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RESEÑA

Las pirañas, de Miguel Sánchez-Ostiz: cumbre del lenguaje y de la literatura viva

Las pirañas , de Miguel Sánchez-Ostiz: cumbre del lenguaje y de la literatura viva
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José Manuel López Marañón
lunes 01 de diciembre de 2025, 08:47h

Para contar Las pirañas Miguel Sánchez-Ostiz alterna, de original y hechizante forma, en primera persona, dos principales voces narrativas.

Una de ellas refiere la vida de excesos y frustraciones de «nuestro hombre», como al principal personaje de la novela lo nombra, en todo momento, este narrador –Perico de Alejandría– ante un tribunal muy suigéneris que lo escucha (y del que poco sabremos):

«Nuestro hombre, ¿qué quieren que les diga? Esfuerzos ya ha hecho, sí, ya hizo, pero le ha faltado constancia, estar a lo que se celebra, saber quién demonios es en realidad y no lo sabe, no lo sabe o no lo ha querido saber nunca. Ese es su error, no sabe casi nada, es pura confusión, puro aturullo, pura perplejidad ante las cosas hermosas de este mundo –que haberlas, las hay, eso dicen, y hasta yo he visto fotografías y anuncios–, que en medio del barullo también las percibe, las olfatea, al final del túnel, en la boca de la alcantarilla en la que se ha quedado atascado, y todo por bajar a mirar, y así no se puede ir a ningún lado, así a lo más que se puede llegar es a lo que ha llegado nuestro hombre, a nada…».

La otra voz empleada es la propia de nuestro hombre, a quien se permite intercalar páginas autobiográficas en las cuales, a calzón quitado, y lejos de justificar (menos rebatir) lo que sobre él informa Perico de Alejandría, acaba por desplegar esos aspectos menos favorables de sus «hazañas» personales y laborales en la capital de provincia, norteña y foral, que le agosta:

«Me negaron hasta el derecho a rebelarme… La insurrección del prisionero… Solo me quedó el refugio de la enfermedad y del silencio. Escogí la peor salida que se puede escoger. Acabé sabiéndome todos los síntomas, podía poner en fuga al más pintado de tanto simular ataques de amnesia, pujos de suicida, melancolías diversas, temblores; con los test hacía virguerías… Y por debajo los canutos y la priva dura».

A estos desencantados párrafos siguen, a veces, amonestaciones de Perico de Alejandría (ya en segunda y tercera persona) que terminan conformando un insólito diálogo: «Anda, anda, sórbete la lagrimilla o el moco, que tanto da, y harás mejor en no tener lástima de ti mismo y en contemplarte mañanero acodado en los barras de todos los bares de la ciudad que se te ponían a tiro».

«¡Oh!, no callará nuestro hombre. O mejor, qué culpa tiene el pobrecito de que no se calle la zarabanda de su mollera, su orquesta de tripa y viento, su murga, su cencerrada, no callará su conciencia, en los desvanes padece trabajos este también, si es que puede llamarse conciencia a lo que tiene nuestro hombre, y no fuese mejor en lugar de conciencia o memoria llamarlo simplemente chirrión, pozo negro, fosa común, pudridero…».

De los oidores del torrencial Perico solo uno queda bautizado, el magistrado Vitriolo («un cunetero del 36»). Y durante la declaración de Perico de Alejandría este tribunal rara vez interviene (en la página 254 amonesta: «Mire usted, Alejandría de los demonios, lo que podemos decirle es que nos ha gustado mucho el discursito, pero nos permitimos recordarle que estaba a otras…»). Menos infrecuente resulta que Perico de Alejandría les aclare o asegure algo: «No, no teman sus señorías, no me excedo, las cosas son así».

«¿Pero se dan cuenta, señores, qué manera de loquear tiene nuestro hombre? En fin, como han podido comprobar sus señorías nuestro hombre tiene ratos que está de atar, casi todos, ya le han dicho que acabará sus días sujeto con cadenas».

Pero… en definitiva, ¿quién es este «nuestro hombre» a cuya biografía ha dedicado Miguel Sánchez-Ostiz más de 500 páginas?

Abogado de profesión, empleado también en un taller de artesanos donde se trafica con obras de arte, y, más tarde, en un comercio de animales de compañía, y hasta en una promotora constructora, nuestro hombre es –en 1992 y a sus cuarenta y dos años– una persona descreída, desilusionada, inconstante, confusa, aturullada y perpleja. Con miedo a la vida. Su falta de decisión para convertirse en un hombre al día se ha visto fortalecida por una total desubicación ante unos tiempos en continuo cambio. Reconociendo que la vida le ha pasado por encima, el personaje principal de Las pirañas comprueba cómo sus propósitos de llevar otras vidas afectan a su razón. Para evitar la irreversibilidad de la locura visita a un psiquiatra con quien, tras dieciocho años de terapia, mantiene un desencuentro permanente.

«Y sin embargo –sigue nuestro hombre dale que te pego con su carraca de tinieblas– podría haber habido algo, pero haber sido distinto, de no haber tenido yo mismo ese miedo atávico a la vida que no me he podido quitar jamás, que no tengo ni idea de donde viene».

Metido de lleno en la noche (sus noches de trueno), una parte muy sustancial de Las pirañas lo coloca en los antros más reputados de la ciudad innominada (el Quehayluz, Los Cinco Continentes, El Lugar y otros putiferios…). Esta cartografía noctívaga, detallada hasta la exasperación, desarrolla las incansables andadas por los bajos fondos de nuestro hombre, cuya necesidad de sentirse acompañado no esquiva a chusma como el Majara, el Perolas, el Madriles, el Tigre, el Canalla, el Pocholo, Angelito la Ladilla, el Enano, Dartañán, el Holliday, la Puerca, la Venenos, la Rata Loca, Ricky o Malalma. A esa tela de araña del vicio colectivo la robustecen borrachones, puteros y consumidores compulsivos de perica (como Pepito Bradomín o Don Jorgito, el Inglés): «cómplices, encubridores, aliados, compinches, enemigos, afectos resobados, delatores, soploncillos, difamadores, celestinos y bufones».

«Todos los travestis con la barba crecida, los maquillajes cayéndose a pedazos como revoco mal puesto, las faldas de pantera, las medias corridas, seres monstruosos bajo esa luz, con un apetito terrible, arrasados por la noche, borrachos, pinchaos, bronquistas, putas, chulos, andarines irredimibles, jitos, negratas, el ruso, gente bien, gente regular, ni siquiera noctámbulos, algo más duro, gente del dominio de la noche».

En este viaje al fin de la noche que es Las pirañas, y compartiendo con la novela de Celine igual pesimista concepción de la condición humana, nuestro hombre encuentra en su ciudad –«la Muy Noble y Muy Leal e Imperial Ciudad»– un ámbito de gran agresividad hacia su persona. Por propia experiencia sabe que dentro de sus muros le resultará imposible madurar con un mínimo de armonía y dignidad. «La única salida habría sido marcharme y marcharme bien lejos, salir del kilómetro cuadrado, escapar de la ciudadela».

«Nuestro hombre sigue con su murga, la del haber sentido que era tratado como un paria, con condescendencia, las sonrisas lerdas de la falsa simpatía, como si tuviera que llevar izada la bandera amarilla de la cuarentena de la peste y de los cornudos, tratado como un marginado, tratado como un sospechoso, como un apestado, como un andoba del que hay que desconfiar, el depresivo, el de los nervios, el triste, el incapaz, el raro, el que, el hijo de, el jicho, que se hace poco a poco impopular, que poco a poco no tiene sitio, que es mejor apartar, guardar en el armario».

Nuestro hombre tiene bastante del cínico Oliveira en Rayuela, y no poco del nihilista Brando en El último tango en París. Como ellos, ha perdido a quien fue gran amor de su vida –Matilde– con la que cohabitó quince años y que terminó suicidándose, ciega de cocaína, en el domicilio conyugal. Leyendo el siguiente párrafo cuesta no rememorar los reproches que en la mítica película de Bertolucci el maduro norteamericano espetaba a su mujer corpore in sepulto:

«Eras torpe y desganada, insatisfecha, enemiga declarada de la vida y afirmabas lo contrario, no te entendí jamás, abúlica, pasiva, bobalicona, torva en tu mentalidad de portera, tenías vocación de esas vecinas hideputas que todo lo husmean por encima, por debajo de las tapias, por las rendijas, de chinche, de ladilla, de espiroqueta, pálida, sí, plena de halitosis, tóxica halitosis, a morir, una peste, fuiste un miasma, algo propio de los pantanos del Mesozoico, burbujeante de mierda sumergida, como un letal aviso de lo que llevabas dentro, cómo no iba a respirar el día que te najaste, pero solo fue eso, un respiro, nada más».

Vienen luego, tal vez como reparación, unas dolorosísimas páginas en las que nuestro hombre rememora aquellos días felices pasados con Matilde en Biarritz, cuando ambos tenían veinte años. Se llora leyéndolas:

«La vida también, demonio, que se me ha escapado la vida, no, no, por favor, quiero, necesito una oportunidad más, dame otra, la última, haré algún voto, Matilde no volverá jamás».

El final de Las pirañas es uno de los más desoladores y concluyentes leído en lustros de lector. En tiempos emperrados en ocultar al dolor y a la muerte, en hacer de la vida un bello y saludable paseo, las desnortadas andadas de nuestro hombre durante esta obra reflejan con crudeza en qué puede convertirse la existencia en el seno de estas «amables» ciudades contemporáneas (las de la década de los 90, de la década de los 20 y del siglo que viene). Porque pirañas o sardinas bravas, siempre las ha habido, hay, y habrá:

«Sardinas Bravas, las que son sumamente atrevidas y golosas: contra estas, el único remedio es apartarse con todo cuidado, y vigilancia de su voracidad, y de su increíble multitud, tanta aquella, y tal esta, que antes que pueda, el desgraciado hombre, que cayó entre ellas, hacer diligencia para escaparse, se le han comido por entero, sin dejarle más que el esqueleto limpio».

Afirma Ricardo Piglia en Crítica y ficción: «La literatura es un tono. Llamo tono a un ritmo del lenguaje que nos permite narrar». Desde su conjunto de voces el tono a través del cual Miguel Sánchez-Ostiz ha cimentado a nuestro hombre lleva a Las pirañas hasta lo más sublime del arte literario. Los matices de lo contado aquí son, y permítaseme el oxímoron, cada vez más pormenorizados y sutiles a la hora de retratar el horror del existir, y pasan del léxico a la sintaxis y al ritmo de la frase. La sexta novela del autor pamplonica queda así, por encima de lo narrado y de la lección que arroja una vida enviciada y tirada a la basura, como cumbre de la literatura viva, literatura esta que debería producir debates que alumbrasen textos y que permitiera incorporarlos a la discusión contemporánea.

Es diciembre momento de listas literarias y suplementos culturales las editan generando cada vez menor controversia en un público escasamente lector, con el gusto adocenado. Un asombro libre de ataduras y lleno de preocupación se adueña de mí al ir repasando lo seleccionado. Detrás de la unánime y clamorosa ausencia de novelas como Las pirañas; La vida perra de Juanita Narboni (Ángel Vázquez, 1976); Paradoja del interventor (Gonzalo Hidalgo Bayal, 2006); Yo fui Johnny Thunders (Carlos Zanón, 2014) o La forastera (Olga Merino, 2020), hay, sin duda, una honda inopia, no se sabe bien si fruto del desdén o generada por componendas empresariales (quizá los olvidos provengan de sumar ambos despropósitos). Pero el ninguneo de obras maestras (en cincuenta años tampoco son tantas, eh) contribuye al aumento del conformismo general y de sometimiento al peso de lo real, que son la marca del discurso intelectual en España, empobrecido hoy casi sin remedio.

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