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RESEÑA

La Edad de Plata, en el Teatro de la Zarzuela: cuando Granados y Falla se dan la mano

La Edad de Plata, en el Teatro de la Zarzuela: cuando Granados y Falla se dan la mano
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(Foto: © Gemma Escribano | Teatro de la Zarzuela)
Javier Mateo Hidalgo
lunes 26 de enero de 2026, 14:01h

El ámbito escénico es un espacio mágico, allí donde pueden darse cita épocas, lugares y personajes bien distintos. Además, concita a las distintas disciplinas, incluyendo música y cine. Todo ello genera una atmósfera única donde el público acaba sumergiéndose, olvidándose del lugar que ocupa y del tiempo en el que vive. Todo es posible. De todo ello nos hace partícipes el nuevo espectáculo programado por el Teatro de la Zarzuela y que vio la luz en su estreno el pasado sábado 24 de enero. Una obra que en realidad eran dos, aglutinadas por el momento histórico y cultural que las hizo posibles: las tres primeras décadas del pasado siglo, tiempo bien fructífero para la creación artística que vino a denominarse en nuestro país como La Edad de Plata.

Sobre el escenario del mítico coso madrileño se levantaron dos obras de nuestro género lírico bien diferentes e ineludibles para nuestro patrimonio musical: por un lado la ópera Goyescas (1916), obra maestra del compositor Enrique Granados (1867-1916) con libreto de Fernando Periquet; por otro, la ópera de cámara El retablo de Maese Pedro (1923), con partitura de Manuel de Falla (1876-1946) —del que se cumplen 150 años de su nacimiento— e inspirada en el capítulo XXVI de la Segunda Parte de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. Así, el músico leridano y el gaditano se dan la mano a través de estas dos obras bien representativas de un momento concreto, el de un nacionalismo musical reivindicado por el musicólogo, docente y compositor Felipe Pedrell (1841-1922), maestro de ambos compositores. El tortosino fue el fundador de la musicología moderna, subrayando la importancia de recuperar nuestro legado musical desde las raíces del folklore tradicional, algo de lo que tomaron buena nota Granados y Falla y que podemos comprobar en las piezas escogidas para La Edad de Plata. En el caso de Goyescas, destacando la recuperación de la música presente en el tiempo de Francisco de Goya (1746-1828), de cuyo trabajo pictórico fue un gran admirador Granados y cuya escenografía plástica recrea mediante la música y temas tratados en la trama. En el de El retablo de Maese Pedro, desde las melodías e instrumentos presentes en la época de Cervantes, así como recuperando la estética musical neoclásica —de la que también hará uso el maestro andaluz en Concierto para clave y cinco instrumentos (1926).

El montaje llevado a cabo de ambas obras, circunscribiéndolas en una única función, ha conllevado la elaboración de un valiente y original planteamiento argumental y escénico. La Edad de Plata enmarca —nunca mejor dicho— a Goyescas y El retablo en sus épocas, citando —literalmente— a sus posibilitadores. No sólo participarán de esta propuesta —que mezcla tiempos y espacios— los mencionados Granados —representado por Ramón Grau— y Falla —a cargo de Gerardo Bullón—, sino que por ella desfilarán otras figuras señeras relacionadas con la génesis de ambas composiciones: desde Ignacio Zuloaga —pintor amigo de Falla y colaborador en El retablo (interpretado por Ángel Burgos)—, pasando por la bailarina y coreógrafa Antonia Mercé “La Argentina” —amiga y colaboradora de Enrique Granados (encarnada por Marina Walpercin)—. También estarán presentes creadores como Pablo Picasso, Paul Valéry (Antonio Escribano) o Ígor Stravinski (Julen Alba) —actores del ambiente parisino donde Falla estrenó la versión escénica de El retablo—. Todos ellos habitan un espacio escenográfico pensado como lugar de la soirée donde se ponen en escena las obras líricas, así como para el encuentro entre creadores y creaciones, público asistente a las representaciones y mecenas de la sociedad del momento —por ejemplo la Princesa de Polignac (Lidia Vinyes-Curtis), quien encargó El retablo a Falla—. Como si se tratase de dar vida al lienzo decimonónico Los poetas contemporáneos. Una lectura de Zorrilla en el estudio del pintor (1846) de Antonio María Esquivel (1806-1857), las paredes de dicho espacio quedan ornamentadas por imágenes pintadas que remiten a su vez a las historias planteadas: lienzos de Goya como El pelele (1791-1792) —que figura explícitamente en Goyescas mediante el número musical homónimo—, el cartel diseñado por Manuel Ángeles Ortiz que anunciaba el concurso de Cante Jondo de Granada —del que participaron Falla y Zuloaga en 1922— o algún cuadro de El Greco —del que Zuloaga fue máximo admirador y recuperador—. No será éste el único escenario, sino que determinados personajes —principalmente Granados y Falla como protagonistas— transitarán simbólicamente por las aguas del mar que representa los viajes simbólicos fuera de su país: el primero, al haberse embarcado junto a su esposa rumbo a Nueva York —donde se estrenó Goyescas— y Londres, a cuyo regreso sufrirían el trágico episodio del vapor Sussex en el que viajaban y que fue torpedeado en el Canal de la Mancha por un submarino alemán en plena I Guerra Mundial. Granados saltó de la lancha de salvamento al ver a su mujer debatirse entre las olas. Cuenta la historia que murieron ahogados, abrazándose uno al otro. En el caso de Falla, el paisaje marítimo supondrá su exilio tras la Guerra Civil en Argentina, donde falleció. Ante este escenario, uno y otro personaje se manifestarán mediante determinadas conversaciones epistolares, poniendo en contexto al espectador. También lo hará Zuloaga, poniendo énfasis en la tragedia de la guerra.

Este telón transparente sobre el que se visualizará la ambientación marina también servirá de soporte para la proyección de filmaciones históricas asociadas a la victoria de Franco tras la Guerra Civil —con la que concluye esa Edad de Plata— y a la presencia posterior del nazismo en París, donde Falla había visto estrenado El retablo. Una referencia que no es baladí, pues el cine estuvo también presente como parte de los espectáculos de los teatros en la sociedad de las tres primeras décadas del s. XX. Referencia ineludible de ello es también la puesta en pantalla de una película filmada ex profeso para la representación de El retablo —con guion y dirección de Paco López, quien además se encarga de la Dirección de escena, dramaturgia, escenografía e iluminación del espectáculo—, para la que se tendrá muy en cuenta el cine pantomímico silente de la época del estreno. Los espectadores de la obra —incluyendo los coetáneos de Falla y los personajes cervantinos— incluirán al propio Quijote y Sancho, lo que nos recordará la vanguardista adaptación fílmica que Welles hizo del ingenioso hidalgo —en concreto, la escena en la que el caballero de la triste figura y su escudero se cuelan en un cine de Pamplona para ver una película, llegando don Alonso Quijano a rasgar la tela de la pantalla del cine con su espada—. En la representación cinematográfica de la historia de Melisendra, don Gaiferos y el rey Moro Marsilio, se aprecia una clara ambientación naif inspirada en las imágenes dibujadas por Federico García Lorca —amigo de Falla y junto al cual llevó a cabo la célebre representación infantil de títeres del 6 de enero de 1923, día de Reyes Magos—. Cabe por todo ello resaltar la labor de José Carlos Nievas en los audiovisuales. Del mismo modo, el escenario para la representación de esta obra se verá invadido en sus márgenes por un gran marco que servirá para equiparar la función que veremos a un gran lienzo. De hecho, habrá otro momento en que el cuadro de Goya La pradera de San Isidro (1788) se proyectará sobre este telón para dar paso después a una de las escenas de Goyescas, fundiéndose bellamente por unos instantes los personajes pintados con los intérpretes de la ópera.

El elemento coreográfico —a cargo de Olga Pericet— tendrá también una gran presencia en La Edad de Plata: por un lado, mediante el número de danza que nos plantea el personaje de la Mercé, inspirada por la interpretación al piano del personaje de Granados. Por otro, a través del baile del pelele efectuado por un bailarín en Goyescas. En último lugar —y no por ello menos importante—, la presencia de la muerte encarnada por una bailarina portadora de un vestido oscuro que incluso velará su rostro y que ejecutará una original versión escénica del Intermedio de Goyescas —funcionando como visión anticipadora y alegórica de la muerte que se llevará a Granados y a su esposa—. Junto a otros espectros, también representarán el goyesco cuadro de El entierro de la sardina (1819), luciendo ese pendón de rostro grotesco que ridiculizará a los vencedores de la Guerra Civil.

Cabe destacar otra grata sorpresa: la inclusión, junto con Goyescas y El retablo, de otra obra fundamental en esa modernidad falliana: Psyché (1925), obra de cámara para mezzosoprano y cinco instrumentos —flauta, arpa, violín, viola y violonchelo— con texto de Georges Jean-Aubry y que brilló con luz propia por su aire enigmático y poético.

En resumen, La Edad de Plata supone todo un tour de force para la reivindicación de estas obras escénicas y musicales de nuestro repertorio, así como una excelente contextualización didáctica y creativa de la época y ambiente en que se encontraron inmersas.

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