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LIBROS

Reseña de Dice la sangre, de Rubén Abella

José Manuel López Marañón
lunes 01 de septiembre de 2025, 08:49h

Nada mejor para nuestra rentrée literaria que reseñar Dice la sangre, última novela de Rubén Abella. Con el aliciente de haber ganado el XXII Premio de la Crítica de Castilla y León, es esta una magnífica ocasión tanto para iniciarse en la obra del autor vallisoletano (ha sido mi caso) como para que, quienes apuestan por él desde 2002 (año de su opera prima, La sombra del escapista, Premio Torrente Ballester), revaliden aquel acierto.

Con prólogo y epílogo, Dice la sangre viene dividida en tres partes –«Pleamar», «Ruinas» y «Dos almas»– que suman hasta treinta y cuatro testimonios (una casi absoluta mayoría ofrecida por escrito); testimonios recibidos, acumulados y publicados, en apariencia sin cambiar nada, por alguien, hombre o mujer, cuya identidad no se desvela hasta el párrafo final.

Veintiún voces en primera persona (el primogénito Ariel con siete intervenciones –más prólogo y epílogo, también a su cargo– junto a su hermana Tesa, que narra en tres ocasiones, se convierten en los personajes de mayor presencia) forman un collage enlazado en torno a una familia española de cinco miembros (padres, abuela e hijos) pertenecientes a la clase media. Vivencias suyas en el año 1985, principalmente durante su segunda mitad, quedan expuestas con interés progresivo.

En Dice la sangre el punto de vista del narrador omnisciente lo asume cada lector. En efecto, limitándose a su receptora labor, el informado informador va esparciendo sus bazas sobre nuestro escritorio. Y así, las más de tres decenas de crónicas, remitidas por sujetos de cualquier condición que habitan en Madrid o en ese pueblo llamado Tabira (muchos son madrileños que pasan allí periodos vacacionales), son servidas para que cada cual sepa, analizando y profundizando –según su inteligencia, asimilación y perspicacia–, de esta familia puesta a disposición para una auscultación global, sin precipitaciones.

A pesar de esta exposición dilatada no todo queda a simple vista. Volcado en su afán divulgativo el informador se encuentra con que muchas noticias que la propia familia da, y todavía más con las de quienes sobre ella escriben entregando, a calzón quitado, secretos poco favorecedores, estallan entre sus manos. Igual estupefacción es percibida por quienes las asumimos… «Lo familiar» se vuelve chocante y su cabal comprensión, en paralelo a la del informador (él nunca va por delante nuestro), solo consigue anudarse cuando la penetrante mirada del lector abarca el mosaico por fin completado.

A Pilar, joven madre abnegada, como consecuencia de un cáncer de páncreas con metástasis poco le resta de vida. Esta agonía vertebra Dice la sangre. Las reacciones del marido y padre, un Gonzalo casi siempre ausente, las de una voluntariosa anciana, Fuensanta, y los comportamientos de los hijos iluminan temperamentos escondidos. La introspección colectiva de veintiuna voces saca a flote escenas de hace cuarenta años: hechos aparentemente triviales de la vida familiar; la respiración doméstica en ambas casas (la de la cuidad y la del pueblo); los paisajes interiores de la gente acomodada, ese estado de frustración y permanente resentimiento en inadaptados y marginales.

Procedente de la burguesía madrileña, Ariel, hijo mayor de Pilar y Gonzalo, comparte con la rebeldía de la juventud un catálogo de tics y lugares comunes que se enriquece, logrando personalidad propia, ante la cruel enfermedad de la madre. Algo similar pasa con la hermana, cuyo extremo desarraigo y afición por las malas compañías conducen a su intento de violación (este suceso contado por Cuco, hijo malote del carnicero de Tabira, supone una demostración de poderío narrativo al alcance de pocos: son páginas tremendas, memorables desde su vibrante orquestación).

Ambos adolescentes sufren unos remordimientos que, más allá de desarreglos orgánicos, son consecuencia de la alteración de unos sistemas nerviosos forzados al paroxismo de la tensión. Sus almas parecen estar en otro lado, bien distantes de obligados horarios hogareños. Corresponden a las de rebeldes dominados por un orgullo extremo y despiadado (no injustificado, como va desvelándose) que busca su expansión en las calles, en compañía de amigos y de enemigos, en sucesos atrabiliarios, muchos violentos, que en ocasiones ponen en peligro su propia vida y la de los demás.

La familia tradicional es presentada en Dice la sangre como entorno propicio para criar sujetos descentrados y sin esperanza. Los hijos son las víctimas más visibles, pero la unión conyugal de Pilar y Gonzalo queda asimismo diseccionada de destemplado modo. Ella, llevada por las convenciones a casarse con un prometedor opositor a notarías, pronto descubre que plantar al novio que realmente quería, Salvador, fue un error. Él, resignado a vender zapatos en Galerías Preciados, obligado a pagar facturas para que nada falte en casa, es incapaz de mostrar un mínimo afecto hacia Pilar. Dueño de un secreto desvelado por el discapacitado Toñín dirigiéndose a una grabadora, Gonzalo termina convirtiéndose en el personaje con más siniestra atracción de esta gran y conmovedora novela de Rubén Abella.

Atendida por una enfermera, Estefanía, con la que tiene confianza, Pilar, llegado el momento de la verdad, toma conciencia de cómo la muerte, a la que tememos y de la que tanto huimos, interrumpe una vida por la que ya solo siente hartazgo: «Tanto vivir para nada». Este ocaso es el principio de la salvación de un Ariel obligado, para sobrevivir, a madurar a marchas forzadas:

« […] no encuentro las palabras para hacerte entender lo que sentí entonces. ¿Cómo explicar un desamparo tan hondo? La vida se me rompió en mil pedazos. Se me derrumbó como una casa sin vigas. En un chasquido de dedos perdió su consistencia, su estructura, sus límites. No sé decirlo de otro modo, perdona mi ineptitud».

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