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Novela

Ray Loriga: TIM

lunes 28 de julio de 2025, 12:41h
Ray Loriga: TIM

Alfaguara. Barcelona, 2025. 136 páginas. 18, 90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Matías Jaque Hidalgo

Al despertar Ray Loriga una mañana, tras una extensa y prolífica carrera como novelista, encontrose en una cama convertido en un… no está nada claro, la verdad. De hecho, TIM, curiosa nouvelle de uno de los autores imprescindibles de la narrativa española contemporánea, dedica sus poco más de cien páginas a explorar la lucha de un individuo que, en esa frontera ontológica siempre insólita que es el despertar, intenta recuperar su identidad a través de un enjambre de recuerdos, ficciones y proyectos entre los que, como en el John Malkovich de Spike Jonze, pulula un multiforme, ubicuo y a ratos insufrible sujeto llamado Tim. Su mejor amigo, su peor enemigo, él mismo.

No resulta fácil clasificar este texto: arriesgada novela breve, o acaso poema en prosa un poco largo y al fin prosaico. Por cierto, si bien las categorías genéricas mismas son irrelevantes y a nadie, en buenas cuentas, parecen quitarle el sueño, no lo es el hecho mismo de la indeterminación, como si la propia dificultad de saber qué estamos leyendo sirviera de reflejo formal de la experiencia psicótica que se nos narra.

Un hombre despierta en una cama. No sabe qué hora es, dónde está ni cómo ha llegado allí. Imagina, solo para proporcionarse un poco de consuelo, que ocupa la habitación de un hotel de lujo de cuyas espléndidas y fellinianas fiestas ha salido sin duda escupido hasta su situación actual. Cree haber perdido algo, algo muy valioso que, si consiguiera reunir las fuerzas suficientes para salir de la cama, pondría todo su empeño en recuperar.

A ratos, a juzgar por los retazos visibles desde su rigurosa horizontalidad, se decanta en cambio por la hipótesis de la prisión, desconociendo, de nuevo con ecos kafkianos, cuál es la fechoría cometida o la injusticia que le ha dado alcance. Como en ese texto terrible que es En la colonia penitenciaria, de Kafka, el propio método de castigo es el medio por el cual el acusado, ya demasiado tarde como para alegar misericordia, comprenderá su falta (valga la polisemia del sustantivo, por cierto).

TIM es un pivote entre la deconstrucción de la identidad personal que ha obsesionado a la literatura europea desde fines del siglo XIX y las pesadillas tecnológicas que, ya entrado el XXI, parecen llevar a la práctica versiones apenas vislumbradas de esa obsesión. Desde ese “Yo soy otro” de Rimbaud, pasando por los heterónimos de Pessoa y la muerte del autor de Barthes, hasta los experimentos poéticos de José Pazó (TIM me recuerda algo a su último libro, Deliria), encontramos la inquietud de si, bajo la red de lenguaje en que toma forma todo lo que somos y a lo que aspiramos, existe realmente un Sujeto, un centro identitario fiable, sólido. La respuesta suele ser un melancólico no, como si nuestras producciones textuales, lejos de estar al servicio de nuestra subjetividad, fueran el dispositivo anónimo que la crea, como un producto efímero, o un daño colateral.

¿Qué nos hace humanos? Si la idea de humanidad es uno más de los experimentos llevados a cabo por los seres humanos, poco importa la respuesta. TIM, con todo, es también una apuesta valiosa en esa noble tradición: “…sólo una profunda vergüenza ante el mero hecho de existir nos llevaría a cruzar el umbral de los verdaderamente humano”, concluye. La vergüenza es la constatación de que no se es otro, y de que se debería ser otro. Es quizás lo que nos mueve a hablar, para justificarnos y salir, finalmente, de nosotros mismos, alejándonos de ese centro primigenio que no era, en buenas cuentas, más que un deseo negativo.

Quizás todo esto suene demasiado abstracto como para hacer justicia a la experiencia de lectura a la que nos invita Ray Loriga. Pero creo que las inquietudes que subyacen bajo esa prosa rítmica, a ratos poética y a ratos (a veces los mismos ratos) desternillante, son genuinamente profundas o, acaso valga decir, aspiran a rascar bajo la superficie denunciando la omnipresencia de la forma. Si Kafka imaginaba al individuo, tras el sueño intranquilo de la Modernidad, convertido en un molesto insecto, Loriga lo imagina, tras el sueño eufórico de la Posmodernidad, como una compulsiva máquina lingüística creadora de ficciones, con la frágil esperanza de que alguna lo exima del destino de la desaparición.

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