Tamayura es una recopilación de diez cuentos nunca publicada antes en España. Su autor, Yasunari Kawabata fue el primer japonés que recibió el premio Nobel de literatura en 1968, en sorda competencia con otros grandes de las letras niponas que nunca lo recibieron, como Mishima o Tanizaki. De hecho, para algún crítico y profesor, como el japonólogo Donald Keene, la concesión del Nobel a Kawabata precipitó el suicidio histriónico y desesperado del mismo Mishima.
Kawabata fue un niño huérfano de padres y educado por sus abuelos, ausencia que de alguna forma impregna su obra, tendente a la apócope, a la melancolía y al refugio en el pasado. En 1927 publicó su primera novela, La bailarina de Izu y en 1937 El país de la nieve, obra que lo consagró como un maestro del estilo y de la ambigüedad.
El libro que nos ocupa hoy es una recopilación de diez cuentos, aparecidos todos en revistas literarias de la época en la década de los 50. En realidad, se trata de diez epifanías, en el sentido anglosajón del término, lo que los acerca en coordenadas de sensibilidad a Dubliners, del enorme James Joyce. Se trata en este caso de diez revelaciones, diez descubrimientos del yo narrativo en el recuerdo, de ecos de sentimientos enterrados y nunca abiertamente expresados que forman un mundo de sensaciones de difícil comunicación. Son diez mapas de mundos sentimentales y afectivos, mapas sutiles casi incomunicables de unos personajes abiertos al descubrimiento del yo sensible.
'Tamayura', por ejemplo, el cuento que cierra el libro y que también le da título, tiene como base los caracteres de la palabra tamayura. Tama 玉 significa cuenta o joya, y yura 響 significa eco o vibración. Todo junto, significa intervalo, momento evanescente. En oriente, en la tradición budista, es habitual pasar las bolas del rosario entre los dedos con un leve movimiento que produce un ruido que, a su vez, crea un intervalo de vacío y una pequeña vibración. Y cualquier aficionado al zen sabe que en el vacío está todo. El cuento trata de las joyas de una joven mujer ya muerta, y el recuerdo de ese eco y de su vibración en dos rivales que la sobreviven. El frote de esas joyas sagradas, que ella llevaba en el cuello, recrea en el narrador un leve mundo de posesión, sensualidad y despecho que impregna el recuerdo de alguien ya ido.
En todos los cuentos, abundan las sospechas y los seres muertos que perviven en el espacio de los vivos. En la tradición japonesa, hay fantasmas de muertos y fantasmas de vivos. Estos últimos, se generan cuando un vivo pasa por una situación psicológicamente extrema. Es, de alguna forma, una versión literaria y folklórica de la interpretación freudiana de la psique humana. Los héroes japoneses conviven y combaten con lo inexistente e ido de la misma forma que los héroes occidentales combaten con un presente publicitario. En los cuentos de Kawabata, el pasado se mezcla con el presente de la misma forma que la vida se mezcla con la muerte. Su amor por el pasado, su admiración por el teatro Noh, ese teatro de fantasmas arcaico y puro, se refleja continuamente en su obra, por más que los personajes de estos cuentos se muevan en la dura posguerra japonesa que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Luchan todos por mantener los hilos que los mueven y sostienen desde un tiempo periclitado en el que todavía existen.
En estos cuentos, los personajes aman, pero a menudo aman seres que viven en un recuerdo, ni siquiera claro o diáfano, sino ambiguo, evanescente. Es como si el amor se diluyera en el otro, de la misma forma que en uno mismo, sin que haya límites claros de cuál es cuál. Kawabata, que flirteó toda su vida con el amor asexuado o bisexuado, y con la sensualidad pervertida (ese término tan barojiano y que tan bien se refleja en la fantástica y enigmática novela de Kawabata La casa de las bellas durmientes), plantea una duda muy budista de nuevo sobre la existencia del individuo, sus recuerdos, sus deseos y lo que conforma su aparentemente sólida identidad. Y estos cuentos son por ello diez intervalos de silencio y revelación en los que perderse.