones escénicas porque él es muy generoso: se me ocurrió de pronto, por ejemplo, que podríamos freír encima del piano ese huevo que imaginó Albert.
En la obra pueden disfrutarse de piezas líricas importantes y que han ido distribuyendo. ¿Cuáles destacaría?
Para mí era importante que el texto fuese una manifestación de lo emocional. En ese sentido, al tratarse de teatro lírico-musical, fuimos incluyendo “Morgen” de Richard Strauss, que es un canto de esperanza; “Elégie” de Jules Massenet; “Funeral Blues” de Benjamin Britten; “As You Make Your Bed” de Kurt Weill; etc. La selección va encaminada a elaborar la idea de que tú elaboras tu propio destino y que si quieres salir de un bache emocional, lo tienes que hacer tú. No comparto que siempre tengamos que hablar de lo obvio, de la agresión en sí, sino que es interesante hacerlo de lo que viene después. Y yo quería que fuese algo profundo, que ella contase su proceso interno y Boadella lo tenía muy claro cuando le hablé del proyecto. A él le gusta mucho trabajar por encargo porque son retos creativos y estimulantes para él. Cuando hablamos de violación y creación artística ya hay como una predisposición, un posicionamiento a priori para juzgar y opinar, y que en Ella no hay.
Hablando de posicionamientos, ¿qué opinión le merece el de los políticos con respecto a la cultura?
Cada vez los políticos son más analfabetos, no hay ningún partido político en España que se implique verdaderamente en la cultura ni que se preocupe por ella. Me produce mucha tristeza y eso se traduce en que sacar adelante proyectos relacionados con la cultura se hace cada vez más complicado, más cuesta arriba. En años anteriores sí ha habido más presencia institucional de los políticos, como en el estreno de ¿Y si nos enamoramos de Scarpia?, pero esta vez no. Pero de donde no hay, no se puede sacar [risas].
¿Qué tal se lleva con las críticas y reseñas?
Leo las críticas meses después porque estoy metida de lleno en el proyecto y no quiero que me influyan. En Ella estoy sola en el escenario, sabiendo lo que arriesgo, que es una función distinta… Desde el escenario y durante la representación no sabes lo que está ocurriendo en el patio de butacas, si es que alguien se ha levantado porque se ha indispuesto o se va porque no le gusta, hay una gran incertidumbre con todo ese movimiento y tú tienes que continuar. De manera que prefiero mantenerme ajena a todo esto. Ella es teatro de vanguardia, más a la europea y es para un público muy especial, con una sensibilidad igualmente especial.
¿Cuáles son sus actrices favoritas?
Concha Velasco, por su personalidad; me gusta aprender de ellas, de las actrices, soy muy analítica cuando las veo, y lo hago de una manera automática y relajada. Creo que, de alguna manera, integro lo que observo y aprendo. Me ha ocurrido con Bette Davis, porque además me encanta la manera en que los actores y las actrices manejan el concepto del cuerpo, me gusta mucho observar la manera en que un actor o una actriz controlan su expresividad corporal.
¿Es de valientes trabajar a las órdenes de Albert Boadella en un ámbito de posicionamiento político a veces tan extremo como es el de las artes escénicas?
Bueno, soy consciente de esto que dices, de que el nombre de Boadella tiene un perfil político que puede condicionar la recepción de la obra, pero a mí eso me da igual. Porque soy hija artística de Boadella, así como lo soy de Yllana y del Teatro de la Zarzuela. He tenido maestros maravillosos como Miguel del Arco, que por cierto vino a ver la función, y todos ellos tienen en común que son artistas. El artista ha de ser valiente por definición. Ellos lo son y yo aprendo de ellos.
¿Cómo lleva usted la vida de artista?
Conmigo me llevo muy bien, y si hay una parte de mí que no está bien, la trabajo y busco la manera de que lo esté. Ha habido proyectos de mucha repercusión y de mucho estrés en mi vida, en algunos casos porque yo atravesaba una mala situación personal. Ahora estoy en un momento vital en que mi carrera profesional solo me da cosas bonitas. Por otro lado, necesitas a personas cerca que te respeten, porque cada vez que salimos al escenario hacemos un examen y tenemos que dar nuestra mejor versión, nuestra mejor cara, porque estamos bajo un continuo análisis.
¿Ha habido malos momentos en su carrera?
Sí, no muchos, afortunadamente, pero los ha habido. Y en estos momentos difíciles me apoyo además de en mi pareja, en mi familia. La familia es muy importante, mis padres y mis tres hermanos. Pero cuando te metes en la obra, al final la música te ayuda y a mí, me ayudó a superar una situación personal, por ejemplo, El dúo de la Africana. Focalizas en momentos pequeños que te ayudan a avanzar. Soy una persona muy analítica y meditativa, y mi pareja actual también me ayuda a expresar y a meditar. Y el impulso ha de terminar partiendo de uno mismo, si no lo demás es endeble.
¿Con quién le gustaría trabajar?
Me encantaría volver a trabajar con Miguel del Arco o con Albert Boadella. Albert es un maestro y un amigo, la persona que me ha conducido todos estos años por un género tan fascinante como es el teatro lírico y musical. También me gustaría trabajar con Mario Gas o con Antonio Banderas en alguno de sus musicales. Me encantaría también hacer cine español, porque me gustan las sorpresas, conocer, descubrir y aprender.
¿Y de los que ya no están con nosotros? ¿Con quién le hubiese gustado trabajar?
Con el dramaturgo y director de escena argentino-español Gustavo Tambascio, que falleció en febrero de 2018 antes de acometer un gran proyecto en el Teatro de la Zarzuela en el que yo participaba. También me hubiese gustado trabajar con el actor y director italiano Giorgio Strehler, que fue el director artístico del Piccolo Teatro di Milano. Como ves, en general me gusta la gente que suma. Y con respecto a los que restan, siempre digo “si no aportas, aparta”.