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RESEÑA

Exposición permanente, de Javier Mateo Hidalgo

Exposición permanente , de Javier Mateo Hidalgo
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EL IMPARCIAL
viernes 19 de diciembre de 2025, 08:27h
Actualizado el: 19/12/2025 15:20h
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Exposición permanente, de Javier Mateo Hidalgo, se despliega como una constelación de objetos contemplados que invitan a la lectura. La belleza de la obra reside en su capacidad para desvelar lo invisible que ya habita en nosotros y, a la vez, para convertir lo cotidiano en una memoria que nos guía en la comprensión de un mundo que se presenta y se resiste. El libro se erige como un museo al aire libre, un conjunto de óleos y acuarelas que invitan al recorrido, a detenerse en cada pieza, a permitir que la mirada descubra lo que la memoria no siempre alcanza a fijar. En estedoble movimiento, revelar y revelarnos, se teje la experiencia de la lectura, en cuyo descubrimiento nos acompaña el dibujo de la cubierta a cargo de Eugenio Rivera.

Después de El mar vertical, Ataraxia, La imagen sonora, Arquitectura del sueño y Novela, la obra de Mateo Hidalgo se ratifica en esta Exposición permanente, emerge de una práctica constante: la lectura de imágenes y palabras como un diálogo fértil entre el pasado y el presente, entre la pieza artística y el espectador. El breve prólogo de Arantxa Aguirre Carballeira, en sus apenas tres páginas, funciona como un umbral que, sin agotar la esencia del libro, la aproxima con delicadeza, sugiriendo que la colección es, simultáneamente, un catálogo y una cartografía íntima. Esta proximidad convoca al sentir, y ese sentir, en el texto de Mateo Hidalgo, se apoya en una economía de referencias que se despliegan con claridad, sin caer en el didactismo, como si cada poema fuese una pequeña estancia que alberga, en su interior, una parte de una exposición mayor.

El volumen, estructurado en siete secciones o tramos, alberga poemas cuya extensión oscila entre los ocho versos de «Finaliza la exposición» y los sesenta y siete de «Puente de San Juan». Esta diversidad subraya una expresión contenida tanto en la descripción como en la reflexión generada, a menudo en verso libre, empleando en ocasiones la rima, que se desenvuelve con soltura tanto en metro largo como en el corto.

En «Autorretrato», el poema pórtico, que bien podría leerse como una poética, se manifiesta la dialéctica entre exposición y protección: «Contar lo que me ha traído hasta aquí / exponiéndolo a través de distintos lienzos. // Tras su cristal, mi reflejo». El yo poético, exhibido ante la mirada ajena, anhela la clemencia, buscando a la vez ser visto para alcanzar una posible redención. El daguerrotipo y la pintura renacentista confrontan documentación e interpretación, mientras el cuerpo, amarillento por el tiempo, acumula heridas como memoria. El cristal, el lienzo y la ventana trazan capas de mirada y apertura hacia una «resurrección» aún por venir, mediadas por el arte y la intertextualidad con Massys.

La obra encierra, por supuesto, una lectura implícita de otras creaciones artísticas. El índice revela una compleja trama de citas, conexiones y resonancias que atraviesan períodos y estilos. Esta dispersión temporal forma parte de la intención de Hidalgo de situar el poema en un espacio donde la percepción se transforma según la mirada del observador. La consecuencia es una experiencia de lectura que no se agota en la biografía del autor ni en una única tradición; al contrario, se abre a una polifonía de registros: desde la introspección más contenida hasta el gesto más arriesgado de la imagen.

«Orígenes» y «Bestiario» abren una vía hacia la inocencia y la primera juventud: «Mano con esfera reflectante (M. C. Escher, 1935)» sugiere que «El mundo me envuelve / en esta atmósfera cristalina, / pero lo que veo me engaña»; tras esa superficie, los animales campan a sus anchas. En «El estudio de escultura (Miguel Barceló, 1993)», con un aire a Brueghel, es preciso el uso de la lupa para hallar a «Ícaro» oculto en el paisaje natural. La clave reside en ir descubriendo capas para llegar a lo relevante, evitando distracciones superficiales. El onirismo se convierte en un grito ante la tragedia, siempre, por desgracia, tan actual, en «Al caballo del Guernica»: «En su irracionalidad / no puede comprender / la animalidad pecadora / del hombre que provoca / lo que ahora sucede».

Una de las características centrales de la trayectoria de Mateo Hidalgo es su voluntad de libertad formal, expresada a través del flujo consciente. Este recurso le ha permitido aproximarse a la mentalidad de grandes figuras literarias sin perder su propia voz. En la reseña dedicada a Arquitectura del sueño, se señalaba una cercanía a Borges o a Bishop; este nuevo libro afina aún más esa proximidad, sustituyendo la imitación por una sintonía de sensibilidad. Reconocerlo en Exposición permanente implica entender que Hidalgo busca un paisaje que se desvela a medida que el lector avanza, sosteniendo una mirada que sabe que el sentido se forja al cruzar las referencias y al permitir que los objetos artísticos hablen desde sus propias siluetas.

En «Mesa (Clara Peeters, 1611)», la naturaleza queda contenida y condenada en un jarrón de oro y metales: la mirada se topa con su propio reflejo y la pintura se vuelve espejo de una libertad contenida. Así, el poema concluye: «La habilidad está en pintarnos / sin parecer estar / en la imagen representada». «Senecio» de Klee amplifica esa tensión: un rostro hecho de líneas y colores que devuelven la pregunta de quién mira. Así, «Qué difícil obligarnos a no ser otros, / niños sin miedo a que nos descubran / tal como somos. / Hacer el papel de nosotros». Ese quedarse entre la ternura y la máscara revela una identidad en tensión entre la superficie llamativa y la voz interior que anhela escribir sin perder la ingenuidad infantil.

Así, la obra se convierte en un ensayo de capas: no basta con la máscara de yeso o la belleza superficial; es preciso desbrozar para hallar la voz original. Como un niño ante la página, tememos ser «enmascarados», pero la escritura debe sostener la voz propia, esa que sueña con expresarse sin perder la inocencia.

Otro rasgo, la utilización de lo metapoético, se nos presenta en el título «Réplica a un poema de William Carlos Williams», donde se emplea un verso, que ya es de Mateo Hidalgo: «si acaso la imagen, de por sí sonora», al que le sigue la clave reflexiva: «casi imperceptible y audible. / como este mundo chapuzón, / las cosas más importantes no se escuchan».

La extrañeza se produce en la estrofa final de «Metrópolis», donde se estiran extensos versos rimados (dos heptasílabos y un eneasílabo), que funcionan como una advertencia reflexiva: «Cada vez somos más, la incivilización se apodera de lo civil».

«Viernes Santo en Castilla» se inicia como uno de los poemas más destacados: «Es esa ambivalencia / entre el mundo viejo y el nuevo / lo que mejor me representa», para concluir: «Lo que de verdad resulta relevante / es no estar, como me dijo un día un amigo, / con un pie en la tradición y con otro en la tumba».

La proximidad con el poeta y crítico avilesino José Luis Morante se evidencia en sus «Pictorismos», y con el poeta Pedro López Lara, concibe la poesía como espejo de introspección en diálogo con el mundo externo. Así, el poeta confiesa: «Afortunadamente tengo la escritura, / careta con la que mejor expreso / lo que no me dejo expresar, / para evitar parecer un criminal / que ha roto más de un plato… ¡y hasta la cubertería!». Estos correlatos son guiños del poeta que tejen lazos de amistad y destilan gotas de sabiduría.

Buen lector de poesía, sumérgete en Exposición permanente de Mateo Hidalgo: un viaje sensorial que transforma lo cotidiano en memorias reveladoras. Ideal si quieres descubrir capas insospechadas en cada imagen, cada palabra, en una danza entre arte y existencia. Un regalo literario que despertará tu sensibilidad, invitándote a mirar de nuevo el mundo que te rodea con ojos asombrados.

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