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ENTREVISTA

Mercedes Duque Espiau: "Mi historia defiende el derecho a la imperfección; al fallo, al error, a la duda"

Mercedes Duque Espiau: 'Mi historia defiende el derecho a la imperfección; al fallo, al error, a la duda'
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José Manuel López Marañón
miércoles 15 de octubre de 2025, 09:58h
Con anterioridad a Animales pequeños, cuya reseña apareció hace quince días en EL IMPARCIAL, Mercedes Duque Espiau ha publicado el libro de relatos Los días breves con el que ganó, en 2023, el III Premio Internacional de Cuento Juan Ruíz Torres. Esta sevillana de 1996 es licenciada en Antropología y Sociología por la Goldsmiths University de Londres y docente.

Rita, la protagonista de su novela, practica el sexo de forma esporádica y sin tomar precauciones. Más que la cocaína, a la que recurre de vez en cuando, las relaciones íntimas casuales son su vía de escape para una vida monótona existencialmente desorientada y atravesada por una congoja casi paralizante.

El miedo a verse afectada por una enfermedad venérea es tan grande como el de quedarse embarazada. Tras el intenso pero breve placer, una sostenida sensación de culpabilidad embarga a Rita. Llegado el momento, irá a una clínica para que le hagan una analítica sobre infecciones de transmisión sexual.

Como en la película francesa Cleo de 5 a 7 (AgnèsVarda, 1962) el resultado de un examen médico pivota sobre la cotidianeidad de la protagonista cercándole, en este caso,con unas dudas que no se despejarán hasta el final, cuando reciba los análisis ITS.

Animales pequeños no suaviza los riesgos de tomarse el sexo tan a la ligera…¿Le preocupa que algún moralista interprete su novela como un severo toque de atención, sobre todo para los jóvenes, a la hora de encarar algo tan importante para ellos como es el sexo?

Una vez escrita y publicada una novela, llega a manos de las lectoras y una pierde la capacidad de saber, mucho menos controlar, qué efecto tiene en sus cabezas o en sus cuerpos, qué sacan finalmente de la historia. Que Animales pequeños se entienda como un toque de atención a la juventud sería, en mi opinión, una lectura muy poco acertada. Aun así, siento que esta novela es ya un artefacto independiente a mí, con su propia vida, en parte creada por las lectoras y lectores, y no puedo intentar controlar qué mensajes sacan de ella.

Lo que sí puedo decir es que, por supuesto, mi intención no era moralizar, si no retratar. Opino que una ficción nunca debería ser aleccionadora o panfletaria.

*

Desde sus treinta años a solo seis de distancia el retrato que hace usted de estas veinteañeras, licenciadas residentes en Londres para aprender el idioma y ampliar conocimientos, plasma su profunda desubicación. Ni las relaciones de pareja (Rita ni se plantea una, la de su amiga Lis con Roberto no puede ser más átona), ni sus ocupaciones (trabajar en un restaurante, estudiar un máster), ni la forma de divertirse pueden resultar más desequilibrantes.

Tanto Rita como Lis provienen de familias de clase media y hace tiempo que dejaron de ser niñas. Por ello me sorprende que ambas sobrevivan desde esa mentalidad nihilista (como de punki «no future»), en constante inestabilidad y enganchadas a un presente sin otros alicientes que drogarse, dormir todo lo que se pueda o pasar por las manos de cuantos más degenerados mejor…

¿No cree que semejante grado de inmadurez en universitarias de veinticuatro años puede hacerlas menos verosímiles (quizá más, reconozco, para lectores que tenemos sesenta años y vivimos otra realidad de jóvenes)?

Lo cierto es que no lo creo. Sí, a Rita le queda mucho trabajo para llegar a la madurez, pero como digo, está aprendiendo. En la novela, el camino que sigue la protagonista es justo este: el de darse cuenta de que debe hacerse cargo de sí misma y de que debe aprender a cuidar, también, a los demás, o si no se marcharán de su vida. ¿No es este un proceso por el que pasamos, o al menos deberíamos pasar, todos? De hecho, si soy totalmente sincera, debo añadir que me he encontrado a muchas personas adultas que no han llegado al grado de madurez y de conciencia de una misma que al que llegan las protagonistas…

Además, creo que, pese al salto generacional, hay elementos que atraviesan a la juventud, independientemente de la época. El desequilibrio del que hablábamos antes, el gusto por el riesgo, la fiesta, el melodrama, las ganas de vivir, la sensación de no ser comprendido, las amistades feroces… He recibido feedback de personas de todas las edades y, de hecho, aquellas que rondan los sesenta, me han hablado de sus años de juventud en ciudades como, por ejemplo, Berlín o Barcelona, comentándome que la situación de Rita, sus preocupaciones, sus conflictos, incluso sus motivaciones, les recordaron mucho a esa etapa de sus vidas.

Como bien dices, aún me encuentro muy cerca a esa etapa vital, el inicio de la veintena, que para mí (y para tantas otras personas) fue un momento clave a la hora de iniciar a entenderme como persona adulta y, también, fue uno de los tiempos más confusos que he vivido. De hecho creo que, precisamente por esto, por la duda y el desequilibrio constantes, muchas personas llegan a encontrar algún asidero o algún entendimiento sobre sí mismas. Las preguntas y los errores nos conforman tanto como lo hacen la confianza y los aciertos.

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Todavía hay quien no se enteró de que la voz del narrador es el personaje más importante de una ficción. Como he dicho en la reseña, su primera novela tiene la brutal sinceridad de un diario personal; me resulta valiente haber elegido la primera persona para narrar la calamitosa vida de Rita en Londres.

Díganos… ¿En estos diez meses de vida pública de Animales pequeños alguien se preocupó por usted tras leérsela?

De nuevo, opino que no se trata de juzgar a los personajes, si no de escucharlos. Juzgarlos por su inmadurez o por sus actos en general sería, en mi opinión, paternalista y, al hilo de lo anterior, moralista. Decidí que la novela estuviera narrada en primera persona precisamente para lograr comprender a Rita. Si quería entenderla, debía escucharla, y me gusta pensar que las personas que la lean también están dispuestas a prestar atención a lo que ella tiene para contar. Y si quería escucharla, a su vez, no podía hablar por ella, ni desde arriba, ni desde fuera. Por muy mágico que llegue a parecer, siento que tenía que dejarla elegir las palabras por sí misma.

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Permítame una pizca de indiscreción: ¿hay algo, por pequeño que sea, de Mercedes Duque Espiau incorporado a su Rita Rivera?

Durante mi proceso de escritura, sentí mucha empatía y comprensión por Rita, la protagonista, por Lis, su mejor amiga, y por Eva, su hermana. Odiar a los propios personajes o juzgarlos por sus acciones no ayuda a escribir. De hecho, creo que frena la escritura y aplana a los personajes, los reduce a sus errores. No me parece que las protagonistas sean demasiado autodestructivas o demasiado salvajes, no creo que sean estúpidas ni «locas». Están aprendiendo. Están intentando encontrar los lugares donde se sienten cómodas, qué las hace felices y qué no. Pero este aprendizaje es muy complejo (dura, en muchas ocasiones, toda una vida), como todos sabemos, y a veces se toman quiebros que no son los acertados. Pero que no sean acertados no quiere decir que sean necesariamente negativos. Para entender qué deseamos, también debemos aprender qué es aquello que no queremos.

Hay una cita de la escritora Sandra Cisneros que me obsesiona. Dice así: «Destacé e hilvané sucesos según las necesidades de la historia, le di forma para que tuvieran un principio, una parte de en medio y un final, porque en la vida real los cuentos rara vez nos llegan completos. Las emociones, no obstante, no pueden inventarse ni pedirse prestadas. Todas las emociones que sienten mis personajes, buenas o malas, me pertenecen».

Así que sí, por supuesto que hay mucho de mí en Rita. Y en Lis, y en Eva, y en Marek. Crear un personaje es como recortar pedacitos de distintas imágenes para, después, crear una nueva. Hay partes de mí en todos ellos. Siguiendo las palabras de Sandra Cisneros, son sus emociones, no necesariamente los acontecimientos, lo que me pertenece. Me he ido de fiesta para huir de mis responsabilidades como hace Rita, he sufrido una depresión muy profunda como le ocurre a Lis, he sentido la presión de la perfección imposible como le pasa a Eva, me he arrepentido de mis decisiones como Marek.

Pero claro que no soy Rita. Esta idea, en ocasiones, me hace reír. ¿Por qué tendría que ser la protagonista? ¿Por qué no se preguntan si soy, por ejemplo, Eva? ¿Deberían preocuparse por mí, de tener partes de Rita? ¿No es mucho más alarmante la situación emocional en la que está Lis?

En cualquier caso, creo que las historias, las escritas o las contadas, siempre tienen una parte de realidad y otra de ficción. Siento que esto es algo muy humano: la misma memoria es una invención. A las personas nos gusta contar cuentos y, por supuesto, escucharlos.

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Hoy todo está orientado a lo joven y lo bello. Existe una sobrevaloración de la juventud. Eso es algo que me irrita. Así, por poner un ejemplo, con la ayuda del maquillaje, pelucas y vestimentas atrevidas, además de un poco de manipulación en Photoshop, cualquier mujer mayor puede parecer una actriz. Y en esto, viene usted y para protagonizar su novela escoge a esta veinteañera de extrema delgadez, azotada por terribles pesadillas, que le pega a la cocaína y hace el amor en lugares infectos…

¿Es su opera prima una radical manerade demostrar cómo la imperfección existe en la juventud?

En una ocasión, la escritora Elaine Vilar Madruga, que me acompañó durante todo el proceso de escritura, me preguntó qué defendía con esta novela. Yo le di muchas vueltas a su pregunta, no tuve una respuesta inmediata. Cuando volvimos a vernos para seguir trabajando, a la semana siguiente, le dije que mi historia defendía el derecho a la imperfección. Al fallo, al error, a la duda, a la fealdad. No tenemos que ser siempre «la mejor versión de nosotros mismos», si es que acaso eso existe. La amiga perfecta, la madre ideal, la alumna brillante, la niña prodigio. Todo esto es producto de la presión social y cultural y del sistema económico en el que vivimos.

En el caso de las mujeres, además, creo que la presión es aún mayor. Debemos ser siempre guapas, amables, sonrientes, inteligentes aunque no demasiado, indulgentes y empáticas. Y la lista continúa. ¿Dónde queda el enfado, la confusión, el disparate? Mi idea era esta. Defender el derecho a la imperfección y el equívoco.

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¿Encuentra usted alguna forma de belleza en la sordidez urbana?

No necesariamente. Elegí Londres como escenario porque me parece una ciudad que complementa a los personajes y, además, tiene fuerza suficiente para convertirse, en sí misma, en otro personaje. Londres lleva y trae a Rita y Lis como quiere, al contrario de lo que imaginaron cuando se mudaron allí. Ambas pensaron que podrían dominar la ciudad, pero la ciudad puede con ellas. Es más grande, es más monstruosa, es mucho más salvaje que ellas.

Y, además, tiene este componente extrañísimo que se menciona en la novela: el silencio humano. Es una ciudad llena de ruidos mecánicos (autobuses y coches, cajas registradoras, puertas que se abren y cierran, móviles sonando) y, sin embargo, se escucha poca o ninguna conversación. La similitud de este silencio con la incomunicación entre las dos amigas me terminó de convencer de que Londres era la ciudad más acertada para que la historia tuviese lugar.

Aun así, sí encuentro algo de belleza en este tipo de ciudades. No por lo sórdido, si no por lo misterioso. Son ciudades con múltiples historias que contar y, a la vez, con muchos secretos. Son esos secretos los que las hacen bellas.

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Dirigiéndome ahora más a la antropóloga y socióloga que a la novelista, e insistiendo sobre cómo se percibe hoy a la juventud, cito a Susan Sontag: «Los privilegios emocionales que esta sociedad confiere a la juventud producen en todos cierta angustia sobre el envejecimiento. Todas las sociedades urbanizadas modernas tratan con condescendencia los valores de la madurez –a diferencia de las sociedades tribales y rurales– y colman de honores las alegrías de la juventud».

En una sociedad como es la nuestra, tan a favor de lo joven, ¿es posible que en ello solo se busque otra forma de productividad industrial, de incitar a la gente a comprar más, a consumir y desechar con mayor dinamismo?

Sí, estoy completamente de acuerdo. La fecha de caducidad de las cosas, tanto en un sentido literal como metafórico, es una farsa.

Para ello, Londres también era la ciudad idónea: es una de las capitales mundiales del consumo y la velocidad. Y del olvido. Cuando algo (o alguien) deja de ser productivo, se lo echa a un lado. Esto es lo que le ocurre a Lis, también. En una ciudad como Londres, en una realidad como la que vivimos, su depresión la incapacita para llevar una vida «normal», una vida según las reglas de consumo y trabajo. Por lo tanto, se recluye, se olvida de sí misma y los demás, a su vez, deciden ignorarla. Ignoran su enfermedad, por muy evidente que sea el hecho de que necesita ayuda, acompañamiento.

El error, la enfermedad, lo viejo, lo roto. Todo esto nos incomoda. Es improductivo y lo apartamos. Ponemos en el centro el brillo, la energía, el esfuerzo inhumano; todo aquello que pueda reportarnos beneficio, que pueda, al fin y al cabo, producir y consumir. Pero por mucho que apartemos estas otras realidades, las que nos incomodan, no van a dejar de existir. ¿Qué hacemos, entonces, con ellas? Esta fue, también, una de las preguntas que me llevó a escribir la novela.

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Para terminar, después de un debut tan brillante como extremo: ¿en qué anda ocupada actualmente Mercedes Duque Espiau dentro de su faceta literaria?

Tras casi un año de andar de un lado para otro, por fin he vuelto a escribir. Tengo una idea en mente, llevo unas cuantas páginas, pero aún estoy intentando entender bien de qué se trata. Para mí es un momento divertido, este, el del ensayo y el error, el de tratar de encontrar las voces de los personajes, montar a grandes rasgos la historia.

Es una fase muy lúdica, un juego en el que todo vale. Después, una vez se encuentran el ritmo, la voz, la atmósfera, etcétera, hay que seguir las reglas de la historia. Por ahora, mi nueva historia no tiene reglas, y eso me encanta. Y después ya veremos.

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