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Relatos

José Avello Relatos reunidos

lunes 15 de diciembre de 2025, 01:07h
Actualizado el: 17/12/2025 22:48h
José Avello Relatos reunidos

Prólogo de Álvaro Acebes Arias. Trea. Gijón, 2024. 160 páginas. 15 €.

Por Concha D’ Olhaberriague

El libro póstumo de José Avello (1943-2015), autor de dos excelentes novelas: La subversión de Beti García (1983) y Jugadores de billar (2001), compila veinticuatro cuentos escritos desde 1965 hasta 1999, de extensión diversa, con una amplia gama temática.

Algunos aparecieron en publicaciones periódicas; los hay también inéditos. Estamos ante una narrativa “muy siglo XX”, en el sentido que da Ortega a esta expresión como ruptura con el idealismo y el realismo en pro de la desrealización. No se trata, desde luego, de una escritura in modo recto que no requiera la colaboración de un lector despierto y participante, provisto de ánimo pesquisidor.

Son frecuentes las técnicas propias de la literatura de posvanguardia: elipsis, ruptura de la cadena lógica con saltos y virajes abruptos y desconcertantes, momentos oníricos, metaliteratura en sentido pleno, “Borgiana”, y hasta doble, metaliteratura de metaliteratura: -“Si una noche de invierno…un lector”, homenaje a la libertad literaria a través de la recreación de la gran novela de Ítalo Calvino: Si una noche de invierno…un viajero.

Pese al uso mayoritario del narrador masculino en primera persona y las claves de carácter autobiográfico que se infieren, incluyendo la ambientación en lugares donde residió el escritor, Asturias, Madrid, África, la introspección se vierte y diluye en el flujo de la ficción. El narrador externo, en tercera persona, lo tenemos en muy pocos casos.

Hay también un par de cuentos realistas a la manera decimonónica, no exentos de gracia y encanto: “El nido del cuco” y “Al lado del río”, ambientados en Asturias.

La prosa de Avello, expresionista y simbólica, está impregnada de una ironía sutil y paradójica junto a un humor de tonalidades distintas: paródico (“Como vencer al reúma”), grotesco (“Disertación”); negro (“En la escalera”), auto paródico (“Conversación con un hombre famoso”), socarrón, quizá el de mayor presencia.

En ocasiones, en los cuentos breves, un mero incidente trivial desencadena el desenlace. Otras veces, la historia desvela honduras y flaquezas del alma humana esquivas a una síntesis. Así “La mujer que amaba los hoteles sin alfombras” o “La confesión”, que no se prestan a un resumen que obviaría un ingrediente crucial, la tensión que produce su lectura.

Un tono sereno desprende, en cambio, “Carta”, uno de los relatos más largos y líricos, de una vitalidad gozosa. El redactor del epistolario es un escritor que se dirige a la amada -cuyo regreso aguarda vehemente-, y le hace partícipe de los derroteros de su actividad creativa. El cuento “Johnny el cobarde”, película del Oeste, es una aguda semblanza del jugador fulero, triunfante siempre por sus malas artes de amedrentador.

Entre los relatos de mayor duración, el ya mencionado, “La mujer que amaba los hoteles sin alfombras”, es muy perturbador debido al trance en el que se ve envuelta la protagonista, una suerte de ordalía perversa, y a causa del físico del protagonista masculino, un hombre maltrecho desde la cuna. Muy divertido es el microrrelato, “Mensaje hallado en una factura”, que versa sobre una sonrisa semoviente. El sesgo absurdo, el título equívoco y un ocurrente neologismo nos recuerdan al humor talentoso de La Codorniz.

Ahora bien, es el estilo, la escritura tan personal y eficaz por su tersa sobriedad y adjetivación mesurada -que no implica falta de calificación ni de lirismo- lo que vincula los relatos a las dos novelas, con las cuales hay concomitancias de relieve que nos permiten hablar de una poética o mundo propio de José Avello.

Literatura de personaje por excelencia, son sus caracteres quienes encarnan y expresan las preocupaciones del autor implícito: las relaciones humanas y sociales y sus patologías, “La violación”; las pasiones, el rencor con causa en las personas malhadadas; el erotismo violento y deletéreo; el amor plácido y enriquecedor, el deterioro de la camaradería entre los varones, “La pelea”; las jerarquías en el mundo laboral, “Mensaje hallado en una factura”; la creación literaria, “Borgiana”, “Carta”, “Si una noche de invierno… un lector”; la lengua materna como cobijo y resguardo frente al tráfago de la vida, “África”.

Al igual que los pintores expresionistas, Avello realza a menudo un rasgo físico: los mostachos, indicio de cierta catadura moral, o la mandíbula del mentido y fantasioso indiano, que confía más en sus recuerdos que en su razón. El señor Robledo, por ejemplo, tiene una mandíbula cuadrada y un gran mostacho, y también el taxista del peculiar relato, “La confesión”, lleno de connotaciones sociales, religioso-buñuelianas y políticas.

Criaturas memorables son Beti García, heroína romántica de la primera novela, y los atribulados jugadores de billar de la segunda, en especial Álvaro Atienza, uno de los tipos teratológicos, jorobado como Armengol del mencionado “La mujer que amaba los hoteles sin alfombras”, quien, más que a los célebres chepudos plebeyos de Victor Hugo, Quasimodo y Triboulet, nos lleva al noble y malhadado Bomarzo de Mujica Laínez.

Perteneciente a la tradición decimonónica y a la propia familia del escritor es el indiano, plasmado en tres prototipos: el desalmado y explotador de la novela de Beti, el explotado de Jugadores y, finalmente, el indiano anónimo del relato heracliteano, de prosapia clariniana y situado en Cangas, “Al lado del río”, un hombre de aspecto noble a primera vista, viejo, peculiar y no muy grato, con una mandíbula poco armónica, cuya habla induce al narrador en primera persona a identificarlo como tal.

No obstante, parece que es un indiano ful, un mitómano que recurre a la hipérbole para revestir su biografía sin brillo con un ropaje de aventurero. En este cuentecillo vemos otro apunte regional en los asturianismos chariega para hogar en el sentido que se le da en la casa de pueblo antigua, como el llar en Galicia, regueiro y su diminutivo regueirín.

No podemos dar por concluido el elenco sin las niñas precoces e insinuantes con los varones, auténticas lolitas sobradas de atrevimiento: Mari luz de “En la escalera” o la niña inocente provocativa y sensual, la pastorcita de “El señor Robledo y la niña pastora”, con final trágico ambos. Digna de mención es la fogosa madre del Camilo de “La confesión”, que besa vehemente a su hijo en la boca.

Un aspecto notable de la narrativa corta de Avello es la traslación y metamorfosis de principios de la Teoría de la Comunicación a los textos literarios. Los relatos escritos durante los años de docencia universitaria en Ciencias de la Información y Bellas Artes ostentan huellas de cuestiones desarrolladas en trabajos académicos, por ejemplo, en “La ceremonia ensimismada. Un ensayo sobre alienación y pacto en la comunicación”, leemos:

“Si un pescador en una playa remota recibe el mensaje de un náufrago en la consabida botella, cuando éste ya ha perecido de sed, ¿ha entrado en contacto con él o sólo en comunicación, o ninguna de las dos cosas?”, reflexión que nos remite al cuento, “Un pequeño batel de vela latina”.

Además, varios personajes mantienen conversaciones absurdas pues peroran ensimismados, desatendiendo por completo la función fática, esa que nos permite verificar el buen rumbo y la constancia del contacto entre los interlocutores. El señor Robledo con su discurso sobre la historia de la humanidad ante la pastorcita tendida al sol o los ejemplos de jerigonza administrativa y jerga político marxista cuando no vienen a cuento.

Completa el volumen un luminoso prólogo de Álvaro Acebes Arias.

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