Seis toros de Ana Romero impusieron su ritmo toda la tarde. Seis animales, de buenas hechuras, armados, pero sin exageraciones, tenían fuerza, velocidad y ritmo. Imponían su ímpetu a las faenas, a veces cuando los diestros remataban un muletazo, el toro ya se había vuelto y lo tenían debajo del brazo. Los tercios de varas adquirieron de nuevo su importancia. Hubo un momento de peligro cuando Caco Ramos se cayó lidiando y lo salvó Víctor Martínez quien siguió adelante con las banderillas. Iván García y Rubén Sánchez se destacaron con el capote y con los rehiletes.
Morenito de Aranda abrió plaza con Madroñero (1º 1/21). El animal impuso los terrenos, acercándose a las tablas, mientras que Morenito dio a la faena un vertiginoso ritmo. Pasadas las primeras tandas, torero y toro llegaron a un consenso en el medio del ruedo y la faena cuajó. Estuvo a punto de cortar un trofeo, si no hubiera sido por un pinchazo. Baratijo (4º 12/21) fue ovacionado al pisar el ruedo. Recibió dos varas, pero sus fuerzas no menguaron. Morenito comenzó acoplándose al toro y acabó mandando: de los redondos pasó al natural y dejó una espada entera, atravesada. Un trofeo.
Damián Castaño ha citado a sus dos contrarios con verónicas de trazo superior: surgían desde el albero y acababan en las yemas de los dedos. Tudanco (2º 1/21), un animal de embestida bronca al principio, acudía de lejos al leve toque de la muleta. El diestro le amoldaba para las tandas que iban a más. Con Marejada (5º 1/21) Damián Castaño apostó todo al natural: las tandas en los medios con ligazón y cambios de manos oportunos. Un remate por giraldillos y una gran ovación. No hubo una rubrica contundente con la espada.
A José Fernando Molina le costó adaptarse al Barrenero (3º 3/21), un animal “pegajoso”, que si empezaba embestir no quería parar. Además, iba culebreando, buscando qué hay detrás del engaño. Cuando las tandas al natural adquirieron más temple, la faena tuvo profundidad y aplomo. El estoque al segundo intento. Claraboya (6º 12/20), un toro mirón, observaba todo antes de lazarse a por los capotes. Cada embestida se la pensaba dos veces. Molina trataba dar los argumentos de peso para persuadirlo a arremeter. Poco a poco, con paciencia y colocación, el diestro hizo una faena por ambas manos, arrancando uno por uno pases al natural. Una estocada entera. Un trofeo.