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LIBROS

El plural es una lata: Benet, renovador de la novela española y fenómeno de la naturaleza

El plural es una lata : Benet, renovador de la novela española y fenómeno de la naturaleza
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José Manuel López Marañón
lunes 02 de junio de 2025, 13:29h
Actualizado el: 02 de junio de 2025, 13:43h

El mismo Juan Benet reconocía que su escritura no era para todos: «Soy el escritor más pesado que conozco». Aunque gozó de prestigio, no tenía público, vendía poco. «No, no me importa la amenidad. Hay que escribir para pocos. Quizá para uno. En cuanto el escritor se guía por el público está perdido». A pesar de esta voluntad minoritaria, Benet ha sido referente ineludible para un grupo generacional de escritores como Félix de Azúa, Javier Marías o Vicente Molina Foix.

Él y su amigo Rafael Sánchez Ferlosio se apuntaron a la hipotaxis, a los párrafos inacabables, de muchas frases subordinadas, muchas líneas, que, a veces, hacen perder la ilación de ideas y hasta el resuello. A pesar del tiempo y del esfuerzo que requieren semejante forma de escribir (Faulkner decía que le salía sola: mentía como un bellaco), Benet se consideraba un literato aficionado y era consciente de no despertar la atención de más de media docena de amigos.

«No tengo nada que escribir ahora mismo. La literatura no es una corriente continua, sino una fuente intermitente, con períodos de estiaje. No vivo de la pluma y hasta la idea me repugna de vivir de una actividad así. Por lo tanto no me hago preguntas acerca del deber literario. No hay deber. Las cosas se hacen o se dejan de hacer por compulsión propia. Solo yo me puedo pedir explicaciones».

Son las suyas por lo tanto novelas de párrafos extensos, de largo aliento, sin apenas diálogos –integrados en el cuerpo del texto–, sin puntos y aparte, que requieren máxima atención del lector. Las narraciones vienen salpimentadas de densos pensamientos. Se mezcla lo narrativo y lo reflexivo. Con la grandeza de su escritura, Benet reflexiona sobre la presencia del tiempo, la decadencia, la ruina, la violencia, el azar, la soledad y el fracaso colectivo.

Afianzado como novelista, tanto su complejo estilo, su innovadora técnica, su excelente y arrebatadora prosa, sus reflexiones, sus conocimientos en música, pintura u otras materias, lo convierten en importante figura literaria de influencia moral e intelectual. Un modelo literario cosmopolita, eso sí, difícil de imitar. El pensamiento benetiano, rupturista y original, fue el gran renovador de la narrativa española. Su firma se prodiga cada vez más en Índice, Cuadernos para el Diálogo y Triunfo. Con la llegada de la democracia será un fijo en El País de Juan Luis Cebrián… y en la Bodeguilla de Felipe González.

«Dejando de lado la totalidad, lo mejor que puede ofrecer una novela se reduce con frecuencia a unos fragmentos y que aun cuando esa totalidad sea excelente, lo sería más si cuenta con unos pasajes, unas páginas o unos párrafos descollantes. Y a veces me pregunto si una novela toda ella buena, sin un momento excelente, ¿será tan solo un espejismo?, ¿una manera de exaltar la mediocridad?».

Nacido en Madrid en 1927, tras finalizar sus estudios en El Pilar, Juan Benet ingresa en la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos y acaba el quinto curso con el número 49 de su promoción. El ya ingeniero de caminos, canales y puertos realiza sus primeras prácticas en Ámsterdam y Helsinki.

Tras unos trabajos en Suecia se emplea en un consulting que va a construir las bases norteamericanas en España, pero pronto ficha por MZOV (Compañía de los Ferrocarriles de Medina del Campo a Zamora y de Orense a Vigo), donde permanecerá casi toda su vida profesional; solo acabando esta decide Benet crear La Compañía Hidrocenética Regional, S.A.

Con MZOV dirige y supervisa la construcción de grandes presas como la del Atazar o la de El Vellón, primera presa bóveda (antes en España, informa J. Benito, solo había presas de gravedad). En la construcción del trasvase Tajo-Segura aplica la tuneladora Robbins con unos rendimientos sin precedentes aquí. Por importancia hay que destacar su papel como jefe de obra en presas como la de Llauset o la del Porma, llamada en su honor embalse Juan Benet.

El infatigable ingeniero acumuló miles de kilómetros. Viajó profesionalmente por España y por toda Europa y América; dio conferencias sobre su especialidad, acudió a infinidad de congresos y reuniones de trabajo. La biografía de J. Benito es minuciosa en detallar una vida laboral a la que el autor de Volverás a Región dedicó más tiempo que a su «afición» literaria.

Al regresar a Madrid de sus itinerarios Benet se incorporaba, como si tal cosa, a sus rutinas de agenda: oficina, rosario de recibimientos, comidas, cenas, copas (ingirió tanto whisky o más que su idolatrado maestro Faulkner: «Me he bebido media Escocia», le confiesa a su médico, ya gravemente enfermo), charlas literarias con los amigos y, en cada caso, escritura del libro que se trajera entre manos. Unos libros, generalmente voluminosos, de gran labor.

«Si bien parece que he alcanzado en el ejercicio de la profesión ingenieril un grado satisfactorio de madurez que me permite vivir gracias a ello, no puedo por menos de pensar que en cuanto escritor nunca dejaré de ser un irresponsable».

A noches excesivas y vertiginosas suceden los actos culturales. Presentaciones de libros, apariciones cada vez más frecuentes en la televisión, conferencias sobre la novela española de cualquier época, visitas a galerías de arte (a Benet le gustaba mucho pintar al óleo y hacer collages), más cine que teatro… Cada encuentro deriva en comidas y cenas. Unos pantagruélicos ágapes de eternas sobremesas en las que un Benet polemista y sagaz disfruta enormemente de la compañía de los infaltables Juan García Hortelano, Eduardo Chamorro y Antonio Martínez Sarrión (terceto al que suelen adherirse otras figuras del mundo de la cultura como Jaime Salinas, Jesús Aguirre, o Elías Querejeta). Asiduo a casas de comidas como Ciriaco y al Café Gijón, Benet abusa del alcohol sin que ello afecte a su silueta: muy alto, delgado y sin problemas capilares. Su característico flequillo lo conservó siempre.

En un programa televisivo, a quien se ha tachado de huraño, impertinente, distante, agresivo, asocial, cáustico, discutidor, la entrevistadora le recuerda una de sus particularidades y él le contesta: «Se está más a gusto siendo cascarrabias. De mucha tranquilidad. Me gusta ser cascarrabias porque el día está más lleno».

Ni rastro de resaca alguna, consigna J. Benito en una cotidianeidad pródiga en nocturnidades etílicas. Habiéndose metido a la cama de madrugada y bebido (fue fumador compulsivo, no le hacía ascos a los porros de hachís), al día siguiente Benet cumple con sus compromisos laborales, lee sesudos ensayos de gran tamaño, conduce coches y motos de potentes cilindradas, fornica, escribe…, y vuelve a quedar con los amigos. Impresionante. A los lectores de El plural es una lata nos queda la impresión de que Juan Benet fue un fenómeno de la naturaleza. Murió pronto, sexagenario. Cualquier organismo normal, con semejante régimen de vida, no hubiera sobrepasado los cincuenta.

El ingeniero y escritor se casó con su prima carnal, Nuria Jordana Benet, a los veintisiete años en Los Jerónimos. Tuvo cuatro hijos (Ramón, Nicolás, Juana y Eugenio) que le dieron cinco nietos. Las salidas nocturnas del disipado Benet con su grupo de inseparables (les gustaba dejarse ver en abrevaderos de moda como Oliver, Chicote, Cock o el pub Santa Bárbara) iban unidas a devaneos con admiradoras. Ello colaboró a que la salud mental de Nuria se fuera minando. Periódicamente era ingresada por depresión en clínicas. Al enterarse de que el marido tenía amante estable –la editora catalana de La Gaya Ciencia, Rosa Regás– la mujer, con una inestabilidad afilada por las hormonas alteradas durante la menopausia, culmina sus impulsos suicidas arrojándose de la azotea de la casa familiar, en Pisuerga 7.

Benet y Regás dejaron varias veces su relación, pero la ruptura nunca era definitiva. Irremediablemente volvían a encontrarse en Madrid y Barcelona. Alicia Gimeno, una bella rubia de veinticuatro años licenciada en Filosofía y Letras muy atraída por el escritor, se convirtió en nueva amante. Pero solo duró cuatro días en casa de Benet, con los hijos del autor, y huyó a Londres.

Otra novia señalable fue Silvia Llopis, «la del bello esqueleto». Y también la actriz Emma Cohen, con quien Juan Benet mantuvo una breve pero intensa relación; ella, harta de sus infidelidades, pronto lo plantó y lo ridiculizó –a él y a su hija– escribiendo una novela breve en clave. Pero fue la poeta Blanca Andreu quien definitivamente pone fin a su relación itinerante con Rosa Regás. Casándose por segunda vez con Blanca en El Escorial, Benet estuvo acompañado por ella hasta el final de sus días (a pesar de que su unión casi terminó al saberse una infidelidad de ella y sufrir don Juan gran disgusto...).

Juan Benet prueba diversos géneros, pero sobre todo destaca en novela. Su primer libro, de relatos, es Nunca llegarás a nada (1961). Vienen después Volverás a Región (de 1967, novela de culto desde su aparición y donde su autor desarrolla el territorio mítico –Región– en el que ambienta buena parte de sus narraciones); Una meditación (premio Biblioteca Breve, 1969); la que para J. Benito Fernández es su ópera magna, Saúl ante Samuel (1980); el genial análisis del alma femenina que supone En la penumbra (1989), o Herrumbrosas lanzas, novela editada por partes, también ambientada en Región y en plena guerra civil. Inacabada (Benet redactaba su cuarto volumen al fallecer), esta obra compilada por Alfaguara en 1998 incluye, como hizo Faulkner con Yoknapatawpha –su mítico condado–, un plano de Región.

Para el crítico Rafael Conte, «Estamos ante uno de los escritores más irreductibles e impenetrables de toda nuestra historia literaria. Benet, en estos tiempos de experimentación, de violencias verbales y sintácticas, respeta la sintaxis hasta el fondo. Y, sin embargo, su texto resulta a primera vista impenetrable, rotundo y marmóreo». El novelista chileno José Donoso prefería mil veces aburrirse leyendo las novelas magistrales de Juan Benet, porque eso le procuraba más placer que «entretenerme leyendo a Agatha Christie, que no me procura ninguno». El poeta José Ángel Valente dijo que la nítida prosa benetiana «era ejemplo de moralidad, brillante ejercicio de estilo y maestría». Y para el político Alberto Oliart «La visión cáustica e inmisericorde del hombre, de la cultura y de la sociedad, este saber reírse de la pirueta y del absurdo de la aventura humana y hacerlo desde un lenguaje convencional, lúcido y elegante, es, a mi juicio, la clave secreta de la modernidad de Juan Benet».

  1. Benito Fernández cree que en Saúl ante Samuel, desarrollada entre 1938 y 1939, está todo Benet. Su pensamiento, la guerra y sus operaciones militares, el deseo, el tiempo, la mujer, el hastío… Estamos ante la belleza de la página –sigue asegurando el autor de El plural es una lata–, el brillo del párrafo, el placer del texto porque con placer fue escrito, pese a su textura granítica. Es la cumbre del estilo benetiano, donde busca en el lenguaje su máxima expresividad; con mayor ambición que nunca, el autor investiga quién es el yo que narra esta historia, dónde está el punto de vista del relato. Por su parte Benet prometió: «Nunca más haré un libro de esta envergadura. Es enormemente comprimido, recoge no solo la experiencia de esos siete años, sino toda una fase intelectual de muchos más».

Pero no todo son alabanzas al talento novelesco del ingeniero. Al filósofo Ignacio Gómez de Liaño le parece «un escritor digno, pero no tan excepcional como dicen algunos. Es una literatura que me resulta muy gris, muy impostada, de frases muy hechas, para tratar de apabullar al lector». Su amigo íntimo, el poeta Antonio Martínez Sarrión, tras leer Saúl ante Samuel, espeta a Benet: «¡En mi vida he leído un tostón de este calibre. Jamás me he aburrido tanto!». Y sobre Herrumbrosas lanzas el novelista y crítico Leopoldo Azancot asevera: «La evolución de los personajes a lo largo del libro, sin coherencia psicológica alguna se convierten en fantoches, recuperan por poco tiempo entidad dramática, adoptan actitudes esperpénticas, según al autor le viene en gana, sin que en ningún momento este parezca tomarlos en serio, dotarlos de vida propia. Benet se cree autorizado a hacer lo que le parece, sin tener en cuenta al lector ni a su obra misma considerada globalmente».

Un brote canceroso (con anterioridad a Benet le habían quitado, sin que nadie lo supiera, una mancha en el rostro) se convierte en un proceso con metástasis generalizada, sin remedio. Al no querer abandonar su domicilio para ir a una clínica, Juan Benet Goitia fallece junto a su familia en el piso de la calle Pisuerga el 5 de enero de 1993. Tenía sesenta y cinco años.

Acabamos con unas frases de J. Benito. En el prólogo de esta trabajadísima biografía suya, que respira vida y literatura por los cuatro costados, avisa:

«La vida de Benet fue poliédrica. Tanto su narrativa como su vida son excepcionales. Estamos ante un personaje de grandes dimensiones, como hombre y como intelectual. No he pretendido desmitificar al mito. Su accidentada vida está aderezada de anécdotas jocosas y sucesos trágicos, los que aquí no se ocultan. En la historia de la Literatura ha habido casos de intencionada falsificación o enmascaramiento biográfico post mortem».

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