El escritor norteamericano James Salter (1925-2015) solía aconsejar “no guardar nada”, en relación con los apuntes que descartaba en sus relatos, con el fin de no reservar nada para futuras obras ni almacenar cosas inútiles. Sin embargo, conservaba celosamente todas sus notas en las que se reunían todo tipo de informaciones acopiadas con disciplina militar y repletas de datos precisos. Con cierta ironía, esta reciente compilación de textos de no ficción lleva el título de No guardar nada y el subtítulo Las pasiones literarias y vitales de James Salter.
Se trata de un misceláneo repertorio de breves textos sobre temas muy variopintos que fueron publicados entre 1974 y 2005 en distintos medios en los que colaboró, como The New York Times, The Paris Review, The New Yorker o People. La antología de textos no se presenta de manera cronológica, sino en bloques temáticos: “Por qué escribo”, “Sobre otros escritores”, “West Point y más allá”, “Hombres y mujeres”, “Al filo”, “Contra las cuerdas”, “La vida”, “Francia”, “Aspen” y “La escritura que está por venir”. La configuración de estos apartados es algo arbitraria, pero esto no impide disfrutar de la prosa de James Salter.
James Salter tiene un estilo directo, pulcro, limpio y honesto. Tiene un tono viril, que recuerda algo a Ernest Hemingway. Salter domina el oficio de la escritura y es un maestro de la crónica, un género en el que además de contar bien las cosas hay que saber qué contar. La selección de la información y el orden en la presentación de los datos es fundamental. Salter sabe siempre de lo que habla. Y habla de todo: literatura, el ejército, el alpinismo, la vida… Y sobre mucha gente: Joseph Conrad, Isaak Bábel, Graham Greene, Nabokov, Eisenhower, Bill Clinton, Robert Redford…
Y sobre varios lugares, sobre todo de West Point, Aspen, los Alpes y París. Estos temas, personalidades y sitios reflejan bien el carácter de James Salter, militar formado en West Point que fue piloto de caza en la Guerra de Corea y que dejó el ejército por la literatura. Trabajó algo como guionista de cine, pero sus éxitos llegaron con sus novelas y con sus reportajes. Era uno de esos norteamericanos viajados y cosmopolitas. Más bien un hombre de acción y de principios que un activista; liberal en su pensamiento; deportista, amante de la montaña, del esquí y de la escalada.
Si hubiera que elegir uno de los textos de esta antología para definir a James Salter, me quedo con el que cierra el libro, titulado “El valor de las palabras”, que es una charla pronunciada por el escritor el 25 de octubre de 1995 en el Woodrow Wilson Center. Sin miramientos, consideraba el panorama literario paupérrimo. “Ya no esperamos de las palabras que sean minuciosas, bellas, resueltas, cuidadas, verdaderas… Estamos perdiendo la inclinación a leer con detenimiento y a escuchar con espíritu crítico”, se lamentaba Salter.
Y en gran parte, esto era debido a que hemos acabado usando un discurso cívico insulso, evasivo y vacío, así como el abandono de la literatura, producido desde las propias universidades, con profesores más preocupados por desenmascarar las obras que componen el canon en lugar de enseñar a admirarlas. Salter es un admirador de los clásicos modernos, un alpinista de la prosa, un escritor de otros tiempos, indiferente al discurso woke y sin monsergas.
No seré yo quien diga que los estudios sobre el travestismo, la iconografía de Jackie Kennedy o de Madonna, y la dimensión imperialista de la obra de Walt Disney no tienen interés, pero sí coincido con James Salter en que es importante que se lea a Shakespeare. El canon no deja de ser una lista de lecturas recomendadas en nuestras cortas vidas como lectores, y no veo en los clásicos un obstáculo, sino una guía.