Las 24 mil almas en Las Ventas y otros cuantos millones se quedaron pasmados ayer, 12 de octubre, viendo como Morante de la Puebla se cortaba la coleta. Él solo. Día histórico. Ni el propio diestro sabía que lo iba a hacer. Quedó superado por la circunstancia, por la gran petición de las dos orejas concedidas. Morante con su gesto inesperado, dejó apartadas las ridiculeces y nimiedades, las desterró del coso venteño, aunque fuera sólo por unos minutos. Esas serán inolvidables.
Pasado el momento, enseguida se oyó un runrún de los sabios, de los psicoanalistas del toreo diciendo “ya lo sabía yo…” y “ya lo intuía yo…”, poco después levantaron la voz los moralistas de la tauromaquia diciendo que no fue oportuno, porque así empañó la retirada de su colega, gran Fernando Robleño, y, además, añadieron que ha provocado una imprudente acumulación de las masas en el ruedo poniendo en peligro la seguridad pública. Esperpéntico.
Los toros de Garcigrande tenían edades “fluctuantes”, los habrán juntado por las hechuras, para que se ajusten a las exigencias de Madrid. El denominador común de su comportamiento fue la mansedumbre, excepto los dos últimos. No olvidemos que este rasgo marcó también a los novillos elegidos para el festival matinal.
La primera faena de Morante fue breve: Postinero (2º11/19), una guapeza de 615 kilos, pero reticente a embestir con franqueza. Morante trató de abordarlo por las buenas, pero se notaba su desanimo. Unos cuantos pinchazos desataron una tormenta de protestas. Cuando Tripulante (4º1/21) saltó al ruedo, el ánimo de todos estaba por los suelos: era más reservón y más peligroso que el anterior. Nadie hubiera apostado que la faena durara más de un minuto… y aquí vino una fea voltereta que dejó al torero postrado en el albero sin moverse. Infinitos instantes de incertidumbre, ¿se repondrá o no se repondrá?, hundieron el ánimo de los “morantistas”. Don José Antonio salió por flexionados, armó un lío con la primera tanda y se arrimó en la segunda, cuando el toro en una tarascada le desarmó y persiguió. Silencio y el clamor de los olés. Las tandas breves y de “arrimo”, el peligro de “cruzarse” en la cara del toro, unos pocos adornos que son la marca de la casa. En fin, una faena sutil, hechicera y arrebatadora por la emoción. Inexplicable.Ganó al público. La espada entró entera y aquello fue inenarrable: la presidencia resistió poco a la presión. Hasta los acérrimos “antimorantistas” no pudieron resistir. Dos orejas y la puerta grande de Madrid se abrió de nuevo.
Un hombre que ha hecho de los “Escolares” su ganadería preferida sólo puede ser un gran hombre y gran torero. Adolfo Martín, Cuadri, Saltillo, Murteira Grave… todas las “delicias” del campo bravo apechugó Robleño en Las Ventas y fuera de él. Y la única tarde que a Fernando Robleño le dejan torear a los de Garcigrande esos se comportan como unas “alimañas”. Chaparrito II (3º10/20), aquerenciado en los chiqueros y, luego, un toro reservón, incierto, de peligro sordo. Robleño apechugó sus tarascadas y logró una faena. Tropical (5º10/20) fue mejor, por lo menos, más bravo y con menor maldad. Se entregó a la muleta de Robleño, quien se esmeró para componer su última faena antes de la retirada. Fue una obra redonda, sin embargo, la espada dejó el premio en un trofeo.
Sergio Rodríguez no estuvo a la altura de las circunstancias ni de sus contrarios. Hizo dos faenas aparentemente buenas tanto a Saleroso (1º11/20) como a Milanés (6º1/21), un toro que se empleó en el caballo, pero perdía pasos, se descolocaba en la cara de toro y así, echo a perder una oportunidad de demostrar que estaba a la altura de tal confirmación.