Como otros ámbitos desarrollados por el ser humano, la historia del séptimo arte evoluciona gracias a las innovaciones de determinados creadores, las cuales sirven de inspiración para futuros artífices que a su vez aportarán nuevas propuestas en el campo audiovisual. Se trata por tanto de un conocimiento acumulativo que actualmente continúa configurando su gramática, aparentemente infinita. Existen pequeños artífices dentro de este progreso, cuyos nombres permanecen en el anonimato —técnicos de todo tipo, colaboradores dentro de los equipos responsables de sacar adelante los proyectos fílmicos, e incluso personas pertenecientes al entorno personal de los creadores—. Otros pasarán a la historia con nombre y apellidos por sus contribuciones, siendo algunos más recordados que otros.
Entre estos nombres fijados con letras doradas está Brian De Palma (Newark, Nueva Jersey, 1940), leyenda viva del mundo cinematográfico internacional y perteneciente al denominado grupo de cineastas del nuevo Hollywood. Él mismo fue atesorando referencias durante su desarrollo como autor, compuestas por creadores y formas predilectas de narrar. Todas estas influencias supo integrarlas para conformar una fórmula personal, sirviendo posteriormente como claro modelo para generaciones venideras de cineastas. Sus aportaciones ocupan una parte importante dentro de ese mundo cultural posmoderno plagado de elementos dispares y donde autores como Tarantino han “pescado” simbólicamente para crear piezas híbridas y llenas de guiños a otras creaciones y autorías de este mundo tan único de imágenes en movimiento.
De la importancia de Brian De Palma en la Historia del cine, la calidad de sus trabajos y el interés que ha despertado en público y crítica a lo largo de siete décadas, se hace eco la publicación más completa hasta la fecha del cineasta, obra de Alejandro Lorente, publicada por Loto azul y titulada Brian De Palma: el mago de la imagen. A lo largo de sus casi 230 páginas, el profesor, novelista y poeta disecciona las diferentes facetas del cine y la personalidad del realizador americano, desgranando la repercusión que ha tenido en el cine posterior.
Precedido por dos prólogos de Adolfo Cervera y Juanma Sevilla, en ellos ya se nos adelanta la naturaleza de este estudio y sus originales características. Así, en el primer texto —titulado Pasión y obsesión—, Cervera informa del minucioso y extenso trabajo previo que ha supuesto la escritura del libro: “El libro que Alejandro nos presenta es fruto de años de excelsa documentación, tanto bibliográfica como videográfica. Los conocimientos del autor sobre el cine y la obsesiva búsqueda de cuanto estuviera escrito o filmado sobre Brian De Palma y su trabajo” hacen posible la sorprendente condensación dentro de sus páginas de una considerable cantidad de datos relevantes. Éstos han quedado distribuidos de forma coherente en una interesante arquitectura literaria. En el segundo texto introductorio de la obra a cargo de Sevilla —y titulado Mapa de Brian—, se añade: “Alejandro ha conseguido organizar y estructurar su pasión para darnos a todos una guía y un mapa con el que entender y guiarnos por Brian de Palma”. En efecto, el universo del cineasta puede asumirse como una auténtica cartografía donde se precisa de una brújula con la que orientarse; Lorente se erige desde su narrativa en un cicerone de excepción con el que caminar por ella. Sus explicaciones, ordenadas por capítulos, pueden o no seguirse de forma lineal, dependiendo de la elección del lector y de sus preferencias.
En la introducción, el autor nos indica que “hablar del cineasta Brian De Palma es hablar sobre el lenguaje audiovisual, sobre la puesta en escena y los movimientos de cámara”. En efecto, De Palma utiliza de forma única determinados recursos como la cámara lenta, la pantalla partida, los planos cenitales o el empleo y ausencia de sonido. Es aquí donde cobra sentido el título del volumen pues, como Lorente afirma, técnicamente es un “virtuoso”, un “mago de la imagen”. De Palma logra a través de la ciencia el milagro de hipnotizar al público, dejarle siempre en vilo a través de su cine de suspense y terror, pero también desde su cine de gangsters, ciencia ficción e incluso con su concepto de la comedia. Ese sentido de la narrativa fílmica hará que su obra, en buena medida, posea una personalidad única, si bien en otros casos oficie —como Howard Hawks y otros cineastas clásicos que éste admira— como un cineasta “invisible”, donde no se aprecie su huella para permitir el visionado fluido del film. Es aquí donde llegamos a otra de las discusiones que sobrevuelan a lo largo del libro: la reivindicación del cineasta por crear un cine de autor o “independiente”, adaptando los guiones de otros a su alfabeto audiovisual o creando una perfecta unidad entre los libretos de su autoría y la realización propia. Esto le llevó a granjearse auténticos éxitos en taquilla y crítica y, por contra, también fracasos derivados de la incomprensión de público y expertos en el séptimo arte.
Brian De Palma: el mago de la imagen se inicia en su parte central con el capítulo II. Renovación del lenguaje audiovisual: “los mayores”. En él, Lorente nos pone en antecedentes realizando un recorrido por aquellos cineastas de los años sesenta que supusieron una renovación del lenguaje fílmico y “abrieron el camino” del cine futuro. Éstos marcaron una ruptura respecto al estilo de realizadores como el mencionado Howard Hawks, Alfred Hitchcock o Billy Wilder —directores que De Palma igualmente tendrá en cuenta debido a su buen hacer—. Así, se mencionan a autores como Stanley Kubrick —principalmente destacando como principales influencias 2001: Una odisea del espacio (por su visión de la ciencia ficción) y Barry Lyndon (“con los lentos y elegantes movimientos de cámara”)—, Sam Peckinpah —en el uso de la sangre y la cámara lenta—, Robert Altman —desde el empleo de planos largos y complejos, así como del cinismo y el nihilismo, ironía y humor visual—, Roman Polanski —por su ”ennoblecimiento del género fantástico y de terror”, además de sus “elementos del surrealismo, del drama psicológico y del thriller”—, John Cassavetes —por su apertura del cine de autor en los Estados Unidos—, John Boorman —por films como Defensa, del que se inspira para la mano saliendo de la tierra en Carrie— o Hal Ashby.
Desde este análisis de posibles influencias de cineastas inmediatamente anteriores en De Palma llegamos a nombres coetáneos a este creador —con los que tuvo relación o mantuvo afinidades e influencias recíprocas— en el capítulo III. El grupo amplio por generación: generación de los setenta. Determinados acontecimientos históricos y políticos marcan a este nuevo círculo de realizadores —el asesinato de Kennedy en 1963 o la guerra de Vietnam—. Además, la forma de competir con la televisión llevó a “atraer al público con films novedosos y artísticos”. William Friedkin, por ejemplo, se encuentra presente en De Palma a través de títulos como The French Connection o El exorcista. Peter Bogdanovich compartía con De Palma su admiración por Orson Welles o Howard Hawks y el estilo de dirección de ambos influyó en la evolución del audiovisual moderno. Michael Cimino, como De Palma, disfrutó del éxito y sufrió “los embates del fracaso”. Terence Malick decidió dedicarse al cine, entre otras cuestiones, tras acudir al estreno de Greetings de De Palma; ambos compartieron intérpretes, directores artísticos y productores. John Carpenter tiene en común con De Palma el “sentido lúdico del cine”, el humor, la mezcla de géneros y su afición al cine de serie B.
En IV. El grupo de los “Brats”. Nuevo Hollywood. Nueva ola norteamericana, entra de lleno en el conjunto de creadores al que perteneció De Palma. Entre sus características principales destaca su interés por el neorrealismo italiano, la nouvelle vague, el free cinema inglés y el cine independiente. Estos “jóvenes rebeldes” dispusieron técnicamente de “cámaras más ligeras para realizar un cine más acorde con sus posturas y pensamientos” y posibilitaron “una renovación de los géneros del cine clásico norteamericano”. Además, les une una relación de amistad y profesional que han mantenido a lo largo de los años. En este grupo destacan, junto a De Palma, George Lucas —representando junto a Steven Spielberg el “engranaje cinematográfico estadounidense”. Como curiosidad, el casting de La guerra de las galaxias se realizó conjuntamente al de Carrie. Además, De Palma se valió de la Industria Light and Magic de Lucas para realizar los efectos especiales de algunos de sus films. El mencionado Spielberg es amigo de De Palma y estuvo presente en algunos rodajes de éste y viceversa —Spielberg ayudó a rodar algunas escenas de tiroteo en Scarface— . Además, les une ser “directores de cine muy visuales”. También amigo de De Palma es Martín Scorsese, con quien colaboró en muchos proyectos y compartió guionista —Paul Schrader—, compositor —Bernard Herrmann— e intérprete —Robert De Niro—. También Francis Ford Coppola, que comparte con De Palma el “deseo de hacer su propio film, pero a la vez la necesidad de financiación”. También el “fuerte deseo de autoría y un gran celo en su trabajo”, además de su interés en el cine de guerra y, como Scorsese, en el de gangsters.
En V. Brian de Palma: el mago, Lorente entra de lleno en el análisis del cine realizado por el cineasta, destacando una “base contracultural, crítica e incluso underground”; una arriesgada apuesta que ha dado como resultado una filmografía plena de altibajos, con “gran divergencia” por parte de la crítica. El autor repasa algunas de las más llamativas y señala éxitos indiscutibles como Los intocables o Atrapado por su pasado. También las buenas recepciones en taquilla de Carrie, Vestida para matar o Misión imposible, mientras otros films han alcanzado el merecido prestigio o recuperado la inversión a posteriori, gracias a sus ediciones en soporte físico o su divulgación en televisión y plataformas —como en el caso de Scarface—. Lorente destaca como evidencia en el cineasta el virtuosismo presente en todo su cine tanto técnica como conceptualmente. También subraya su gusto por “trabajar con el mismo equipo”. Destaca Joe Napolitano como ayudante de dirección habitual; la presencia repetida de intérpretes como su mujer Nancy Allen, John Travolta, William Finley, Gerrit Graham o Dennis Franz; los montadores Paul Hirsch o Bill Pankow; los directores de fotografía Vilmos Zsigmond o Stephen H. Burum. También se discute sobre si el cineasta “es mejor cuando desarrolla sus propios guiones o cuando simplemente dirige”.
Dentro de este capítulo también hay un apartado dedicado a los datos biográficos de De Palma, los cuales contribuyen a hacernos una idea de las circunstancias que modelaron su personalidad como creador. Así por ejemplo, la universidad privada Sarah Lawrence donde cursó estudios se encontraba dedicada a la literatura, las humanidades y las artes del espectáculo (performing arts), actividades a las que nuestro protagonista acabó vinculándose. Por otra parte, sus primeros intereses tecnológicos y científicos —“obtuvo algún premio y se le conocía por construir ordenadores”— explican la presencia de estos mundos en sus historias, además de las tecnologías empleadas en algunas de ellas. Tras interesarse por el teatro y realizar varios cortometrajes, “en la técnica cinematográfica encontró una continuación de sus aficiones científicas, en el montaje, en la composición de las películas y en las cámaras cinematográficas”. Como curiosidad, se comenta además que Alfred Hitchcock —de quien se consideraba un continuador de su lenguaje— u Orson Welles —que participó como actor en su film Beeman, el magnífico (1972)— “le motivaron a continuar su carrera cinematográfica”. Sus parejas —la ya mencionada actriz Nancy Allen o la productora Gail Anne Hurd— así como sus hijas —Lolita o Piper De Palma— participaron en el desarrollo de su carrera. Finalmente, se analiza la temática de sus films, incidiendo en la brutalidad y locura humanas. Éstas “evolucionan en su obra a medida que el autor se hace mayor y se desvían al terreno de la fragilidad humana” y “del amor”. También trata “las fronteras borrosas entre el sueño, la ficción y la realidad”. En cuanto a la forma de narrar, su carácter como creador posmoderno le ha llevado a utilizar “la intertextualidad, el diálogo con otros textos, con otros cineastas”, remodelando y revisando “logros cinematográficos de diversos autores”. La ironía está presente en los argumentos y en la realización, así como la búsqueda de un “impacto emocional” o la provocación.
Con IV. Maestros y referentes se completa la lista de cineastas de todos los tiempos a partir de los cuales De Palma construyó su mundo. Además de algunos mencionados con anterioridad, encontramos el surrealismo de Luis Buñuel, la ruptura del clasicismo audiovisual de Jean-Luc Godard, la belleza de la imagen en Michelangelo Antonioni —su uso del silencio— o los sencillos trucos expresionistas en Robert Wiene en El gabinete del doctor Caligari y el uso del montaje en Sergei Eisenstein con El acorazado Potemkin. Por otro lado, VII. Huellas observa el influjo de De Palma en otros realizadores como Keith Gordon —seguidor de los cursos de De Palma en la universidad Sarah Lawrence e intérprete en Una familia de locos—, Rodrigo Cortés, Quentin Tarantino y Noah Baumbach —admiradores del cine del americano— o Jake Paltrow —codirector del documental De Palma (2015)—.
VIII. Géneros incide en el amplio abanico de asuntos tratados por el cineasta, clasificando Lorente muy certeramente sus films en los grupos “thriller político”, “thriller político con elementos fantásticos”, “guerra”, “terror-suspense”, “thriller pasional”, “gangsters”, “cine negro”, “cine independiente” y “underground”, “ciencia ficción”, “espías”, “comedia” o, incluso, denominaciones originales por híbridas como “musical-terror-comedia” o “documental, teatro filmado”.
En IX. Planificación de cámara, el escritor aborda la “selección de planos a la hora de abordar una escena” por parte del director. Tras una introducción didáctica sobre las distintas fases previas al rodaje y las elecciones por parte del realizador para proponer sus imágenes, Lorente abunda en determinadas características estéticas presentes en De Palma, como su uso de la cámara subjetiva, la pantalla y el foco partidos, la pantalla partida a nivel del montaje, el audio partido, la cámara lenta, el cuidado en la puesta en escena en sus planos secuencia, el plano holandés, inclinado o aberrante, la panorámica 360 grados, el travelling circular, la cámara en mano, los planos cenitales con o sin movimiento, picados y contrapicados, la ausencia de planos-contraplanos, el montaje rápido con profusión de planos, el gran angular, el efecto dolly zoom, la retroproyección, figuras estilísticas como la metáfora, la metonimia y la hipérbole o, a nivel estructural, las sustituciones en el personaje protagonista —herencia de Psicosis—.
A modo de continuación o ampliación, en X. Escenificación se detallan las principales características de la puesta en escena de De Palma. La planificación de cámara y el posicionamiento de los intérpretes serán muy elaborados, utilizando “la parte delantera y la parte trasera del espacio encuadrado para situar dos acciones que suceden a la vez” —partición de escena o split screen escénico—. A ello se suma el decorado o localización que servirá para realzar los momentos dramáticos.
En XI. Filmografía, Lorente analiza minuciosamente los treinta largometrajes del cineasta, desde The Wedding Party (1966) —que realizó durante sus estudios universitarios, colaborando en él un profesor y una compañera— hasta Domino (2019) —donde se encuentran presentes “los aparatos de la imagen” representativos de su tiempo—. Se trata de la parte más extensa del libro, con casi cien páginas. A lo largo de ellas, el lector se sumergerá no solo en las tramas sino en las cuestiones que propiciaron los proyectos y les otorgaron su apariencia final, comprendiendo las producciones en su integridad. A buen seguro, quien pase por estas páginas sentirá la curiosidad —cuando no la necesidad— de volver a títulos que ya haya visto o de visionar los que aún tenga la suerte de tener inéditos. Y, por supuesto, comprenderá la importancia que otras producciones previas han tenido en su cine: desde largometrajes ya clásicos como Scarface, el terror del hampa (Howard Hawks, 1932) o Blow Up (Michelangelo Antonioni, 1966), que dieron lugar a remakes como El precio del poder (1983) o Impacto (1981). También se apreciará la importancia de determinados cineastas o ideas fílmicas, destacando la escena de la escalera en El acorazado Potemkin (Sergei M. Eisenstein, 1925) reutilizada en Los intocables (1987), o títulos clave de Alfred Hitchcock como La ventana indiscreta —en Hola, mamá (1970) con el personaje que filma a los vecinos— Vértigo (el policía que queda colgando en Domino) o Psicosis —con la supuesta protagonista de Vestida para matar (1980) que es asesinada durante la primera parte de la película—. Bernard Herrmann estará presente como compositor más allá de Fascinación (1976) en el que colaboró con De Palma —por ejemplo, en Carrie (1976) el compositor Pino Donaggio buscará emular el estilo del músico ya fallecido—.
XII. Carrera y éxitos supone la división de la carrera cinematográfica del cineasta en tres grandes bloques: una primera etapa de juventud (25-36 años)—, una segunda (36-50 años), representada por dos grandes éxitos” (Vestida para matar y Los intocables) “y un fracaso comercial” (La hoguera de las vanidades, 1990), así como una tercera donde “consolida sus logros como autor, con un cuarto éxito comercial” (Misión imposible, 1996), “un importante premio” —el León de Plata en Venecia por Redacted (2007)— “y su retirada al cine europeo”.
El libro cierra con un epílogo, El mago y sus serpientes. Desde éste se insiste en la importancia de la planificación de cámara y la escenificación, que se convierten en contenido —la frase tomada de Marshall McLuhan “el medio es el mensaje” se vuelve crucial en este sentido—; también se analiza la publicación de la única novela de De Palma, Are Snakes Necessary? (2018). En ella, el reptil del título simbolizará la corrupción política y la toxicidad del ser humano. Se trata de “una historia depalmiana traducible al audiovisual” donde también están presentes “el tema de la mujer empoderada”, “el juego con la imagen y con la grabación de las imágenes”, así como las redes sociales.
A modo de corolario, el libro incluye los anexos de Premios y Bibliografía, bien útiles para completar el perfil del cineasta. En definitiva, Brian de Palma, el mago de la imagen se erige como una auténtica enciclopedia depalmiana. Un libro necesario con el que actualizar el mundo del cineasta y disfrutarlo en su totalidad, demostrando la importancia de su legado.