En Habitación sin vistas. Diario de guerra en Tel Aviv, Dror Mishani nos ofrece una obra en la que, básicamente, nos explica su conducta durante una parte temporal de la guerra que en Oriente Medio vienen librando desde octubre de 2023 la organización terrorista Hamas e Israel. Siguiendo un orden cronológico, el libro es sobre todo una colección de experiencias vivenciales en las que traslada al lector sentimientos personales, algo en lo que se muestra valiente, trazando algunos escenarios de futuro no muy halagüeños.
El 7 de octubre de 2023, Hamas llevó a cabo un ataque cobarde contra ciudadanos indefensos de Israel que se encontraban presenciando un concierto. Además de cientos de muertos, la citada organización terrorista perpetró numerosas agresiones sexuales, algunas de ellas publicitadas a través de las redes sociales, así como secuestros. Conviene tener presente esta explicación a la hora de otorgar los roles de víctimas y victimarios, algo que muchos sectores académicos, políticos y periodísticos no parecen tener claro, imputando la responsabilidad de manera íntegra al gobierno de Netanyahu y proponiendo recetas buenistas como solución a un conflicto que parece no tener fin.
El autor, escritor de profesión, se encontraba en París cuando tuvo lugar la matanza cometida por Hamas, asistiendo a un seminario sobre novela negra. Rápidamente viajó a Tel Aviv para estar con su familia y es a partir de ese instante cuando comenzó a escribir el diario que tenemos entre manos, trasladándonos el día a día: los bombardeos, el sonido de las sirenas o la solidaridad para conseguir alimentos.
Dror Misani, sin caer en la equidistancia, peca en muchas ocasiones de ser excesivamente crítico con su país, Israel, lo que provoca choques con sus familiares más cercanos, en particular con su madre y con su hija. Ésta última califica de derrotista el comportamiento de su progenitor para quien “la crueldad de Hamas el sábado negro no justifica de modo retroactivo años y años de dominio sobre la vida de los palestinos” (p. 77).
En claro contraste con el posicionamiento militante de su hija a favor de la respuesta brindada por el gobierno de su país, hallamos en su hijo una actitud más “pasota”, preocupado por cuestiones propias de un adolescente, como por ejemplo, la temporada que estaba realizando en la liga inglesa el Manchester United. Esto implica que reciba por parte Misani reproches que en muchos casos adoptan la forma de condena moral.
Lo principal es que, a través de su círculo familiar, el autor nos ofrece las diferentes percepciones que hay en Israel sobre Palestina. En este sentido, su punto de vista particular en ocasiones no otorga la importancia que merece a determinados hechos. Dentro de esta categoría se echa en falta explicaciones más desarrolladas acerca de cómo Hamas lleva décadas intimidando a la población tanto israelita como gazatí y dilapidando la ingente ayuda humanitaria que le brinda la comunidad internacional, sin olvidar que otros actores estatales regionales, como Líbano o Irán, desestabilizan el entorno patrocinando a organizaciones como Hezbollah.
Por el contrario, en la obra prevalecen sentimientos de tristeza hacia el pueblo palestino, principal víctima del terrorismo de Hamas cabe apuntar. Al respecto, en palabras del autor: “He aquí una fantasía que me viene a la cabeza cuando me sube la fiebre: ¿y si en vez de competir por ver quien provoca más sufrimiento al otro los dos pueblos deciden que la victoria en esta larga lucha se determine en un concurso de poesía?” (p. 143).
En definitiva, el pesimismo, que a veces muta en angustia, que muestra Dror Mishani a lo largo de toda la obra lo traslada al lector de forma magistral, si bien en ocasiones se arroga un cierto mesianismo a la hora de juzgar el escenario presente y el que pueda deparar el futuro al no apreciarse soluciones diplomáticas satisfactorias.