Debuta Mercedes Duque Espiau en la novela con Animales pequeños. Escrita en primera persona por Margarita Rivera –Rita–, esta andaluza de veinticuatro años, licenciada en periodismo, se gana la vida sirviendo en Rick’s, restaurante/pub de Clapham, su barrio londinense, donde predominan las familias white middle class. Soltera y sin compromiso Rita comparte piso con su íntima amiga –Lis– que la ha acompañado a Londres para hacer un máster en relaciones internacionales. La hermana mayor de Rita –Eva– asentada allí hace años y con pareja estable trabaja como asistente de editora en la revista Euro Science.
Rita va por la vida con la pena echada por encima como una bata de andar por casa. Consumidora de cocaína y obligada a tomar pastillas para favorecer la fotosíntesis (llegar del sur español a Inglaterra conlleva que las células tengan hambre de luz y Rita no es precisamente dada a aprovechar el escaso sol de allí), está convencida de cómo «la hostelería es el lugar perfecto para quienes nos sentimos huérfanos y un poco desequilibrados». Delgadez («La delgadez no es cosa mía, llevo dentro una solitaria, un gusano intestinal de seis metros que engulle todo lo que le eche») y pesadillas recurrentes («Manos largas, huesudas, grises; dedos de muertos que me cogían de las muñecas y de los tobillos y tiraban de ellos hasta que me dislocaban») son otros atributos de una personalidad desubicada; y, la verdad sea dicha, poco envidiable.
La ligereza, tendencia dominante en el espíritu de nuestra época y que, como asegura el sociólogo francés Gilles Lipovetsky, abarca a casi todos los aspectos del mundo occidental, incide de lleno en las relaciones sexuales. Extendiendo sobre ellas un manto de provisionalidad, de frivolidad, de aparente liberación de ataduras, su esencial evanescencia ha logrado ya poner al sexo, siempre un muy atractivo ideal para tanta gente, al alcance de la mano.
En realidad, lo ligero es un imperativo que a la larga debilita. La sexualidad de Rita se muestra en Animales pequeños como escapatoria principal para sobrellevar una existencia tan acongojada. Pero, aun reconociendo cómo «el sexo me lleva a entrar en algún tipo de trance, como si fuera una de esas místicas que se retuercen con la fantasía de un amor pleno» (ese alarido animal que hace temblar la selva, como dijo Octavio Paz), ella misma acaba por confesar que «frío y sexo no solo se asemejan, sino que en el fondo son idénticos. Ambos están hechos con las mismas sustancias feroces».
El sexo del mundo animal para Rita «siempre será una cuestión reproductiva, un hecho sin excusas y sin errores. Algo tan básico como el instinto de preservar la especie». Quizá debido a ese acoplamiento mecánico, contrapunto de unos violentos encuentros esporádicos –los suyos– de los que sale asqueada, encuentre ella algo de paz cuando colorea álbumes de animales: ciervos, conejos, peces, gatos, cobayas, y sobre todo vacas, sus favoritas. Durante su viaje en avión a Londres, Rita y Lis, sedadas y con cava, comenzaron a colorear a una madre mapache lamiendo el pecho de su cría. Pero tiempo después, al toparse con el dibujo acabado, a Rita le parecerá una carnicería…
Tanto Rita como Lis (ella ha escapado de un hogar con padre cruel y madre alcoholizada, con los que hacía de abogada conciliadora y enfermera, para convertirse en una insomne adicta a las benzodiazepinas) son paradigma de esta juventud urbana (en su caso añadiendo la cuota de extrañamiento que conlleva residir fuera de tu país); una juventud atrapada en un presente viscoso, de futuro siempre postergado y en constante desequilibrio emocional. Contada desde un estilo de frases cortas, nerviosas, en capítulos no extensos, Animales pequeños en su forma tiene la sinceridad brutal de un diario íntimo expuesto sin cortapisas –como si nadie fuera a leerlo: para exclusivo uso del redactor.
La amistad de Rita con Lis es una de esas amistades extrañas: la de quienes, superada la fase de compartir todo, parece quieran matarse una a otra. Ambas pasan así la vida, sin que a pesar de ello separarse sea posible. Incomunicación e interdependencia definen a estas paradójicas siamesas.
A su hermana Eva, integrada serenamente en la sociedad, una despechada Rita le suelta: «Tú y yo, Eva, no tenemos memoria conjunta. Cada una creció con sus propios recuerdos». Milagrosamente embarazada de su novio, prácticamente estéril, Eva vive en una casa remodelada en Pimlico (exclusiva zona residencial del centro de Londres) y con Rita juega tres papeles: el de hermana amiga, el de hermana madre y el de hermana, a secas. Rita es el caos; Eva la triunfadora de la familia. Que vaya a ser madre provoca en la hermana pequeña su enésimo enfado: está segura de que solo Eva se ocupará del bebe, de que Andy seguirá quedando con sus amigos como si tal cosa.
Gracias a la detención policial del polaco Marek Sikora, el camarero que repartía las propinas con Rita, pasaba cocaína (su compañera española recibía de él bolsitas con droga) y obtenía un sobresueldo estafando a la dueña del restaurante, descubre Rita que vagar por la vida como un animal callejero, dando lástima, cansa; y que desear días normales, optimistas y aburridos, ser un buen padre, besar a la mujer y espantar sufrimientos puede ser una salida…
Cierro esta reseña de Animales pequeños, desapacible opera prima de Mercedes Duque Espiau que se lee del tirón y sin un solo instante de sosiego, con unas palabras, creo, pintiparadas para Margarita. Son de Flaubert: «Bajo mi envoltura de juventud yacía una vejez singular. ¿Qué es lo que me hizo tan viejo nada más dejar la cuna, y tan asqueado de la felicidad incluso antes de haberla probado? Todo lo que pertenecía a la vida me repugnaba, todo lo que me arrastraba hacia ella y me sumergía en ella me espantaba. Querría no haber nacido nunca, o morir».