No hay mejor homenaje a una autora que leerla. La irlandesa Edna O’Brien nacida en 1930 falleció el año pasado tras 93 años de fructífera dedicación a la escritura, que es verdad que ha ido llegando a la edición en castellano, aunque con cuentagotas. Su larga trayectoria dio para mucho, y aunque se pueda decir de ella que es la gran escritora irlandesa que reivindica a la mujer en su realidad cotidiana, especialmente la de la isla aunque también cruza fronteras, podríamos creer que, alrededor de su propia biografía a partir de la que ha escrito sus novelas, la suya debiera ser siempre una misma historia.
Sin embargo, pocos autores hay con una evolución tan marcada en su escritura. Desde aquel inicial Las chicas de campo que publicó originalmente en 1960 y que sufrió la censura, junto a las otras dos obras con las que se presenta a menudo como una trilogía, siempre narra historias de mujeres, desde la vida rural a la ciudadana –primero Dublín y luego Londres–, pero lo hace cada vez de una manera diferente.
No me sorprende nada pensar cómo entre 1960 y 1964 que sacó a la luz esas tres primeras novelas que protagonizan Caithleen y Baba, sufriera el rechazo y hasta la quema pública de sus libros. Esas dos chicas que salen de su entorno rural para asistir a un internado primero, luego a la ciudad, donde finalmente se casan, reflejan con una autenticidad y una franqueza inusual para el momento el transcurso de sus vidas.
Y si esas tres primeras novelas sorprenden ahora por su vigencia y actualidad, el salto a la que hoy nos ocupa, Agosto es un mes diabólico, que acaba de publicar Lumen en español sorprende además por el brinco creativo que propone. Solo es un año posterior a las anteriores. En 1965 Edna O’Brien osaba novelar la vida de una mujer separada y con un hijo que se permite tomar distancia y retirarse a una zona de veraneo de la costa francesa. No es tanto el qué sino cómo lo cuenta, porque se habla con crudeza de la maternidad, de erotismo desde el entorno femenino, de independencia, de enfermedades venéreas, de la separación y la pérdida del hijo.
Y lo hace a la manera irlandesa que nos enseñó James Joyce: haciéndonos a nosotros pensar y reconocer qué pasa y dónde estamos y cómo se siente la protagonista. Algo que no ocurría en esas primeras; ahora no solo el contenido, también la escritura es de vanguardia.
Y sigan, prosigan su evolución, porque la última de sus novelas publicadas corresponde al año 2019. En Las sillitas rojas se traslada a Sarajevo donde en 2012 se colocaron en fila en la calle principal tantas sillas rojas como habitantes asesinados durante el asedio serbiobosnio sucedido veinte años atrás, y hasta ella, siempre desde el punto de vista de la mujer y salvo excepciones como esta y como La chica –donde viaja a Nigeria–, tiene a Irlanda como protagonista más que como trasfondo. En ella discurre una evolución novelística envidiable: «Irlanda siempre ha sido mujer, útero, cueva, vaca, Rosaleen, marrana, novia, ramera y, por supuesto, la demacrada diosa Hag of Beara», nos dirá en Madre Irlanda, uno de sus libros más autobiográficos.
Esa es la temática de sus libros, cada vez con un desarrollo diferente. En Agosto es un mes diabólico hay sentimiento de derrota, de pérdida, de culpabilidad; desde una narrativa muy actual, que contrasta sin embargo con la realidad socio-científica de los años sesenta, su protagonista se enfrenta a vivencias completamente vigentes. La estructura narrativa se ha modernizado a la manera de su fraterno Joyce. Algo tendrán que ver las islas en el crecimiento literario. Quizá el dublinés le permitió sentir abiertas las puertas hacia la experimentación y sobre todo a la osadía, y por ahí se lanzó O’Brien.
Qué bien retrata a esa mujer, Ellen, desde los escrúpulos y la culpa a la liberación sexual y sentimental. Que la maternidad, debemos recordarlo, solo ocupa una parte de nuestro tiempo, como bien reflexiona Ellen; que lo hace sobre eso y mucho más.