Los toros de Yerbabuena, tres jaboneros y tres de pelaje negro, estuvieron bien hechos, de armónicas hechuras y bajos de agujas. Algunas varas resultaron demasiado fuertes para la justa fuerza de los animales, exceptuando la ejecución de Jacobo Álvarez. La cuadrilla compuesta por Roberto Martín Jarocho, Rubén Blazquez y Víctor Hugo se destacaron con la lidia al tercero de la tarde ahorrando al máximo los capotazos. Juan Carlos Rey nos recordó qué es la vergüenza torera: al poner un buen par de rehiletes, se cayó y se quedó a merced del animal que le zarandeó; nada más levantarse cogió las banderillas y puso otro par. El estado del albero dejó mucho que desear y provocó otros peligrosos tropiezos.
Astillero (1º) tuvo una tendencia a clavar los pitones en el albero y se dio unas cuantas vueltas de campana. Curro Díaz lo mantuvo embistiendo, y pase a pase compuso una faena. Mató bien y cortó un trofeo. Con Encubridor (4º), un burel con más fuerza y carácter, la obra del diestro tuvo el son distinto: toreando en los medios dejó unas tantas, llevando la muleta planchada en la cara del toro. Unos molinetes, y de cierre un gesto dejando la muleta y el estoque en la arena. Unos pinchazos le dejaron sin premio.
David Galván ejecutó la estocada a Volteriano (2º), en corto y por derecho, que por sí misma valió una oreja. Aunque parezca la forma más clásica de realizar esta suerte, normalmente, su ejecución está plagada de tantos vicios y de “tranquillos” que se agradece la “ortodoxia” eficaz y bella. Solera (5º) tuvo buena embestida, pero nada más lejos de pastueño: había que persuadirle con el dominio y estar sumamente atento. Una vez el torero pisó el albero con su aplomo, el toro quedó embarcado en una tanda de derechazos en el centro de la plaza. Un cambio de mano y presenciamos las series de naturales rematados con pases de pecho hasta la penca del rabo. Unos adornos, oportunos y con el estilo propio: pases de rodilla en tierra, abaniqueo y la estocada eficaz y de efecto fulminante. Dos orejas.
Jarocho demostró con creces que sabe estar en la cara del toro y lo hace con confianza y suavidad. Abordó a Fantasmón (3º), justo de fuerzas, sin estridencias, ni tirones. Puesta la muleta en su cara, Jarocho lograba, pase a pase, componer una faena. La decisión de la presidencia le dejó sin trofeo. Enfurecido (6º) no fue un toro fácil: acababa las embestidas con un cabezazo o quitando al diestro el sitio. Jarocho lo lidió con mucho tacto, buscando el lugar adecuado para provocar las embestidas. El estoque dejó la buena obra sin premio.