Decía Gandhi que la vida era un espejo, añadiendo: “si sonrío, el espejo me devuelve la sonrisa”. Son éstas las palabras de un hombre que, con sus luces y sombras, quería creer en la bondad natural de un mundo necesitado de buenas obras. Un mundo que debía responder positivamente ante las buenas acciones recibidas por quienes lo habitaban. Gandhi vivió en una época donde todavía parecía posible enmendar determinadas acciones nocivas perpetradas por el ser humano. Gandhi pecaría, entre otras cosas, de idealista. Un idealismo que trató de hacer realidad mediante determinadas acciones, insuficientes a todas luces tras el paso del tiempo, que es lo que acaba poniendo las cosas en su sitio. Al menos, podemos decir en su favor que trató de materializar lo dicho. No obstante, ya sabemos lo que ocurre cuando se pasa del dicho al hecho: las palabras suelen convertirse en papel mojado, pues las utopías mueren así. El ideario se mantiene en los libros, donde siempre será inmortal, desde la Biblia a los textos de Platón o los de cualquier filósofo actual.
El poeta y dramaturgo Jesús Díaz Hernandez (Madrid, 1954) nos trae palabras que conforman frases y, éstas, aforismos. Pero éstas no tratan de dar lecciones sobre la bondad de un posible mundo perfecto e ideal, sino más bien al contrario: nos demuestran que el mundo no tiene arreglo, que “fue y será una porquería”, como cantaba Gardel con el tango Cambalache de Enrique Santos Discépolo. Su libro Este espejo no devuelve la sonrisa se convierte en una auténtica vacuna contra la ingenuidad —que todavía existe y a raudales—. Es precisamente su título el que viene a contradecir las palabras de Gandhi, que coronan el inicio del libro a modo de referencia. La editorial Huerga y Fierro ha hecho posible este libro de referencia que muchos —y muchas, como ahora dictan los cánones— todavía deberían de leer para que la venda de la inocencia se les cayese de una vez —eso sí, y aunque resulte imposible, convenientemente alzada para la lectura a fin de que no entorpezca la visión de los ojos—. Luego estarán aquellas personas que, como dice muy inteligentemente uno de los aforismos del libro, prefieren las consignas a las explicaciones. Ilustrando en esencia el contenido del volumen, destaca la imagen creada por Eugenio Rivera, donde el azogue de ese espejo en el que mirarse es sustituida por la cinta de Möbius. Ésta parece indicarnos que el ser humano continuará tropezando una y mil veces con la misma piedra de su estupidez.
Los aforismos o perlas de sabiduría contenidas en Este espejo no devuelve la sonrisa vienen agrupadas por temáticas que directamente apelan a las facetas que definen del individuo: de la política al amor o la felicidad, pasando por la ignorancia, el arte, la libertad, la vida y la muerte, para llegar a lo paradójico de la lógica y sus “desvaríos”. Siete capítulos que nos harán reflexionar y seguramente sonreír —no hacia un espejo sino desde nuestro interior—. El primero, La vida de la política y la política de la vida parece recordar la famosa frase “todo es política” de Thomas Mann, aparecida en su novela La montaña mágica. También aquella más clásica de Aristóteles: “el hombre es un animal político”. El presente apartado viene precedido de una frase de Charles Bukovski, representante del realismo sucio por su estilo irreverente, que afirma: “La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes”. Nada más ilustrativo para esta frase que la realidad política actual, donde asistimos a la cara más “dictatorial” de la política, observando impertérritos los desmanes y abusos de nuestros dirigentes. Nunca había caído más bajo este tipo de gobierno como ahora, como atestigua el primero de los aforismos: “Los científicos vaticinan la completa extinción del mundo para antes de cien años, la completa debacle de la política es algo que parece mucho más cercano”. En otro de los aforismos, Díaz señala que la culpa de que este tipo de líderes exista es en gran parte de quienes les eligen: “Un imbécil puede ser rey por la gracia de dios, como puede ser presidente por la gracia de millones de imbéciles”. También pueden votar siendo engañados: “Lo único inmoral y perverso que no está prohibido en democracia es mentir”. Sin embargo, faltar a la verdad parece no estar perseguido actualmente. Así, el autor sostiene en otro aforismo que “quizá merezca la pena replantearse el famoso refrán: ‘Se coge antes a un mentiroso que a un cojo’. Hoy en día a un mentiroso ni se le intenta coger”. Y es que “sólo creen a un mentiroso aquellos que no buscan la verdad”. Los políticos se aprovechan de ello y “viven de promesas, pero no mueren de cumplirlas”. No obstante, si el “opresor” es finalmente acusado, “se apresura a pedir la clemencia que nunca tuvo con sus oprimidos”. El problema, no nos engañemos, está en nosotros mismos y en nuestra imposibilidad de ir a una para progresar: “Todos deseamos vivir en un mundo mejor, pero jamás nos pondremos de acuerdo en qué significa eso”. La imposibilidad de empatizar con quien no piensa igual proviene, en muchos casos, de las “convicciones” que, “desgraciadamente” no se necesitan “demostrar”. Por supuesto, el cuarto poder también tendrá un importante peso en la dirección política del mundo: “Algunos periodistas escriben de política con la sana intención de que nadie sepa exactamente lo que pasa en el mundo”. El clima constante de crispación o nuestra tendencia al conflicto se critican mientras son elogiadas las hormigas, que forman “comunidades (colonias) de millones de individuos sin que surjan disensiones entre ellos”. Aunque parezca en ocasiones que no hay diferencia, “los habitantes de un país democrático son ciudadanos, los de un país totalitario son masa. Este es el juego lingüístico al que invita la política”. No resulta difícil desentrañar su lenguaje: “La política es como un libro abierto, y el que no lo ve claro es porque en su vida ha abierto un libro”. Puede ser igualmente que la ceguera venga de observar las cosas desde el corazón y no con los ojos. Con todo lo que hemos visto, “todavía hay nostálgicos que piensan que es posible una revolución política y social, pero hay que ser comprensivos, la nostalgia se ha convertido en una forma de vida”.
El segundo capítulo se titula con la sorprendente y aparente contradicción de El amor, la felicidad y otras tristezas. Uno de sus primeros aforismos recuerda la historia de Edipo para afirmar: “A veces, mantenerse en la ignorancia es el único camino a la felicidad”. Aunque parezca una antítesis, “cuanto más deseas un mundo mejor más infeliz eres”. Por ello “la inteligencia, a veces, es un obstáculo para ser feliz”. La acumulación del conocimiento se obtiene a través de la experiencia que, al final de la vida, permite una comunicación casi telepática: “En la vejez se conversa en silencio”. El amor puede ser de las pocas cosas que hagan felices hasta el último aliento. Dicho sentimiento se define por su componente intelectual, pues en él “hasta lo más físico, es pura imaginación”. En este sentido, el autor se compadece de aquella pasión que, “una vez saboreada, deja mal sabor de boca”. El amor, cuando no es hacia otro, puede convertirse en narcisismo: “El amor, a veces, resulta un gran problema: Nos queremos demasiado a nosotros mismos”. Este egocentrismo puede llevar a no aceptar el dejar de ser querido, con nefastas consecuencias para quien lo sufre: “El rechazado de amor que no lo acepta termina su vida atado por el odio”. Si por contra se es buena persona, “el odio tiene que buscar otro alojamiento”. Trabajar por esta forma de ser conlleva no “dominar tus sentimientos” sino “evitar que ellos te dominen a ti”. Respecto a la mutabilidad de los sentimientos afectivos, Díaz afirma: “En el amor cuando acaba la pasión empieza el cariño”. El autor, con una buena dosis de ironía, afirma como forma de contrarrestar el carácter caduco del amor: “Es fácil amar hasta la muerte, sobre todo si uno de los enamorados muere pronto”.
El tercer capítulo, Estupidez, ignorancia y otros poderes fácticos, se inicia con la posible metamorfosis de uno a otro de los conceptos aludidos: “El ignorante que desconoce su condición puede terminar en estúpido”. La unión de otros dos elementos negativos generará una afinidad no precisamente positiva: “No hay empatía más fuerte que la que identifica a un malvado que manda con un estúpido que obedece”. La falta de formación al no disponer de información nos lleva al siguiente aforismo: “Los tiempos nos traen un nuevo refrán: ‘Dime de qué opinas y te diré de qué no sabes”. Esa ausencia de cultura o de educación lleva a asegurar: “Oyendo hablar a la gente se diría que tenemos un diccionario muy breve”. Aunque cueste encontrar a un ignorante que sepa que lo es (“la ignorancia de ser ignorante, la gran maldición”), eso ya hace parecer al hallado “menos ignorante”. Gran parte de esa situación la provoca la falta de necesidad que tantas personas tienen de pensar: “Ahora las opiniones se dictan desde lo preconcebido y nunca desde lo meditado. Y es que nos resulta más fácil hablar de lo que tenemos asumido que de lo que tenemos que pensar”. Parece también imposible que pueda ser promulgada “una ley contra la estupidez”, pues “son los estúpidos los que mantienen en el poder a los que redactan las leyes”. En el otro lado de la desequilibrada balanza (“es difícil que una minoría pueda aniquilar a una mayoría”), serán las personas inteligentes quienes “sabiendo que lo son, nunca tienen la necesidad de demostrarlo”. Por su sabiduría “deben saber camuflarse” cuando se encuentren “en medio de una concentración de ignorantes”. La razón “nada puede contra la estupidez, hablan distinto idioma”.
Queda esperanza para nuestra especie con las humanidades. El cuarto capítulo está dedicado a ellas: El desconocido arte de ser un artista. Unas palabras que remiten a lo mistérico de la creación y a lo poco valoradas que están las disciplinas de este campo. Hay elementos que conforman lo impredecible dentro del arte, como sus fuentes inspiradoras: “Las frases de los locos deberían ser estudiadas por los poetas”. También resulta enigmático el modo en que un creador puede alcanzar el reconocimiento: “El éxito en el arte es una lotería en la que los números que pueda tener un verdadero artista no siempre entran en el bombo”. Ese reconocimiento tiene que ver con la recepción del trabajo, que tantas veces se escapa al autor: “Estrenó una tragedia y la gente no dejó de reírse ni un instante”. No sólo el público decide lo que es digno de aceptación, sino sobre todo la crítica: “Hoy algo es arte cuando lo ha decidido el experto de turno y los demás han dicho amén”. Ese reconocimiento por parte del sector crítico en ocasiones se hace incomprensible: “Escribir y que no se entienda lo escrito siempre ha estado muy bien considerado por la crítica especializada”. No es difícil coincidir en esta máxima: “lo peor que le puede pasar a una obra de arte es que sea admirada, pero no sea comprendida”. El éxito puede ir acompañado de fortuna crematística, pero ello suele ser extraño y sospechoso: “Si un artista se hace millonario es porque ha hecho otra cosa además de arte”. El ámbito cultural es también generoso, confuso e incluso injusto o incongruente por integrar elementos sospechosos de considerarse dignos de él: “La estupidez humana no sólo se encuentra en la calle; en el arte existe una muy selecta representación”. Entre los muchos factores culturales que la sociedad general ignora por desinterés, se encuentra el poético: “Hay una despiadada guerra contra los poetas: Son aniquilados por omisión”. Igualmente: “Un poeta puede tomarse las licencias que desee, sobre todo si nadie le va a leer”. A este mal endémico se suma el de la pérdida de calidad, que también ha llegado a la poesía: “He leído que el lince ibérico está en peligro de extinción… Enseguida me he acordado de los buenos poetas”. Por desgracia, actualmente se hace necesaria la fama a costa de lo que sea para que el público llegue a conocer al creador: “Si quieres ser escritor y que todos te lean, primero hazte famoso y luego escritor”. Por desgracia, el propio autor busca a toda costa el reconocimiento. La falsa modestia también forma parte de muchos artistas, siendo a su vez inherente al ser humano: “Los artistas que dicen repudiar el elogio son los que más atención le prestan” pues “el halago es la flaqueza que mejor llevan los artistas”.
El cuarto capítulo, El sueño de la libertad o la libertad de soñar remite a las ansias del individuo por actuar sin cortapisas y a la suerte que tiene de poder imaginar libremente, de forma consciente o no. El deseo surgido de nuestra parte intelectual precisa del buen funcionamiento biológico: “¿Qué sería de nuestra libertad individual y de nuestra pureza de espíritu sin el estómago lleno?” Paradójicamente en nuestros días “los que más claman libertad son aquellos que no han vivido bajo ningún tipo de opresión”. La falta de conocimiento y argumentación es lo que hace que la “libertad” sea “una palabra que pronunciamos invariablemente cuando queremos pedir algo y no sabemos qué”. La búsqueda de libertad puede a su vez privar de ella: “Cuántos esclavos se hacen en la lucha por la libertad”. Las religiones también tratan de hacer más llevadera la existencia al individuo, a pesar de que en ocasiones —y aunque parezca contradictorio— siembren más dudas: “Las grandes religiones monoteístas son religiones reveladas y mistéricas. ¿Cómo se puede aguantar, por mucha fe que te pidan, que te revelen algo y que ese algo, además, sea un misterio?” Quien además “se pregunta por la existencia de dios, es porque necesita creer en un dios”. Las elucubraciones sobre nuestra vida y el mundo, suelen tener lugar durante el periodo nocturno, mientras que durante el día, con otras ocupaciones más mecánicas y banales, olvidamos o relegamos lo pensado en la oscuridad: “La noche es tan propicia para la meditación como para el sueño. El día solo es propicio para olvidar todo lo que hemos meditado y soñado”.
Como extremos en los que nos movemos, La vida, la muerte y otras melancolías se introduce con la frase de Epicuro de Samos: “La muerte es una quimera, porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo”. La constante contradicción que nos hace ansiar la inmortalidad poseyendo un cuerpo perecedero nos la trae el primer aforismo de este nuevo capítulo: “De la nada nacimos ¿Y nos parece extraño volver a la nada?” Hay también otros contrasentidos: “Lo último que desea la iglesia católica es que llegue el juicio final, siempre ha tenido conciencia de infinitud”. Hay absurdos bien ingeniosos: “Decimos que matamos el tiempo, pero es el tiempo el que nos mata a nosotros”. Nos preocupa que nuestra vida acabe, por eso no llevamos “reloj para no saber a qué hora” nos llega la muerte. El replanteamiento agudo del autor acerca de determinadas frases hechas o cuestiones dadas por sentadas se ofrece también en un aforismo en torno al más allá: “El deseo unánime de que una vez fallecidos ‘descansemos en paz’ nos hace temer que después de la muerte vayamos a ir a una guerra”. Hay también dilemas que hacen “más llevadero el sufrimiento”, como éste: “Si la vida te resulta insufrible, piensa en la muerte”. Cuando ésta llega, no sólo morimos nosotros sino el tiempo, el “compañero más fiel de nuestra vida”. En síntesis, a lo largo de una vida el hombre dispone de tres movimientos: “Uno hacia atrás por miedo; otro hacia delante por interés; y un tercero hacia donde puede por necesidad”. Su mayor acción manipulativa será “disfrazar” continuamente a la vida “de comedia” cuando es en realidad una “tragedia”.
El libro concluye con el estrambote Desvaríos de pura lógica, que preludia la frase certera aunque aparentemente imposible de Einstein: “Cada día sabemos más y entendemos menos”. En esta ruptura racional a través de la congruencia encontramos frases tan poderosas como: “Los sueños son lo único que nos mantiene despiertos”. Puede que el soñar sea lo único que les quede a los pobres, además de la mera supervivencia: “Todos los que siempre se han mostrado preocupados por las necesidades del alma era porque tenían bien cubiertas las necesidades del cuerpo”. La propia definición del grupo antes mencionado podría perfectamente ser esta: “Los pobres no lo son por lo poco que pueden gastar, sino por lo mucho que no pueden ahorrar”. El humor supone también un arma cuando parece que nada queda, y más si va acompañado de autocrítica: “No somos nada sin la risa, pero desgraciadamente no sabemos reírnos de nosotros mismos”. Siendo incapaces de reconocer los propios fallos, habrá quienes busquen en los demás los errores que ellos mismos no quieren encontrarse: “Los que se defienden con mentiras son los que más acusan a los demás de mentir”. Hay quien miente oficialmente desde sus púlpitos, a sabiendas del poder e influencia que tiene: “El periodismo es un monstruo, pero hay que confiar, hay leyendas que dicen que existen monstruos buenos”. Aunque “la verdad es sólo una”, en “el espíritu del hombre mora el deseo de modificarla cuantas veces sea necesario hasta adaptarla a sus intereses”. En ello destaca el mal que, a veces “es tan evidente que lo percibimos como algo normal”. Mucho tiene que ver la “admiración a personas por su discurso” aunque lo cambien tantas veces: “Está claro que, para muchos, las caras de sus ídolos pesan más que sus ideas, y no porque las tengan muy duras”. Tal es la capacidad de defraudar del ser humano que “los científicos terminarán por demostrar que, en contra de lo sostenido hasta ahora, es el mono el que desciende del hombre”. Por contra, “la sabiduría goza hoy de poca fama, aunque es verdad que puede resultar muy útil en algunos concursos de televisión”.
Tras la lectura de estos magníficos quinientos aforismos, sentiremos más que nunca la orfandad de sabiduría que sufre este mundo. No obstante, Este espejo no devuelve la sonrisa aplacará el dolor fortaleciendo nuestra inteligencia, haciéndonos sentir que no estamos solos en nuestra lucha silenciosa contra la imbecilidad humana.