Un 27 de septiembre de 1939, la víspera de la caída de Varsovia en manos de los alemanes después de un asedio terrible, el general Juliusz Rómmel (1881-1967) fundó el Servicio para la Victoria de Polonia, cuyas siglas en polaco eran SZP. Se trató del primer movimiento de resistencia en el país, que había sufrido la invasión alemana el 1 de septiembre de 1939 y la soviética el 17 del mismo mes. Después de casi un mes de combate frente a dos enemigos poderosísimos, la primera fase de la guerra tocaba a su fin. Con el SZP empezaría la segunda: la heroica resistencia polaca contra los dos ocupantes.
El comandante del SZP era el general Michał Karaszewicz-Tokarzewski (1893-1964) y el objetivo de la lucha era restaurar la república dentro de las fronteras de 1939, recomponer las fuerzas armadas y vertebrar un estado clandestino y paralelo a las autoridades de ocupación alemanas y soviéticas: el Estado Secreto Polaco. Sus primeras tareas fueron la recopilación de inteligencia, el sabotaje y el entrenamiento de aquellos que estaban en disposición de combatir. A comienzos de 1940, con esos efectivos, se formaría la Unión de la Lucha Armada, que después se convertiría en el Ejército del Interior, cuyos efectivos llegaron a ascender a medio millón de hombres y mujeres.
El Estado Secreto mantuvo un sistema educativo, tribunales de justicia y un aparato militar que aseguraba, por ejemplo, la ejecución de los traidores. Los invasores fueron hostigados constantemente. Los alemanes no lograron instalar un gobierno títere ni reclutar autoridades colaboracionistas como sucedió en otros países. Tuvieron que emplear la violencia, el soborno y la extorsión para encontrar confidentes. Los agentes de la Gestapo jamás se movieron en Polonia con la libertad que tenían en otros lugares. Tuvieron que recurrir a las represalias, como el encarcelamiento de civiles como rehenes o su asesinato, para tratar de evitar los ataques de la resistencia polaca. Gracias a ella, los aliados recibieron, a través del gobierno polaco en el exilio en Londres, información valiosísima sobre lo que sucedía en los territorios ocupados. Debido a su esfuerzo, por ejemplo, se localizó el emplazamiento de las bases de cohetes V-1 y V-2 en Peenemünde y Blizna. Las voladuras de trenes como las de la operación Wieniec obstaculizaron el envío de tropas alemanas y materiales a Stalingrado. La infiltración en las fábricas de armamento inutilizó armas, motores y piezas de aviones de combate destinados al frente. La resistencia polaca parecía estar en todas partes.
Cuenta Jan Karski (1914-2000), el enlace entre el gobierno en el exilio y la resistencia en el interior y uno de los héroes de mi vida, que lo reclutaron sin que él mismo lo supiese. Se lo reveló su amigo Dziepatowski en un solitario apartamento de Varsovia: «Jan, voy a contarte algo porque sé que eres un hombre de honor, valiente y patriota. Ahora eres miembro de la Resistencia. Yo te introduje y tú aceptaste nuestros documentos y asistencia. Sin embargo, la organización intenta jugar limpio: puedes elegir entre estar a su servicio o regresar a la vida normal [...] También debo decirte que si nos delatas o intentas traicionarnos de alguna manera puedes darte por muerto, ¿he sido claro?».
Karski se unió a los resistentes y se convirtió en testigo del horror y la grandeza de la lucha de un pueblo que no bajaba los brazos ante la ocupación ni el exterminio. Como le dijo Dziepatowski, «no todos los polacos se han resignado a su suerte». Karski contó la historia de esa lucha en su famoso libro «Historia de un Estado clandestino», que publicó en español Acantilado en 2011.
El pueblo polaco pagó un altísimo precio en resistentes muertos, torturados y deportados a campos de concentración y de exterminio. Al comandante Stefan Rowecki (1895-1944), por poner un caso, lo mataron dos agentes de la Gestapo en el campo de Sachsenhausen por orden directa de Himmler. A los que sobrevivieron a la guerra, les esperaba el terrible destino de la persecución comunista. El ejemplo es Witold Pilecki (1901-1948), que ingresó voluntario como preso en Auschwitz para organizar la resistencia dentro del campo y acabó asesinado por los comunistas después de sufrir la tortura y el juicio farsa en que lo acusaron de actividades anticomunistas. A Danuta Siedzikówna (1928-1946), enfermera y mensajera de los «soldados malditos», la ahorcaron los comunistas en Gdansk después de torturarla.
Fue ese Ejército del Interior el que lideró el Alzamiento de Varsovia de 1944 y el que mantuvo a raya durante dos meses a los alemanes mientras los soviéticos contemplaban la batalla al otro lado del Vístula. Al terminar la guerra, los comunistas emplearon todos los recursos de la propaganda, el adoctrinamiento y la censura para ensuciar el recuerdo de aquella resistencia patriótica que, entre 1939 y 1941, combatió en solitario contra dos ocupantes. Los acusaron de traidores, de colaboracionistas y de fascistas. los mataron, los encarcelaron y los torturaron.
Todo fue en vano.
Hace 86 años, en una Varsovia asediada y a punto de caer, se escribió una de las páginas más nobles y valientes de nuestro tiempo: la fundación del Servicio para la Victoria de Polonia. En su memoria, el Parlamento polaco declaró en 1998 que el 27 de septiembre sería el Día del Estado Polaco Clandestino.
Esta columna hoy honra su recuerdo.