He leído y disfrutado mucho con La impostura, de Zadie Smith, publicada por Salamandra. Son casi quinientas páginas de excelente novela histórica dedicada a revivir una de las mejores épocas de la literatura universal; el tiempo glorioso del siglo XIX en las letras del Reino Unido, los años en los que nace y se desarrolla la novela victoriana, la Inglaterra de Dickens. Es una obra escrita ahora, en el XXI, pero que arranca con la descripción de un nuevo “chico mugriento”, un nuevo Oliver Twist con “poco más de catorce años”, “piernas flacas y enclenques como las de una marioneta” y la cara sucia de hollín, que está “plantado en el umbral” de la casa en la que vive el novelista William Ainsworth. Resulta simbólico este primer personaje, este niño obrero harapiento de la revolución industrial. Aparece en la primera página y pierde luego protagonismo. Está ahí para introducirnos en una época que Zadie Smith admira profundamente -se percibe- y que conoce muy bien.
Impresiona la trayectoria literaria de la autora. Es miembro de la Royal Society of Literature y la American Academy of Arts and Letters. Nacida en Londres en 1975, hija de una modelo brasileña y un fotógrafo inglés, estudió en colegios públicos hasta que llegó al King's College de Cambridge, se matriculó en Literatura Inglesa y empezó a destacar por sus excelentes resultados académicos, sobresalientes, y porque sus primeros relatos breves, publicados en una revista de estudiantes, llamaron inmediatamente la atención de un editor. Poco después salieron a subasta los derechos para publicar la que sería su primera novela, Dientes blancos.
Hasta entonces sólo se conocían manuscritos parciales de la misma. Smith la terminó durante su último año de carrera y fue publicada en 2000, cuando ella tenía 25 años, convirtiéndose inmediatamente en superventas y cosechando un gran éxito internacional, excelentes críticas y numerosos premios. Después, además de relatos y ensayos, ha escrito también las novelas El cazador de autógrafos, Sobre la belleza, NW London y Tiempos de Swing. Desde 2010 es profesora de la Facultad de Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York.
La impostura (el fraude, The Fraud en inglés) se centra en el desarrollo del juicio del caso Tichborne, un caso real que se prolongó durante varios años, dividió a la opinión pública y entretuvo febrilmente a la sociedad. Por ejemplo, durante un receso estival, la suspensión de las sesiones provocó algo parecido a un síndrome de abstinencia en las masas, como se afirmaba irónicamente en un artículo de prensa: “Las ancianas ya no pueden perderse en los frescos pastos de los buenos libros y suspiran añorantes por el interrogatorio a los testigos. Las jóvenes han dejado de leer novelas (…) Nosotros sólo estamos expresando el sentimiento de miles de personas cuando gritamos: «¡Nos falta el folletín del verano! ¡Queremos más del caso Tichborne, queremos más!»”.
El asuntó catalizó los profundos cambios sociales que empezaban a gestarse, sirvió de espita para el debate público y a Zadie Smith le ha servido para vertebrar en torno a él esta novela. Los derechos universales del hombre, las condiciones de la clase obrera, los privilegios de la nobleza, la explotación colonial, el derecho al voto, la incipiente lucha feminista o la abolición de la esclavitud estaban en el fondo de estos debates. Los periódicos y folletines de la época, con ilustraciones a cargo de caricaturistas como George Cruikshank, a duras penas lograban saciar la curiosidad popular.
Los diarios informaban sobre las nuevas revelaciones y transcribían íntegros las declaraciones de los numerosos testigos, que tenían lugar en sesiones abiertas y abarrotadas de público. Se pretendía aclarar la presunta suplantación de identidad cometida por un hombre australiano, llamado Arthur Orton, que afirmaba ser sir Roger Tichborne, heredero de una importante fortuna algodonera y dado por muerto después de que se perdiera su rastro durante un viaje en barco de Southampton a Río de Janeiro, unos quince años antes. Fue un juicio mediático y con ingredientes muy variados, al que pocos se pudieron resistir.
También sucumbió a la intriga judicial Eliza Touchet, protagonista de la novela. Era una mujer interesada por todos los temas de su época y con inquietudes artísticas, prima de William Ainsworth, con quien vivía como ama de llaves, y con cuya familia mantenía una relación muy peculiar. Ellos son de esos personajes célebres que Zadie Smith rescata de la memoria de la época. William Ainsworth fue un prolífico novelista que había alcanzado cierto éxito con su primera obra, Rookwood, publicada en 1834. Coetáneo y “rival” de Dickens, los círculos literarios en los que se movían él y Eliza eran también frecuentados por algunas de las más brillantes personalidades de la época. En el libro se recrean estas reuniones, “– Bienvenidos, bienvenidos, ¿cuánto nos alegra que estéis aquí, jóvenes leones de la literatura!” y es una maravilla sentirse rodeada por todos ellos.
Es muy destacable el inmenso esfuerzo de documentación realizado por la autora, que salpica la trama con múltiples referencias a sucesos acaecidos durante esos años y convierte en personajes de su novela a algunas figuras destacadas del siglo XIX inglés. Incluye artículos, refiere hechos históricos, consigue deslumbrar con las detalladas descripciones de las bulliciosas calles de Londres y el ambiente de trasiego incesante en la metrópoli. El excelente trabajo de documentación y el depurado estilo narrativo son los dos ejes sobre los que se cimenta esta gran novela histórica que nos sumerge en una época que resulta atractiva como pocas.