En una de sus greguerías, decía Ramon Gómez de la Serna que “hay un momento en que el astrónomo, debajo del gran telescopio, se convierte en microbio del microscopio de la luna que se asoma a observarle”. El mundo habitable y sus habitantes se convierten en un auténtico espacio de investigación, siendo nosotros observadores pero también observados. Desde los ámbitos dispuestos para este análisis, tal vez sea el poético uno de los más favorables para ello. A la naturaleza sensible y filosófica que se le supone, se le suma la creatividad u originalidad del poeta para ofrecer una perspectiva inaudita —o inédita— del mundo al lector que se acerque a su obra. Uno de los poetas actuales que mejor ha trazado dicho panorama es Jorge Camacho Cordón (Zafra, 1966). A lo largo de su singladura como escritor, el extremeño ha sabido captar con absoluta minuciosidad y capacidad de síntesis aquellos aspectos más destacables de este escenario en el que hemos sido impelidos a participar. Dice muy bien el autor en uno de sus poemas que “la poesía son versos, y, los versos, / palabras asociadas o trenzadas / no sólo en atención a sus sonidos, / a su dulce fluir o su estruendo, / sino también, o más, a lo que dicen, / susurran, gritan, lanzan o reflejan / respecto de los hombres y su mundo / o de los seres múltiples del cosmos”. La esencia de estas palabras queda perfectamente reflejada en la antología de su poesía que recientemente ha publicado la Editora Regional de Extremadura, bajo el sugerente título de Remolinos y remansos. Recorrer el mencionado libro a través de sus 14 bloques supone observar lo que nos circunda y nuestra propia esencia humana desde lo más diminuto, como una hormiga, hasta lo más inalcanzable, como las estrellas. Así mismo, el mundo natural se presenta desde lo amable hasta lo cruel —la naturaleza animal o geológica, con los gorriones o los volcanes—. Del mismo modo, surgen referencias culturales producto de la creatividad humana, así como hitos históricos —el viaje de un astronauta— y catástrofes derivadas de la ambición y maldad humanas —asesinatos, guerras o dictaduras—. Todo cabe en estas casi doscientas páginas, tras las cuales indudablemente el lector habrá experimentado un cambio en su interior.
Tríptico —antesala del volumen— se inicia con unos poemas que remiten al origen del mundo y, con sus misterios, del ser humano y su vocación de comunicador con sus congéneres —animal social— a través del lenguaje. En 1: “Miro al cielo. ¿Es Venus lo que veo, / o tal vez Marte, Júpiter, Saturno? / No importa. Ahí está, y su presencia/ en cada noche de este invierno / es vestigio de un tiempo en que no había / nada, ni nadie, que tuviese nombre”. En 2, muestra el poeta su afán por negar su condición de habitante en una comunidad, preguntándose por esa misma naturaleza contraria a lo esperable en él: “¿Por qué busco, entre humanos, el silencio?” No obstante, hay otras formas de comunicarse sin palabras: “No sé por qué razón, si es que hay alguna, / persiguen nuestros labios otros labios / ajenos, otra lengua y otro cuerpo / en que dejar la impronta de millares / de sílabas que nunca serán dichas”. El 3 retorna a la idea de vivir “rodeados de palabras”, destacando algunas cruciales o “vitales”, indispensables para el poeta: “Querer, pensar, decir”. La condición de “nictálopes” con la que se nos define, parece aludir a ese misterio que nos envuelve y que tratamos de desentrañar, convertido simbólicamente en la imagen de la noche. Tal vez uno de esos misterios sea el siguiente: “¿En qué momento, me pregunto, el niño / habrá logrado al fin, sin darse cuenta, / hablar como lo hacemos los adultos?”
Cosmos, naturaleza y mundo representa un viaje de lo macro a lo micro. Hormigas primigenias elogia la lucha por la supervivencia de estos seres diminutos —en contraposición con el universo analizado en el primer poema del libro—: “faltas de fuerza, de conocimientos, de ese mismo / fluido intemporal que habrá de transformar / su pompeya particular en una joya”. Perplejidad vuelve a lo complejo del mundo, mostrando asombro ante la falta de conciencia del ser humano respecto de este milagro que es la vida: “Pero me deja perplejo sobre todo / la falta de perplejidad de las gentes, / su confianza en sentidos y estructuras / en la felicidad, en la agonía”. En Positronio se incide en lo sobrenatural de nuestra propia conformación natural: “Es un milagro / que miríadas, millardos de estas masas / de implumes avestruces / se apuren sobre el pavimento sin chocar unas con otras, / sin perder el equilibrio, / sin herirse / con los sofisticados prismas y aristas / de nuestro mundo e hormigón armado, de coltán, acero y vidrio”. El poema mínimo la negrura envolvente… vuelve sobre la gran oscuridad que puebla parte de nuestro mundo, demostrando cómo puede ser hendida por un ser mínimo, como un “pez abisal”. Desde el poema visual eclipsa se analizan nuestras capacidades, con su paradójica facultad para hacernos incomprensible lo que nos rodea. Telescopio recupera lo grande y lo pequeño, poniendo en valor la capacidad de descubrir y arrojar luz del ser humano: “Hacia las lunas de Júpiter / dirigí mi catalejo / pero en su lugar obtuve / otra vista: ¡Galileo!” Lindes reflexiona sobre la incapacidad del lenguaje por abarcar lo que nos define: “No todo lo que podría pensarse se puede pensar. / No todo lo que podría decirse se puede decir. / No todo lo que valdría la pena decir merece ser dicho”. En el universo se refiere a la ausencia de sentido del cosmos, frente a la búsqueda del mismo por parte del individuo. Con la naturaleza se describe el carácter omnipotente de lo que nos rodea, frente al mínimo poder del ser humano. Éste aparece precisamente recreado como “lábil paréntesis” entre los universos presentados a través del telescopio y del microscopio. De nuevo, lo diminuto frente a lo inmenso queda plasmado en Gotas: “la vida es una gota / desprendida / suspendida en el tiempo y en el aire / antes de disolverse en el océano”. Cosmogonía continúa profundizando en la complejidad del cosmos, mencionando sus luces y sus sombras: “No me hablen de la belleza del cosmos / o de la creación, / de ‘la hermosa unidad del mundo físico’. // Al universo pertenece también el mundo humano / con sus francotiradores y bombardeos […] // El ñu devorado por los leones. / El pinar calcinado y cubierto por cenizas / de un volcán frío como las estrellas”. Recuerdos del futuro describe el desprecio egoísta del hombre por lo natural que le rodea y permite su supervivencia. Ese absurdo sentimiento de superioridad aparece también en La calma: “Tranquila, no es más que un temblor / como tantos, hubo quien dijo / cuando empezó la erupción del Vesubio”. Esa misma ironía o crítica hacia nuestra especie surge en Cosmos, donde no somos capaces de ver más allá de lo que nos permiten los ojos o las lentes de nuestro “necroscopio”. Idem en la noche: “en cada mundo un nombre; y yo ¿qué veo? / Una herida infinita / o una vulva / que cruza en diagonal el firmamento”.
Cuerpos refiere a ese estar físico en el mundo. El bloque se inicia con el poema a Laura, donde desde el aprendizaje de una vida sencilla se añade solo una cosa: el deseo hacia el cuerpo o hacia la imagen idealizada del ser amado. A su vez se contrapone la parte carnal en Copla: “A mis amores platónicos / lo que en el fondo quería / era comerles el coño”. Pasajero hace visible la facilidad actual del ser humano para desplazarse por el mundo, concluyendo: “Ahora que viaja todo el mundo / sólo busco el paisaje de otros cuerpos. / No hay lugar que requiera mi presencia”. El despojamiento de todas las cosas que hacen milagrosa la naturaleza del ser humano queda patente en Una cara que escucha…: “Una cara que escucha o una cara que habla. / Eso soy. Y la piel que me abrasa”. Otra cosa resume el mundo como “las reglas de un oscuro juego / en el que todos juegan para, luego, / odiar a aquél que hizo cuanto quiso”. Momentos describe los instantes en que el ser humano se libera de la tiranía de la palabra para “adentrarse en la selva” del encuentro carnal. En Sesgos, el poeta trata precisamente de luchar contra “la poesía que deifica o reifica / a la mujer”. La imposibilidad de evitar el tema del amor o conocimiento hacia el otro se presenta en otros poemas (Miradas, La esfinge), manifestando la dificultad de penetrar en esas identidades ajenas. Anticuerpos refiere a los cuerpos del deseo ocultos bajo “siglos de tradiciones, de tabúes y de ensalmos”. Se añora dar rienda a los besos y a la piel, al contrario que en Palabras sólo. Del contacto con otros siempre dentro de un orden habla el humorístico Acicalamiento: “Lo saben los capuchinos, / macacos y chimpancés: / acicalarse es asunto / de dos monos, no de tres”. De la quimera de la comunicación tratan también Cautiverio —con “dos chimpancés en sendas / jaulas de vidrio, / en mutuo aislamiento”— o Tablas —donde paradójicamente juegan al ajedrez dos personas, cada una encerrada dentro de sus propios pensamientos, en una partida infinita—. Au crepuscule alude al desaprovechamiento de la vida durante una existencia anodina: “Ahora que cada uno de nosotros / dispone todavía de su cuerpo, / antes de que anochezca deberíamos / aprovecharlo. Te lo digo en serio”. Encrucijada habla igualmente de ese pasar por el mundo rutinario de los que “renuncian a ser libres”, quedando “dos caminos”: “cruzar la linde a veces de forma clandestina / o no abandonar nunca la tierra permitida”.
En sociedad tiene como tema aglutinador de sus distintos poemas la convivencia entre individuos. A los homófobos supone una confrontación con quien personifica esa intolerancia que engloba el título, preguntándole —a fin de arrojar luz hacia lo incomprensible—: “¿qué temes? / ¿qué disimulas? // di, ¿qué te tienta?” Poema nupcial se erige en discurso de boda pronunciado por el amigo de los recién casados. Encontrando las disertaciones convencionales blandas “o demasiado cursis”, el poeta halla una sorprendente comparativa: “en un segundo me vino a la cabeza / el tándem Tierra-Luna, en el que la segunda / no es que orbite ella sola en torno a la primera / como mero satélite o perrito faldero / sino que giran ambas sobre un centro común / que, por razón de peso, reside en nuestra Tierra”. Desde el año 2018 se propone el poeta “observar los errores de la gente”, los “cientos de miles de maneras / en que nos complicamos unos a otros / el paseo, la tarde, la existencia”. Continuidad de los géneros describe la adaptación de las “tragedias y comedias” de la vida real al “teatro de carne y piedra / de la Grecia antigua” representado en la pantalla del televisor “cualquier noche”. La quiniela constata lo que tantos creemos: “Saldremos mejores, dijeron, / de la pandemia. // (Veo y escucho a la gente, leo noticias). / Y una mierda”. In viro veritas —juego con la frase latina “in vino veritas”— amplia esa percepción: “El mundo ya no tiene quien lo arregle: […] / La pandemia habrá sido lo de menos. / En el virus la verdad, la peripecia”. Araneo y Araña supone un ejemplo bilingüe de la sorprendente faceta del poeta como escritor en esperanto. En dicho poema, se elogia la capacidad del arácnido por reconstruir, como “insignificante sísifo”, su telaraña “después del tifón”, contraponiéndose a la desesperanzada visión del ser humano. También hay un canto o loa a otra criatura diminuta, el vencejo, en epitafio. Lo mismo con el gorrión en Pajaritos. En el huevo de emú vuelve a elogiarse por parte del individuo la perfección de la naturaleza con este elemento creada por dicho ave. No obstante, se destaca la cara oculta de su belleza geométrica: “como si no encerrase el cadáver de un ave futura, / un feto con plumas / atrapado en el lodo de todos los comienzos”. Con Antecesor, el poeta se siente afín al mirlo “con una lombriz en el pico”: “(me reconozco en él, cazador y carnívoro)”.
En Geografías, el poeta alza su vuelo mental para recorrer los lugares transitados y las sensaciones que desde ellos le han dejado huella. El trayecto se inicia en su tierra natal, Extremadura, donde desea “reentroncarse” en encina: “que disfrute del sol y de la lluvia, / de grata y voluntaria servidumbre / en compañía de todo el encinar”. Con Acueducto de Mérida, el poeta subraya cómo, “después de tantos siglos en pie”, dicho monumento es capaz de sostener con “elegancia […] cinco nidos de cigüeña”. Con Embutidos el escritor reconoce su contradicción como amante de la naturaleza y degustador de “media ración de sabroso morcón ibérico”: “Qué le voy a hacer… Mis convicciones tengo / pero también una infancia, una familia, un pasado / en el que comer jamón serrano, buen chorizo o una hermosa / tostada de cachuela / era un regalo cierto de los dioses”. Continuamos el viaje por Islas baleares con un sencilla y concisa descripción: “Paraíso de cabras / sin cabras. Tierra. Ruinas. / Refugio de piratas. Paraíso / de posidonia y pecios, / de negras lagartijas”. De unas islas a otras —las Canarias—, con Lanzarote y una nueva, breve y precisa descripción: “Aldeas: blancos dientes / en silencio prendidos / a volcanes durmientes”. Igualmente Tenerife (“¡Corona el mundo el Teide / por cima de las nubes, / espléndido pezón!”) y El Hierro (“Hoy, / rodeados de vidrio. // Ayer, / de lagartos, cráteres, / brezos, sabinas, / pinos”). Gadir —antiguo Cádiz— se describe “regresado / después de un largo decenio”, no para reencontrarse con el poeta, sino para perderle “de nuevo”. De Barcelona se hace clara la naturaleza nómada humana, pues el poeta podría vivir en la ciudad condal pero está “En Madrid”, donde se encuentra “de visita unos días” para volver “a lugares, rutinas, individuos” con los que entretenerse “cada día”: “y que, de haber ido las cosas de otra forma, / podrían no ser nada, ni un recuerdo”. Madrid es ciudad que “te acoge / desde que eras un niño / y, sin tú darte cuenta, / te retiene cautivo”. Con esa mirada al pasado tan manriqueña se pregunta también el poeta “qué se hicieron” del “Madrid descrito por Galdós, / de sus habitantes de hueso y carne, de sus árboles”. De España a Finlandia, donde es de nuevo un gorrión realmente el protagonista del poema: “Ahí estabas, gorrión, / sobre la cerca que separa la terraza del café / de la ladera que acaba en el agua. // […] Aquí estábamos los dos, / tan cerca uno del otro, / viendo pasar la tarde en la bahía de Töölö”. Taiwán se asemeja en su descripción a un haiku: “Entre campos de piñas, / la carretera, el coche… / ¡zigzags de golondrinas!” También Noruega, en cuyo recuerdo se encuentra presente Heráclito (“el camino del norte / y el camino del sur / no son uno y el mismo camino”).
Hace tiempo supone un recuento de la propia vida del poeta en particular y del mundo en general. En este sentido, se inicia con un poema verdaderamente inesperado y creativo, titulado Pensamientos cavernarios de un neandertal sobre los cromañones: la descripción de nuestros antepasados prehistóricos, preferibles (“aunque sean broncíneos y brutos, bruscos, broncos”) a “nuestros bellos varones”. Al margen de pensamientos sobre la demolición de casas supone un cierre de círculo a una parte de la existencia cuando el poeta, ante la casa ahora en venta y donde vivió treinta años, rememora el inicio de esas tres décadas, llegando con sus padres para habitar dicho espacio: “las historias principian realmente / por el final. // Es decir, sólo el segundo paréntesis / permite apreciar la sutil curvatura del primero)”. La rememoración del pasado formulado desde el presente también está en Recuerdo: “De que él mismo anduvo allí / una vez, años atrás, / con asombro aún se acuerda / en las noches luminosas / el emérito astronauta / al mirar la luna llena”. También hay memoria de los lugares, como en Fuego y nieve, donde se evoca la Ciudad Encantada de Cuenca con su “laberinto de rocas y agua, de musgos y líquenes” donde habitan “pintorescas figuras de piedra”; igual con las ruinas de Segóbriga o en el retrato de una joven encontrado en El Fayum: “Han pasado siglos pero eres tan bella / como antes de morir y de que el artista / cubriese el rostro fresco, frío con tu retrato pintado en madera”. Poeta y personaje se encuentran aún separados “con más de un milenio”, mostrando el primero su admiración por la hermosura del segundo. Lo mismo sucede con Kaaper, el famoso alcalde del pueblo egipcio inmortalizado por un escultor del Imperio Antiguo. Quien pasa frente a él en el presente “se pregunta / si ofrecerle un consejo o contarle una anécdota / cómo fruta madura de los años vividos”. El ayer reflexiona sobre el pasado y su concepto encerrado en la palabra: “No sé por qué llamamos el pasado / a aquello que no termina de pasar, / que pasa, que nos pasa todo el tiempo / desde la infancia o desde los orígenes hasta eso otro que llaman el presente”. Ese tiempo se define en raíces como esos órganos del árbol “que hacia arriba / empujan el alcorque, el pavimento” con el que la ciudad los “aprisiona, / deformándolo, rompiéndolo, rindiéndolo”.
Itinerarios se inicia con la definición de la propia palabra que da nombre a esta parte: “La vida es un meandro entre dos limbos”. Trapecios indica lo inútil de determinados esfuerzos a lo largo de la vida, animando al cambio de dirección o de meta: “Veinte años he dedicado / a la cuadratura de un círculo […]. // Desde hoy, juguemos con fractales, / con el fuego, / con otros espejismos. // Por ejemplo, dibujemos arabescos”. De nuevo surge el concepto Itineroj / Itinerarios con un poema bilingüe recuperando el esperanto. El camino vital del individuo se resume al regreso al origen: “Hollar la tierra. / Añorar el útero. / Anhelar el éter”. Elementos de la teoría de la evolución describe el trauma que supone para un individuo llegar a la realidad hostil al nacer: “significa renunciar a un océano / calmo y nutritivo, de caricias y nanas […] . / Nacer significa llegar sin invitación / y de manera abrupta a un entorno seco y sofocante / de hombres marcesibles extrañamente erguidos / siempre con una palabra o frase entre los labios”. Carpe diem rechaza de este dicho su sentido “cicatero” y propone sustituir el aprovechar el momento “como si fuese ya el último” por el disfrutarlo “como si fuese el primero / y tú mismo presenciaras / el principio de los tiempos”. En particular ofrece el pensamiento del poeta, reflexionando sobre su trascendencia como persona tras su muerte: “me preguntó en silencio / si alguien se acordará de mí, sin hijos […] // Probablemente no. Con mis poemas / escritos en una lengua desdeñable / desapareceré en un olvido que no me preocupa en particular”. En dejémonos llevar defiende un goce sin necesidad de utilidad o fin práctico: “disfrutar activamente no es disfrute / sino tarea, ocupación, labor, / obcecación, obsesión, quimera; // dejemos que el amanecer o que la lluvia, / que el vuelo de un gorrión, que un bocado sabroso / nos hagan disfrutar a la ligera”. En luces se habla de las personas que “irradian luz ellas mismas” respecto a “otras / que encienden la luz cuando entran”. En un mundo alejado de la autenticidad y lo ético, el poeta nos cuenta en Beatus ille cómo dejó “las armas con gesto indiferente”, buscó un “lugar tranquilo, soleado” y “con palabra huecas, con poesía” adornó “el laberinto”. Puede ser que hasta la felicidad que se ofrece desde nuestra sociedad sea falsa, como la “la dicha” de los finlandeses (“esa leyenda urbana, ese flamante / dogma menor”).
Muerte y vida lo componen semblanzas de personas queridas —familiares o amistades— que ya no están y de los que inevitablemente se acuerda el poeta. Por costarle le cuesta hasta escribir en verso ante el duelo, aunque también contrapesa afirmando: “cuando muere un ser querido / o persona muy cercana / la relación que nos unía / no acaba sino que cambia”. Idéntica idea se nos transmite en Un consejo: “En verdad, no se ha ido, / ha de seguir presente en todo nuestro espacio / tangible y virtual, y entretanto los vínculos / se irán transfigurando paso a paso, despacio…” La juventud y la madurez están igualmente presentes como tránsito de un punto a otro hacia ese dejar de existir —Puntos de vista: “vosotros no sois el futuro […] // jóvenes, no os engañéis: vosotros sois el pasado. // ¿Vuestro futuro? ¡Aquí me tenéis!”—, mientras que el Torii es ese elemento a atravesar “que conduce / del templo abigarrado de la vida / al páramo informe e infinito”. Algo similar sucede en La bahía: “veo un puente colgante que se pierde entre nubes / sin saber si ese puente es la muerte o la vida”. Es esta última como El pájaro “que, procedente del invierno y la noche, / entra por la ventana de una estancia / iluminada y calentada por el fuego” para regresar luego de donde vino. Se cansa el poeta de hablar de la muerte en Directiva número 2: “suceso demasiado cercano / como para abordarlo / con la perspectiva conveniente”. A pesar de mostrarse próximo, hay quien no se atreve a mirarlo de frente, como en Hospital. La vejez también como enfermedad se enfrenta en la máquina de hacer españoles: “cada vez veo más claro / que no querré acabar en un asilo de viejos. // si fuere necesario, yo mismo lo haré. / al menos parto con ventaja: / no hay hijos que me encierren allá adentro”. Observar lo que el paso del tiempo puede hacer en el propio cuerpo a través de otro, como en El mariscal, cuando ese general “ve pasar a un anciano frágil y mudo” que fue “quince años atrás mariscal invicto”, vislumbrando así “su propio reflejo”. A aceptar la muerte ayuda, como en La verdad desagradable, el “deterioro y la vejez”, también “el hastío” (“No tener cosas pendientes / que hacer, que ver, que decir, que leer”). currículum vitae define de forma aséptica y lapidaria la propia vida: “adolescencia turbia / precariedad o paro / con o sin hijos, qué importa / si el dinero lo permite / aparcamiento de ancianos”. El mundo (“¿o era la vida?”) es una broma de mal gusto: tras el deterioro de los cuerpos, su memoria (“edificio entero, restos de otros”) y “miles de espléndidos árboles frondosos / que cada primavera resucitan / para limpiar y alegrar esta ciudad…” En La muerte imperceptible se nos hace notar cómo “la muerte ya no pasea / por nuestras grandes ciudades” (no “marchan cortejos fúnebres” ni se ven “coches negros con los féretros / atravesando las calles” o “escalas”, sino que “uno se muere en secreto / como queriendo ocultarse”. Solo a través de las noticias nos llegan “las muertes virtuales”. En definitiva: “nadie sabe reaccionar/ porque no la ha visto antes”. Son tabúes las palabras “morir y muerte”: “tan sólo con oírlas nos sentimos tan solos / que buscamos amparo en el ruido y la gente”.
Poemas híbridos lleva como subtítulo “(que podrían haber encontrado su lugar en cualquier otra sección, como la mayor parte de esta antología)”. Supone un cajón de sastre de lirismos surgidos de muy distintos temas, distintos entre sí aunque representativos de la personalidad del autor, de sus inquietudes. Surgen así textos poéticos preñados de enumeraciones, como Revelación —que nos muestra cómo todo puede tener sentido, incluso, “tal vez, la destrucción / intencional, sin mesura”—. el largo brazo o temblores. en la orilla nos equipara la forma de estar en la vida “al margen” de lo que sucede con una concha en la orilla, “varada en la arena”, o con “un raro cangrejo ermitaño, / a la caracola perfecta libérrimamente” al confort “encadenado”. Esa forma de estar aislado es una suerte de Soledad, como esa “ballena azul que migra” hacia “aguas de Islandia” únicamente acompañada por “las corrientes oceánicas”. Son esas aguas…, pero también “arenas / vientos” los que “apagan / avivan / cubren // fuegos / rasgos / deseos”. En Barcelona o París se afirma que, igual que se destruyeron los “laberintos medievales” de ciudades europeas en pos de la construcción de las grandes avenidas “anchas, rectas” (“en aras del progreso”), “tendríamos que hacer algo semejante / en el espíritu, el alma, la memoria […], / saneando, derruyendo, desbrozando, / erigiendo una cuadrícula perfecta / de nuevo, desde cero / en vez de este avispero de recuerdos”. Cumbre vieja obra un paralelismo similar entre el vulcanólogo que “estudia el comportamiento / de los volcanes que arrojan / humo, cenizas y fuego”, y el psicólogo, que ha de “estudiar el cerebro / y el corazón del paciente / como un temblor del terreno”. Hay también espacio para desastres naturales de nuestro tiempo, provocados por el ser humano, como en Petrolero. Y de un poema a otro con ciertos nexos: Presente continuo. En él se anuncia el rechazo a los amenazantes signos del progreso, en este caso tecnológico: “No quiero ver androides por doquier, / vehículos volantes, balnearios / en los mares y cráteres de Marte”. Un mundo, el actual, lleno de avances y poco respetuoso con el pasado; en Estupor, por ejemplo, se describe al público que, sobrecogido, observaba consumirse “la biblioteca / de Sarajevo”.
Poéticas lo componen poemas en torno a la lírica (metapoemas). Matemas surge de la opinión de un amigo que piensa que, lo que este poeta hace escribiendo versos es poesía con vocablos y no con conceptos —lo cual no puede hacerse, desde esta opinión externa—. En arte poética se reflexiona en torno a lo que supone la poesía, no siendo lo que se pierde tras su traducción, sino lo que permanece: “la rima / el ritmo / el paisaje de una palabra: / cosmética”. el huevo representa visualmente un caligrama de lo que describe —algo que nos apunta el propio poeta que ya hizo “el griego Simias de Rodas / hace veinticinco siglos”—, teniendo su contenido un poso filosófico y humorístico: “el poema es / como un huevo; / si viene fácil, ponlo; / si no, tampoco importa; / pero, en cualquier caso, / si al final ha de llegar / lo preferible será / que lo pongas / redondo” —el autor de esta reseña se disculpa al exponer el poema de esta forma, perdiendo su forma ovalada—. No es el primer caligrama del libro, pues previamente se nos ha presentado el dedo de la muerte. En Tonos, el autor afirma que el poeta “debe decidir antes que nada / si escribirá en color o en blanco y negro”, del mismo modo que el cineasta Kaurismäki dice que “la primera decisión de un director de cine / es si va a filmar en blanco y negro o en color”. Yo no quiero que me saquen alude al espectáculo comercial que sobre la literatura se ha construido: “Yo no quiero que me saquen / de ninguna catacumba / y, en la feria literaria, / hacer de mujer barbuda”. Meter un taco… refiere a lo extraño que continúa resultando introducir palabras malsonantes en un poema. Por contra, Aquí en España… remite a la facilidad con la que, en nuestro país, cualquier construcción escrita puede considerarse un haiku. Continúa la crítica en Tierra de poetas: “Sólo en España tenemos / (echando rápidas cuentas) / cuarenta y tantos millones / de sedicentes poetas”. […] ¿Y qué escriben?, me pregunto. / Juntando letra con letra / y palabra con palabra, / frase a frase, se genera / un aparato de versos / en torno de alguna idea / o imagen, muy a menudo / insaciable e inconcreta”.
Políticas enlaza con Poéticas casi de una forma aristotélica. Engendro y Todo por la patria nos llevan a una etapa oscura en nuestro país, recorriendo la pérdida de las últimas colonias para llegar al final de la dictadura y sus rémoras.
Sueños equipara el dormir con un tránsito o evolución humanos entre un día y otro, a modo de crisálida o “sarcófago de seda”: “Agotados, nos acostamos sin saber / que […] / despertaremos cada mañana transformados / en otra oruga, diferente y nueva”. El concepto se prolonga en Durmiente, cuando la persona que sueña se presenta como amenaza: “Una masa aberrante / de moléculas agudas de espacio y de tiempo / en una tensa tregua pasajera / tendida entre penumbras”. Sueños informa de cómo “el sueño cambia cada / veinticinco segundos”, de “un estado de alerta / a otro de reposo / reparador, oportuno”. Momentos en los que “corazón y cerebro” se muestran “en alternancia para / despertares abruptos”. Ocasiones éstas en las que —como en Agitación— el durmiente se revuelve “bajo la sábana / como un murciélago en la penumbra / bate sus alas”. Puede ser que estos agitamientos inconscientes sean producidos por una Aparición, un “monstruo o ser extraño”: “no tengas miedo, / ármate de impudor y sal•le al paso, / deja que tu curiosidad lo difumine / por ensalmo”. En El sueño es vida, el poeta se pregunta sobre el funcionamiento del cerebro que nos sumerge, durante la noche, “en tramas imposibles, en historias / insólitas hasta el agotamiento”: “Y yo, que siempre he escrito, me descubro / ante este incógnito escritor interno / que hace de mí un mero personaje / de mi mundo interior. Y me despierto”. Un mundo onírico el de “el viento de los sueños” que hace que la “materia gris cansada, sin aliento” al fin despliegue “alas de bronce sobre un mar de espliego” (Final de la jornada). Desde Entremundos también se destaca cómo de un momento a otro se puede estar fuera del sueño: “pompa de jabón que estalla suave / leve y perfecta”; también “pez volador que salta del agua y penetra en el aire / o viceversa”.
El último apartado de esta antología, Violencias, resulta abrupto por su contenido. Deseo cuestiona que el deseo de muerte para determinadas figuras célebres —y para el autor oscuras en el devenir de la Historia— sea pecado, pues “etimológicamente, desear significa / esperar de las estrellas”. Con el hacha de sílex encontramos el tercer caligrama del libro; en la propia herramienta primitiva protagonista del poema podremos “leer” los primeros testimonios del ser humano primigenio. el naufragio nos narra la terrible historia de un avión estrellado en un “mar” de jungla al este de la Birmania, donde sobrevivieron la mitad de los pasajeros; paradójicamente, los “salvíficos / […] habitantes de la jungla, “los milagrosos hombres de la selva / a los supervivientes dieron muerte/ tras torturar sus cuerpos asombrosos”. en el cobertizo arroja luz a esa parte oscura de la mente —el inconsciente— donde permanecen aquellas sombras de nuestra identidad: “oculto, / en un cobertizo del cerebro, / el tesoro de cuchillas”. Leopoldo II de Bélgica describe la verdadera cara del personaje histórico protagonista del poema, poniéndolo en contraposición con la loa que supone su monumento en Bruselas: “sobre un caballo negro / de bronce, / a horcajadas, con aplomo, / la estatua de Leopoldo, / el genocida rey de Bélgica / y del Congo / y de la muerte / magnate, / albañil, / apóstol”. Himno de los entusiastas supone un irónico y crítico texto en torno a quienes lo dejaron todo para cambiar el mundo, no precisamente a mejor. El progreso mantiene el tono y el contenido para ofrecer una imagen de ese avance social que es en realidad involución. Sáharas recorre nuevamente el mundo a través de las “penurias / creadas por los hombres, estados y naciones”.
Como afirma Elisabeth Falomir Archambault en el epílogo de Remolinos y remansos, “los poemas de Jorge Camacho contienen otros mundos posibles”, algo en lo que sin duda se funda “la labor del poeta”. En efecto, los textos de esta antología proponen el enriquecimiento de nuestra visión sobre lo que nos rodea, ya sea aplicando el telescopio, el microscopio o efectuando una radiografía —imposible en la realidad— sobre el alma humana. Como reza el título del volumen, dichos lugares del paisaje y paisanaje en que nos movemos se encuentran poblados por corrientes dinámicas y mansas, siendo no solo la Naturaleza quien las produce sino nosotros mismos con las acciones derivadas de nuestra psique. Toda una enciclopedia en torno a este mundo, tantas veces áspero y otras reconfortante.