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RESEÑA

Sé que un día fuimos ese instante, de Antonio Esquinas: poesía como bálsamo ante la pérdida

Javier Mateo Hidalgo
jueves 16 de octubre de 2025, 12:32h
Sé que un día fuimos ese instante , de Antonio Esquinas: poesía como bálsamo ante la pérdida

Cuando tiene lugar la desaparición de un ser querido, su vacío resulta imposible de suplir. Quien sufre su ausencia debe hacer frente a la vida sin él, acostumbrarse a ese presente incompleto. No se reciben instrucciones sobre cómo proceder y cada uno lo lleva de la mejor manera que sabe o entiende. Esa terapia aplicada a uno mismo puede adoptar distintas formas, siendo una de ellas la escritura, cuya función terapéutica es bien conocida. Con su primer poemario Sé que un día fuimos ese instante (Ediciones Camelot), su autor Antonio Esquinas (Madrid, 1963) expone la forma en que la escritura puede servir como vehículo para expresar el dolor ante la pérdida del ser amado: “gritarlo para poder afrontarlo, mediante la palabra”.

Se inicia el libro con el poema La palabra herida, donde el autor busca recuperar ese lenguaje que ha quedado dañado, convertido en silencio y que ya no alcanza al sujeto receptor del poema. El poeta pretende así recobrar ese tiempo para el presente, retomarlo con la persona amada: “Denme la palabra nueva que borre el tiempo, / la palabra que no muera, / la que no se detenga, / aquella que otro día fue palabra rebosante, reconfortante”. En Aquí me hallo, El narrador se encuentra bajo un lugar arquitectónico etéreo, describiéndolo como la “bóveda” creada junto a la otra persona que ahora extraña en su ausencia, irrecuperable: “Aquí me encontrarás, / comiéndome las lágrimas, aunque luego vomite rabia. […] // Son los días sin ti los que me matan. // Sé que no volverás y no sé cómo hacer para no esperarte”. La ausencia del ser femenino duerme con el escritor en De la niña que soñaba la vida, encontrándose quien nos habla en la cama: “Me despierto, / debió pellizcarme un sueño”. Aunque cada día recuerda menos la personalidad de su compañera, siempre recuerda “el dolor, / el dolor, el dolor que nunca nos olvida…” Así, afirma que volvería a vivir cada uno de los momentos al lado de su amor, incluso los del “inmenso dolor” que supusieron “su despedida, / solo por volver a sentirla un instante”. Al resultar imposible esconderse de los recuerdos (“por más que cierre cajones / ventanas y puertas, / estos se cuelan por cualquier rendija”), emplea la escritura “como válvula de escape”. No obstante, la poesía puede ser ayuda pero también frustración (“y aún así no sabría expresarme”).

Con La muerte no devuelve, el autor refiere a cómo la pérdida del amor deja “todo pendiente, / inconcluso, en suspenso”. También en Otoños enfrentados se subraya la imposibilidad de continuar una vida común que daba sentido a quien ha quedado solo en el mundo: “Siento que ya nunca podré darte alcance / quisiera poder darte un alma nueva bañada / [de reconfortantes palabras / no estos versos que ya nacen muertos antes de ser escritos”. La estación posterior al verano, con su carga simbólica llevada al ánimo, surge insistente como golpe en el pecho: “otoños enfrentados, grises y lluviosos / otoño arrebatado el tuyo que siempre me es devuelto”. La rememoración del femenino añorado surge de nuevo en momentos que fueron plácidos pero que mezclados con el presente pueden ser oscuros (Cuando el otoño me pregunte por ti). Así, lo palpable se mezcla con lo intangible en Nada me impide recordarte: “Siempre preferí besarte el alma a tu piel / hoy te besaría toda, entera”. De esa ambivalencia también participan la luz y la sombra: “Llevabas el día en la mirada, / el dolor de la noche insomne / en el alma. // Una rosa herida”. A la vez que se piensa debe seguir haciéndose, pues el tiempo no se detiene. A pesar de que todo esté sumido en niebla, habrá un camino que transitar: “Sé que todas las respuestas están en mí, / no importan los otoños que en mí habiten, / avanza! Me grita el ama”.

En Lluvia de ciudad, las lágrimas vertidas “por los mortales” se convierten en aguacero sin fin desde este poema tan visual. El poeta luchará “hasta que la lluvia regrese de nuevo a las nubes, / que toda agua triste se vacíe”. En Todo lo que necesitábamos era tiempo, evoca a los jóvenes que fueron él y ella, deseando haber dispuesto de más tiempo en el pasado para haberlo pasado juntos. Mis dos vidas refiere al interior ambivalente, siendo una identidad la que “se asoma al reflejo del espejo” y “habla del polvo y las heridas del alma”, y otra la que se encuentra “escondida, tras el cristal”, pareciendo sentir “que no ha llegado el momento” y desea “andar y desandar / caminos nuevos”. La segunda parece ir ganando a la primera, evidenciando ese cambio anímico para seguir adelante.

Llegan una serie de poemas breves a modo de aforismos que ofrecen poderosas afirmaciones: “No existen suficientes lágrimas / para desleír la tristeza”; “Siempre será demasiado pronto / para las lágrimas”. También interesantes ejercicios estilísticos, como Me han otorgado la letra “a”, donde cada palabra se inicia con dicha vocal: “Alcanzando añoradas amistades / ansío… / Abrazándome al anhelo / acojo, acaricio, abrazo, amo… / Asumiendo avanzo, / aunque aúllo…”

Soñando caminos vuelve al ejercicio de la escritura como terapia sanadora, buscando entender el propio ánimo o comunicarse con la persona perdida: “espero, sigo esperando respuestas, te espero, / más allá de la distancia que nos separa…” En Nadie sabrá más que el viento continúa desarrollando ideas sobre el papel para después romper “las hojas en pedazos pequeños” y lanzarlos “al aire, lejos”. Solo conocerá su secreto “el viento, saber cómo me encuentro”. A veces se me cae el alma a los pies describe cómo a veces lo más nimio (“una comida, un olor, una canción”) desmorona al ser doliente. La escapada recrea un sueño donde los amantes vuelven a reencontrarse (“Aquí quedarme / con tu imagen, con mi sombra / aún a salvo, aún a salvo…”). En Etérea. ingrávida el ausente femenino aparece ante el poeta lleno de dolor y funciona como “bálsamo”: “te apareces, / etérea, ingrávida, / como la lluvia que extingue la llama / de ese fuego que acompaña la desdicha”. Desde Otoño pide el poeta que las lluvias de la estación barran “las hojas del suelo, / como los días y las vidas” en esta estación sinónimo de tristeza. La marcha de la amada representa Un instante: “imposible en este momento, / el instante anterior al instante siguiente, / aquel en el que busqué respuestas, / el instante convertido entonces en tiempo para llorar”. Con De lamentos y desalientos canta y habla el poeta, deseando que “las sombrías sílabas habladas” se alejen. El autor de siente Como un miércoles insustancial con su doble sentido: “un día insulso que llega a jueves” pero también preludio “de días más fuertes”. Como en el poema Intentando, hay días en que la escritura no es sino Garabateo, cuando parece que el papel se llena de cosas insustanciales pero a su vez éstas representan “todo un mundo” de los amantes: “canciones de amor que no te brindé, / y poemas inacabados que te van saboreando…” De la memoria del tiempo establece un diálogo entre el escritor presente y la amada ausente, en el que ésta le convence de que no se “conforme con esta situación” y se “sobreponga”, a lo que él le contesta: “pero ¿cómo renunciar al amor?” Tú, siempre tú regresa a la necesidad del recuerdo de la mujer perdida como bálsamo al sentirse quien nos habla en “un carrusel” que revuelve “el estómago”: “Y tu alma en mi pensamiento para calmar, / siempre conseguiste apaciguarme”. Yo solo quería representa los deseos hacia el bien amado: “yo solo quería seguir entregándote el aire que corretea / [entre las palabras / y vestirnos de fiesta”. El viento que asorda el sueño representa una plegaria en la que el poeta pide “un recuerdo condescendiente” para escapar de sus “nadas, / de las lágrimas de dolor derramadas”. La levedad que seamos representa el tiempo pacífico de la unión de los cuerpos precedente a otro donde “existen solo días lluviosos y dudosos, / horas indefinidas”. Yo soy yo y mis pasos supone la definición orteguiana del autor, cuyo caminar en solitario supone un andar y desandar “vías de dudas y desdudas”. También pasos que le “acercaron” a la mujer amada, uniéndose a los suyos. Grité recrea un mal sueño en el que el escritor llama a su amada mientras ésta se aleja, como Eurídice con Orfeo. En Te he soñado se funden los sueños con los retazos del pasado y de su recuerdo: “Yo no quería dejarte de hablar. Te decía […] // que todavía tenía como vacíos los bolsillos del alma, / que aún están llenos de memoria escondida en los cajones / [de la habitación”. En Los golpes del destino, pide el protagonista a su amada no volver a la realidad todavía: “Me pregunto si puedes oírme, / si es que sí entonces no trates de despertarme”. Las horas dormidas recuerda que quien ya no está es todo lo que fue y amó: “Eres y estás, / en aquellas viejas canciones de amor, / en aquellos libros y poemas. / También eres y estás en tus culpas, / en tus fracasos, en tus dudas”. Quien fue tan querida se reconoce por su ausencia: “Sabrá el mar que te fuiste, / que ya no mojaran sus espumosas olas tu cuerpo” (La sal del mar de las lágrimas).

Lejos de la mañana retiene los momentos de placer mientras cohabitaban la cama los enamorados. Escupiendo dolor subraya cómo todo desahogo resulta insuficiente para paliar el dolor. Contigo cada momento muestra cómo el autor anhela poseer el don de “guardar y revivir momentos” que lleven el “contigo”. En Rojos sobre rosas el poeta se vuelve pintor para crear un cuadro “que jamás colgará de ningún museo”, utilizando “atrevidas manchas” que hablan de su enamorada y que cubren “la espesa capa de realidad que invade el lienzo”. El viejo pub rememora el local al que el autor acudía con su pareja: “Este sitio al que ya no volveremos nunca juntos”, / nadie nos preguntará, ya más, / qué desea tomar la chica que está a mi lado, / ella jamás responderá”. Después volverá solo, “caminando en silencio”, sintiéndose “como un niño desnudo bajo un aguacero”. Con todo, el protagonista aún es y está: “ando, reclamo tiempo, más espacio, / más besos y abrazos, / no me conformo, / aunque me mate por no poder volver a abrazarla” (Soy, Estoy). En esa dureza se mueve y resiste quien nos habla, explicando su determinación y resistencia: “no volver la vista atrás […] / luchar contra uno mismo, de luchar contra lo que nos viene, / de levantarse y de caer, / de volver a levantarse / y de sobreponerse” (Quizás la vida vaya solo de eso). El discurrir vital es distinto para quien sobrevive a quien ya no está (El tiempo es distinto para el que queda): “Tiempo lento / tiempo baldío / tiempo perdido que ya nunca se recupera”. Te siento y en el ruido del adiós te extraño enumera los momentos en los que el amor perdido se convoca, mientras que en Soneto del alma sobresaltada perfila a través de esta fórmula poética el dolor acrecentado del amante durante la noche. Llega el poema que da título al libro por lo simbólico y medular de su contenido, iniciándose con la pregunta: “Dónde están los días aquellos / cuando éramos poesía”. Se rememoran los años de infancia y adolescencia a través de los lugares y momentos históricos vividos para, a continuación, transicionar a un tiempo donde “el cielo fue convirtiéndose en un fino velo / incapaz de arropar los corazones cada vez más fríos”. Fue entonces cuando la compañera de vida apareció (“tú te convertiste toda en mi ciudad, / la calle, el barrio, la plaza donde pasear”), devolviendo al poeta el “saborear” del “observar”, permitiéndole volverse a equivocar, haciendo retornar al deseo: “y entre tanto ella y entre tanto él / el querer que fue creciendo / que fue creciendo el compartir […] toda una vida […] // sé que un día fuimos ese instante”. Llega al fin El poema 51, destacándose de los cincuenta anteriores en su rechazo por ser el último: “No quiso nunca terminar de decir, ni ser fin”. Además, “siempre tuvo claro” que sobraba ese otoño que dura ya “seis años” y que en el futuro “florecerán palabras nuevas / que pintarán de colores el silencio y las negras noches”.

Concluye así un viaje que es proceso de duelo, donde Esquinas se desnuda para mostrarnos, desde la transparencia de sus vivencias expuestas bajo el tamiz lírico, su renacer como Fénix de las cenizas o su metamorfosis desde los negros del dolor a la creciente policromía que le va otorgando su fe recobrada en la vida. Sé que un día fuimos ese instante es un libro representa la ópera prima valiente de un autor que se atreve a compartir con nosotros su propia experiencia, esperando que pueda servir de enseñanza a sus lectores.

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