El fundamento de la ética no puede basarse en el principio de la supervivencia de acuerdo con la mejor reproducción, o sea, no puede partir de un principio meramente biológico en consonancia con la teoría de la evolución, porque es un invento del hombre que supera el objetivo de la mera subsistencia propio del resto de la evolución vital, carente de conducta moral. De lo contrario, el hombre, si no tuviera normas que condujeran a otro fin que la simple supervivencia no se distinguiría del animal. Aunque, de acuerdo con el principio de supervivencia, podríamos llamar a las evasiones mentales y sociales del hombre (religión, ciencia, arte, costumbres, etc.) estrategias de supervivencia, estas pertenecen a la evolución cultural y no natural y se superponen a las estrategias meramente biológicas, que no pertenecen al plano moral. La relación entre ambas estrategias, y por ende, entre la evolución natural y cultural es compleja y discutible, pues se ignora por completo cómo se desarrolla la primera por debajo de la segunda. Que la vida es buena en sí, no es un juicio moral en el reino sólo biológico, sí aplicado al hombre al margen de aquel, si queremos darle al sujeto humano la categoría de excepción vital y ética. Sin entrar en el polémico concepto de “bueno moral”, una vida buena en si se caracterizaría como vida que se reproduce de la mejor manera posible, pero aplicada al hombre tendría que ser, vida con sentido y no carente de él, y subjetivamente buena en todas las circunstancias, de acuerdo con la exigencia mínima de una ética situacionista. La evolución de los organismos es indiferente en sí misma a todo criterio moral, aunque su manipulación posible por el hombre no deba sustraerse a ese criterio, lo mismo que la evolución del universo en sí es también indiferente a juicios morales, pero no cualquier intervención posible del hombre en el mismo.
El principio evolutivo de la selección natural implica “la ley de la selva”, “la lucha por la vida” o, como dice T.H.Huxley, una “teoría gladiatoria de la existencia”, pero también, según teorías biológicas más recientes, la armonía, la cooperación y el altruismo. Y esto interesa mucho para ver si la evolución cultural humana, con sus principios de igualdad y pacificación, ya morales, no se aleja tanto de su evolución natural que la contradiga con ignoradas y quizá peligrosas consecuencias para esta. Llevada a su límite, una ley de armonía total en la evolución cultural humana pararía su desarrollo natural. Por tanto, parece que entre la evolución natural del animal humano y la evolución cultural y ética del hombre hay una contradicción difícil de resolver, que se añade a otras contradicciones y que hace del hombre un combatiente estresado por la lucha entre su razón moral y su instinto, ajeno a la moralidad. Por ello, en cuanto ser animal instintivo sólo se hace preguntas para su supervivencia, pero en cuanto racional se hace preguntas que comprometen su existencia y, para evitarlo, acude a las evasiones de que hablamos al principio o a la búsqueda del sentido, búsqueda que introduce la moralidad en aquellas preguntas, aun con riesgo para la supervivencia. El “atrévete” del “atrévete a pensar” kantiano, significa una decisión moral que implica la apuesta por la verdad antes que todo con la férrea voluntad con la que la exigía un Fichte.
Para dar sentido a la vida y a la muerte aparece, por ejemplo, en palabras de Noha Harari, el síndrome de “nuestros muchachos no murieron en vano”. Hay otros modos diversos de buscar el sentido del universo con una teoría finalista que incluya la aparición de la propia existencia de la vida y del hombre, no aceptada en general por los científicos, que tampoco acaban de encontrar la explicación de la coincidencia entre las matemáticas humanas y las leyes del universo, por lo que acuden a la posible inteligencia e incluso conciencia de este. Pero el que ello siga siendo un misterio, así como la famosa pregunta de Leibniz sobre el algo y la nada, no autoriza a inventarse entidades extrañas que en lugar de explicar el dicho misterio no hagan sino complicarlo. Por ahora parece que se puede resolver la pregunta de Leibniz distinguiendo una nada filosófica pura, históricamente proverbial, y una nada científica, que no es nada en sentido filosófico sino algo, que cada científico define a su manera. En todo caso, para dar sentido a su vida cada sujeto se las apaña como puede, aunque el ideal fuese que se encontrara un sentido objetivo, o sea, para todos, aun en contra de lo que dice N. Hartman, que un sentido en sí y no para mí es un contrasentido. Aunque no resuelva la cuestión de la objetividad, de lo que hablaremos a continuación, de momento se puede hablar de “expectativas de sentido”, de modo parecido a como Sloterdijk habla de “ejercicios” y de “verticalidad”de la existencia. Así que se puede decir que algunos piden a la vida un sentido mínimo y otros máximo, que en la moralidad se basaría en una ética relativista o absolutista.
La cuestión que planteamos antes acerca del conflicto entre la evolución natural y cultural humanas y su evidente influencia en los principios de la ética puede resolverse mediante la crítica de lo que Hume y G.H. Moore llamaron la falacia naturalista. Esa falacia no me parece tal, pese a la raigambre intelectual que tiene, sino que la verdadera falacia reside en el idealismo que se le opone. La llamada falacia naturalista supone que no se puede deducir un “debe” de un “es”. Pero, según creó, desde el punto de vista moral no se puede erigir una ética del deber sin el presupuesto de que hay que tener en cuenta lo que es la naturaleza humana, lo cual no puede ser una falacia, y no basarla en ideales absolutos e imposibles de cumplir, lo cual sí es una verdadera falacia. Teniendo en cuenta esto sí que podría elaborarse una ética común, objetiva, partiendo del estudio lo más científico posible de la naturaleza humana, así como también unos principios jurídicos de justicia que la respeten.