Akimitsu Takagi, psuedónimo de Seichi Takagi (1920-1995) fue un reconocido autor japonés de novelas de misterio. Este subgénero tiene en la tradición nipona unas fuertes raíces que nacen directamente de Edgar Allan Poe, autor que gozó en Japón de una gran popularidad a partir de la era Meiji (1868-1912), gracias a tempranas traducciones de “El gato negro” y de “Los crímenes de la calle Morgue”, que aparecieron serializadas en periódicos de la época. El carácter doble de ese tipo de literatura, por un lado dada a la deducción y al cálculo y, por otro, a lo extraño y anómalo, tuvo un asiento cómodo en la psique y en los gustos de los lectores japoneses, seguramente porque los seres fantásticos y cierta tendencia a la deducción existía entre ellos desde antiguo.
Akutagawa llenó sus cuentos de elementos fantásticos y de una lógica que llevaba al humor y también a la negrura de la existencia humana. De su enorme influencia nació también Edogawa Ranpo (una adaptación fonética al japonés del nombre Edgar Allan Poe), un interesante escritor de novelas y cuentos, creador del investigador Kogoro Akechi, una especie de Maigret a la japonesa. Y de allí, a su vez, salió Akimitsu Takagi, el autor que nos ocupa, impregnado de ese gusto por el lado oscuro de la sociedad y, a la vez, por la deducción como elemento ordenador y a la vez disruptivo, del profundo e inevitable caos en el que, a pesar de nuestros deseos o a causa de ellos, habitamos los humanos.
El misterio de la mujer tatuada fue la segunda novela de nuestro autor. La primera fue El asesino de la máscara de Noh, en la que el asesino se cubría la cara siempre con una antigua máscara de madera del teatro noh, algo por otro lado capaz de producir miedo sin necesidad siquiera de asesinar a nadie. En esta segunda novela suya, Takagi explora otra de sus obsesiones, los tatuajes, y a la vez crea en ella a Kyosuke Kamizu, detective que aparecerá en muchas otras novelas posteriores, y será uno de sus personajes más célebres.
En la novela, el misterio comienza con la aparición de la víctima, Kinue Nomura, una hermosa mujer joven con el torso totalmente tatuado. Es hija de un célebre tatuador o horishi en japonés, que tatuó a sus tres hijos tres grandes y complejas escenas de personajes de la mitología nipona con supuestos poderes sobrenaturales. Seguramente el lector sepa que el tatuaje en Japón tiene una enorme y antigua tradición, asociada al hampa y a los bajos fondos de la sociedad y del crimen. Un yakuza que se precie debe tener amputada alguna falange de una mano, y un tatuaje que le cubra gran parte del cuerpo. Cuanto más tatuado, mejor, más rango, más y mejor yakuza.
Pero no solo los hombres, también las mujeres se tatuaban, mujeres del mundo flotante, prostitutas, amantes de los yakuza que grababan (o a veces simulaban) tatuajes en su cuerpo como prueba de fidelidad a sus hombres de la vida del crimen. Eso hace que el tatuaje japonés, polícromo, con intensos degradados, y con una complejidad de diseño similar a cualquier cuadro o estampa de un museo, frente al pobre y simple tatuaje europeo (el tatuaje sushi, según la novela), sea algo especial motivo no solo de orgullo sino de apreciación cultural y estética, y que hubiera reuniones y clubs de personas tatuadas, que exhibían sus diseños para asombro y morbo de los espectadores.
Este submundo permea la novela, en la que el inspector jefe Daiyu Matushita y su hermano Kenzo, estudiante de medicina forense y amante de la asesinada Kinue Nomura, se enfrentan a un caso intrincado, ya que otros crímenes se van sucediendo relacionados con el primero, en un entorno en el que planea la figura del profesor Hayakawa, estudioso y coleccionista obsesionado con los tatuajes. El misterio de las muertes llegará a su solución gracias sobre todo a Kyosuke Kamizu, amigo de Kenzo y una especie de August Dupin, exsoldado en Manchuria y exquisito aficionado al arte de la lógica y la deducción. El detective dilettante Kyozuke Kamizu aparecerá después en otras diecisiete novelas posteriores, lo que da idea de su enorme éxito.
Takagi, además de esta interesante, amena y ágil novela, y de las que vinieron detrás, dejó un importante legado como fotógrafo. Entre otras cosas, con su cámara de medio formato, se dedicó a retratar ese mundo del tatuaje que usó de fondo en El misterio de la mujer tatuada. Esas fotografías, excelentes en su calidad e interesantísimas en su contenido, las recogió en el año 2017 el periodista francés Pascal Bagot, y creó con ellas un libro que seguro gustaría al fotógrafo español Alberto García-Alix, por su afición al blanco y negro, al tatuaje, y a otros ámbitos oscuros del ser.
Y no nos resistimos a cerrar esta pequeña y humilde crítica, sin otras dos menciones literarias: la primera, a las novelas detectivescas de Joaquín Rubio Tovar, como Alguien mata a los pájaros, que harán las delicias de los aficionados al misterio en clave española, y que comparte con la de Akimitsu Takagi un costumbrismo en ocasiones humorístico; la segunda, a Saki, pseudónimo de Hector Hugh Munro, ese inteligente escritor británico hoy demasiado olvidado, y su brillante cuento El tatuaje, cuya lectura sería un magnífico complemento a la de El misterio de la mujer tatuada.