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TRIBUNA

Vuelta a la irrealidad

lunes 17 de marzo de 2025, 19:58h

Hay una pregunta que continúa asaltándome cuando veo hileras de jóvenes y adolescentes pegados a su pantalla portátil, mientras sentados esperan el autobús, tumbados sobre un parque en un día soleado, caminando de vuelta hacia sus casas tras la jornada escolar. ¿Por qué estando rodeados de realidad, con su riqueza de sabores y de olores, con sus gamas de naranjas y de verdes, con sus cielos azules y sus lunas blancas, se inclinan hacia las pantallas? ¿Cómo es que renuncian a la mirada amiga y a la sonrisa primaveral por dosis informativas? ¿Qué tendrá la luz artificial que no tenga la luz natural? ¿Acaso en otras épocas y contextos esos jóvenes y adolescentes se hubieran comportado igual? Es la duda que se plantea el lector de mitos cuando llega al pasaje en el que Adán y Eva toman el fruto prohibido estando rodeados de “árboles hermosos de ver y deliciosos de comer”, o el amante del cine cuando recreando La ventana indiscreta, de Sir Alfred Hitchcock, no entiende que el desvalido Jeff prefiera mirar morbosamente por la ventana en lugar de intimar con la radiante Grace Kelly. ¿Será que, como los personajes del inconsciente colectivo, nuestros jóvenes y adolescentes no tienen lo que verdaderamente necesitan? ¿Será que buscan en las pantallas lo que no les damos en la realidad?

Pero la pantallización del mundo no es gratuita. Los niños y adolescentes dejan de ir al traumatólogo para ir al psicólogo, con eso de que no corren por el día y no duermen por la noche; los profesores –algunos ya pantallizados- observan que aquellos pasajes que hace unos años los alumnos eran capaces de seguir, son ahora rechazados unánimemente por incomprensibles y absurdos; los padres, sin tiempo compartido con sus hijos, no saben lo que darles cuando estos demandan una atención que no reciben; los periódicos, librerías, colecciones de ensayo y editoriales, cierran sus puertas porque los lectores potenciales se convierten en ávidos consumidores de bombas informativas; las clínicas de fertilidad procrean sin parangón haciendo su agosto cada año y los Don Juanes de nuestro país, cultivadores del arte de la seducción, son olvidados por la invasión de la pornografía. Dice el filósofo Byung-Chul Han que la sociedad expuesta es una sociedad pornográfica. “Todo está vuelto hacia fuera, descubierto, despojado, desvestido y expuesto”.

Las pantallas se extinguirán, desde luego, seguramente sustituidas por artefactos más poderosos de absorción y transformación de energías espirituales, y viviremos tiempos cibernéticos en los que la línea de lo natural y lo artificial dejará de tener sentido. Sin embargo, me sigue inquietando el hecho de que tantos jóvenes y adolescentes sigan desoyendo los latidos de su corazón, prefiriendo ser deslumbrados por el parpadeo artificial de las pantallas.

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