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Novela

Sara Mesa: Oposición

domingo 05 de octubre de 2025, 23:16h
Sara Mesa: Oposición

Anagrama. Barcelona, 2025. 225 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 10,99 €. La escritora madrileña, a través de una protagonista que prepara unas oposiciones, indaga los dispositivos con que se ejercitan el poder y la opresión

Por Matías Jaque Hidalgo

Para la amplia mayoría de los hablantes de español, el sustantivo oposición quiere decir, según es de esperar, ‘acción de oponerse’. Sin embargo, para un número nada despreciable de personas, en especial si están sumidas en la sisífica lectura del BOE y el subrayado de infumables manuales sobre el funcionamiento de la administración, el término alude, más bien, a la prueba para acceder al funcionariado. Posiblemente sea este segundo sentido el que venga a la mente de los lectores (especialmente españoles) al ver la portada de la última novela de Sara Mesa, aunque no me parece del todo simplista decir que esta obra pretende, justamente, recobrar el significado llano, original, del término, liberarlo de cierto secuestro semántico en el que nuestras justificadas ansias de estabilidad laboral lo mantenían confinado. Oposición, otra vez, como el soberano acto de oponerse.

La historia de Oposición parte de una premisa simple: una mujer joven, Sara, ingresa a trabajar como sustituta en una oficina de la administración pública. Nunca nos quedará del todo clara cuál es la función de dicha oficina, como tampoco entenderá la propia Sara qué trabajo debe desempeñar en la discreta mesa que la acoge en mitad de un pasillo anodino. En verdad, la mayoría del tiempo Sara no tiene que hacer absolutamente nada. Como una Bartleby posmoderna, preferiría hacer, de hecho, algo productivo con su tiempo, pero debe acatar la inutilidad.

Una serie de personajes, cada uno a su modo, intenta guiarla por los círculos de ese apacible infierno burocrático. Entre ellos, las dos chicas con las que llegará a entablar una relación de amistad encarnarán también dos formas de responder a la opresión laboral: la convicción y el cinismo. Ambas se revelan como dos caras de una misma enajenación.

Por un lado, la veterana Beni, cándida y bienintencionada, ha llegado a asimilar los mecanismos del sistema entre sus creencias y valores más íntimos. A través de una narrativa cargada de ñoñería y meritocracia, anima a Sara a opositar, esforzarse y alcanzar la meta de, por fin, ser funcionaria. Por otro, Sabina, compañera de generación de Sara, adopta una actitud cínica y distanciada, satisfecha y pragmática: “Solo por la pasta, decía, ya merece la pena, ese sí es un buen estímulo. En su opinión, el trabajo asalariado, al no ser libre ni emancipador, solo puede entenderse como la venta del propio tiempo; si el empleador no tiene escrúpulos en comprarlo, no los va a tener el empleado en cobrarlo, ¿no?”.

El conflicto del poder se revelará igualmente (y como no es extraño en las obras de Mesa) a través del propio lenguaje. Oposición es una crítica a la burocracia que es también una crítica a la enajenación lingüística. Como denunciaba George Orwell en su clásico ensayo La política y el idioma inglés, el acorazamiento de la administración, que intimida a los no iniciados y excluye a aquellos que en principio deberían ser sus beneficiarios (los ciudadanos), se vale de la proliferación de una jerga técnica que asfixia el uso llano de la lengua. El Monago, otro veterano de la administración, instruirá a Sara en los arcanos de la neolengua castiza: “Los sufijos valían para dar lustre y por eso se inventaban términos como asistenciación o exclusionamiento. Las palabras esdrújulas eran muy apreciadas, todos los diagnósticos, estándares y parámetros eran bienvenidos […]. Una vez aprendidos los ingredientes, dijo, solo se trata de remover y combinar. Vaticinó que yo aprendería fácil. Aprendí fácil.”

Frente a esta violencia verbal, que exuda siglas, acrónimos y sufijos redundantes, Sara busca refugio en la poesía, que es, en cierto modo, el opuesto del lenguaje burocratizado. Si este nos usurpa la potestad de usar creativa y libremente nuestro idioma, la poesía nace de poner en máxima tensión las posibilidades del lenguaje. Curiosamente, se trata de una afición compartida con Beni, la burócrata integrada; solo que ella sabe separar las aguas, y entiende la poesía como parte de aquellos pasatiempos a los que podemos dedicar nuestro tiempo libre una vez resuelto el problema de sacarse una plaza.

Sara, en cambio, no puede evitar romper diques y mezclar mundos: su uso “creativo” (e hilarante) de los formularios y las reclamaciones, nacido en parte del aburrimiento, será lo que haga implosionar, finalmente, su frágil vínculo con la carrera administrativa.

En términos generales, nuestra novela se presta para dos interpretaciones que convendría, a mi juicio, descartar. Oposición no es, como acaso quiera pensar el lector liberal-conservador, una crítica de la ineficiencia del sector público, con sus laberínticos, y en suma inútiles, trámites que solo sirven para oprimir el supuesto espíritu emprendedor de los ciudadanos. Más que la versión novelada de, digamos, Camino de servidumbre de Hayek, habría que situar su inspiración en Trabajos de mierda (2018), del antropólogo David Graeber.

Para Graeber, se cumple de modo transversal, tanto en el sector público como en el privado, una proliferación de trabajos carentes de sentido, innecesarios, superfluos, que el propio trabajador, sumido en una vergüenza inconfesable, es incapaz de justificar. Y la izquierda (en esto coinciden Graeber y Mesa) debería atreverse a criticar la burocracia sin el complejo de favorecer con ello visiones propias de (o apropiadas por) la intelligentsia neoliberal.

Pero Oposición tampoco es, como quizás esté tentado de asumir un lector de inclinaciones humanistas, una metáfora de la ‒así en general‒ condición humana, en la que los odios, rencillas y traiciones que afloran en esa anónima oficina de la administración pretendan ofrecer un fresco a escala novelística de nuestra vil y entrañable naturaleza. No va por ahí.

Yo abogaría, en cambio, por una lectura, si no literal, al menos decididamente materialista. Los entornos sociales altamente jerarquizados (una administración pública, una corporación privada, la infancia en un colegio segregado) favorecen las condiciones perfectas para doblegar al individuo y humillar, de forma a veces sutil, soterrada, pero constante, su psicología y su moral.

La nueva novela de Sara Mesa se suma, así, a un proyecto, intenso y fructífero, de indagación y crítica de los dispositivos con que se ejercitan el poder y la opresión. En lugar de adoptar, sin embargo, la perspectiva quizás más lúgubre de sus obras previas, el tono dominante es aquí ligero, cómico incluso. No nos lleva a la perversidad extrema, casi pornográfica, de Cuatro por cuatro, ni explora con frialdad quirúrgica, como en Un amor, los límites de la humillación. Es una narración más fresca, kafkiana sin rendirse a la fatalidad de una angustia metafísica, que se permite devolver a sus personajes cierta agencia redentora, desfachatada, libre. Tomamos nota.

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