En 1929, el poeta gaditano Rafael Alberti sorprendía al panorama poético español con el poemario Sobre Los Ángeles, que había ido concibiendo dos años antes, inmerso en una profunda crisis espiritual. En su concepción tuvo mucho que ver Maruja Mallo, pues el libro no solo se encuentra plagado de imágenes surrealistas y de alegorías oscuras, sino que apuesta por un verso tan libre como lo fue esta pintora vivariense con la que Alberti mantuvo una relación sentimental. La ruptura del autor de Marinero en tierra con la responsable de la serie Cloacas y Campanarios —imágenes plásticas afines a las poéticas del volumen mencionado— resultó traumática para esta última, quien nunca comprendió el injusto abandono del escritor, quien se había impregnado hasta la médula del pintoresco e irrepetible mundo visual de la gallega.
Casi cien años después de la aparición de Sobre Los Ángeles, uno no puede evitar pensar en esta mirada rompedora y absolutamente vanguardista cuando lee los poemas de Hedor de ángel de Carmen Sancho Guinda (Huerga y Fierro editores). No obstante, desde este nuevo ejemplo de poética en relación con lo espiritual, hay un retorno a esa mirada más intimista y lírica en el mejor sentido clásico del término. Los seres alados de esta poeta madrileña son profundos a pesar de su carácter etéreo y su descripción queda ligada a la parte más humana que los define, hermanándolos con los seres mortales. Es como si a nosotros nos hubiesen brotado alas simbólicas, aunque demasiado carnales. En este sentido, dichos poemas serán más cercanos al Ángel fieramente humano de Blas de Otero (1950), al explorar las ansias inmortales del individuo en contraposición a su naturaleza mortal. Hedor de ángel se caracteriza a su vez por la presencia de dibujos realizados por la propia autora, demostrando su sensibilidad artística —algo que también se aprecia en su poesía—. Cada uno de ellos, ilustrando las tres partes en que se divide el poemario, van mostrando el proceso de descomposición de un ala. Algo bien representativo en un libro poético poseído de cierta narrativa que describe el descenso del personaje de un ángel de la luz a la oscuridad.
Se inicia el poemario con un bloque de hermoso título: Celéstidas. Con este neologismo, la poeta refiere a los distintos elementos celestes o celestiales contenidos en la figura del ángel. El primer poema trata de acercarse a la naturaleza ultraterrena de este ser, ensalzándole: “Dime qué espada empuñas, qué persigues / si no es el mero amor”. Hay también, como hemos dicho, referencias del mundo del arte que nos habla de la formación humanista de la autora: “Tus blandos pies desnudos se deslizan / arañando la cúspide de todo, / atraviesan dinteles, / la radiante pared de la mandorla”. Personalidad y apariencia quedan descritas en la figura del ángel, cuestiones siempre difíciles de fijar por el carácter divino de este tipo de personaje: “Sobre tu testa imberbe caen los rizos / y tu perfil refleja un aire triste / de aniñada perfección, / como de alma cautiva entre tantas luces” —hermosa contraposición mostrando cómo lo luminoso puede ser también oscuro—. Hay una búsqueda de justicia y una rebeldía en ese ángel descrito, como podemos ver en este poema (“tu afán de derrotar cuanto es impuro”) y en el siguiente: “hoy has vuelto a escaparte del enjambre. / ¿Desde cuándo un querube se subleva, / deserta su legión / y busca oscuridad / sin espada flamígera ni antorcha / o lanza puntiaguda entre las manos?” Se presenta en este ángel una lucha contra su propia naturaleza perfecta, un componente claramente humano de desafío, como sucedió con Luzbel. En el siguiente poema, incluso, esta actitud (“lo ocioso de tu rumbo y tu impostura”) genera recelos en su ambiente. Él, no obstante, no encuentra otra forma de “combatir la zarpa, el colmillo, el cuerno, el aguijón oculto”. La “desdivinización” a la que le somete la poeta queda clara al comparar al ángel con los insectos —antes con “hoy has vuelto a escaparte del enjambre”, ahora en el verso: “Por encima de ti se oye el zumbido / de un aluvión de ángeles”—. De nuevo, en el siguiente poema surge la opresión sentida por el ángel en un cielo que se le hizo “celda, / cárcel mansa, / encierro del espíritu que bulle”, a pesar de las loas dirigidas hacia él por “tantos poetas” que le “cantaron”. Tantea peligrosamente las razones por las que fue arrojado del cielo quien luego fue Lucifer o ángel caído: “deseas, / insistente como un enamorado, / tu empírea violación de los preceptos”. El “alma que nació festiva y pura” se resquebraja, mostrando una pulsión hacia la imperfección humana, como si ni siquiera lo sagrado estuviera exento de esto. En el siguiente poema queda meridianamente claro: “Como vuela el murciélago en la tarde [de nuevo la comparativa desacralizadora] / a ras de agua de alberca, / así te has acercado al mundo humano […] / Te motiva una infantil curiosidad / por aquello que aún se te prohíbe […] . / Vence siempre tu sed de conocer: / desafías los límites divinos / y en tu asombro / vas sintiéndote algo menos extranjero”. Hay una nostalgia por lo que nunca se ha sido —humano—. También el deseo de conocer lo mortal rompe con ese concepto de inteligencia superior y conocimiento amplio de los ángeles. Su imagen ha quedado despojada de dignidad como ángel huido de los cielos en un nuevo poema: “los desgarros del ropaje te delatan. / La túnica purpúrea está hecha andrajos / y vuelves sin fulgor”. A su vuelta de la Tierra nadie le pregunta por lo que ha visto, “cuando digno de lástima” aletea. Sin su aura, es un “pobre paria” que no es nadie por carecer del “brillo de su halo”. Resulta más bien al contrario; “el traidor, el corrompido” que “ya no es tan devoto porque duda”. Como diría Antonio Gamoneda en la cita que precede al presente poema, es “un ángel sin dios”. En un nuevo poema, la poeta se pregunta se pregunta “quién te guarda a ti, / ángel púber” que “sientes el cielo inhabitable” por ser “invisible muro / que sin razón te aparta de los hombres”. Como si éstos provinieran de ángeles “rotos”, reza la cita de Antonio Lucas del siguiente poema, unos y otros “se conocen” —dirá la poeta—, si bien “practican una amnesia selectiva […] / despreciando todo parentesco”. En un nuevo texto, se pide a ese ángel de “nítida inocencia” que con su “tacto” “extinga” la “combustión del mal”. A su vez, los seres mortales le “imploran desde abajo” misericordia. Este ángel poético muestra también su temor y desamparo, cuestiones por las que la poeta empatiza con él: “Puedo reconocer tu alma asustada / en busca de refugio”, como “cualquier Ícaro mascando su derrota”. En su afán idealista y prohibido, va como “un insurrecto niño de las flores / sembrando paz y amor donde no debe”. También se asignan carencias a Dios, quien tal vez hizo de nosotros trozos de divinidad para acompañarle acabando con su soledad. Conviene que ese Dios no sepa lo que el ángel poético piensa: “Cuida de que tu palabra se evapore / y evita dejarles rastro de tu aliento”. El ángel desafiante y caído aterriza finalmente en el mundo, fundiéndose con su oscuridad: “magullándote las puntas de los pies, / tu piel rosada, / con las plumas salpicadas de inmundicia / y las manos heridas, arañazos, / tierra negra hasta por dentro de las uñas”.
De Celéstidas y lo etéreo a lo pesado y matérico en el segundo bloque del libro, titulado con una nueva palabra ideada por la poeta: Terrenarias. Retomamos aquí al ángel aterrizado sobre una azotea, con su luz previa ya perdida: “De tu esencia ancestral son restos mudos, / una estela modesta y delatora, ya sin brillos, / de lo que quedó atrás. / No es momento, sin embargo, de nostalgias”. A pesar de sentir un nuevo cuerpo pesado resultado de su estancia en la tierra (“Tus órganos, vueltos piedra, / lastrarán cualquier remonte de tu huida”), la poeta le apremia para que entregue a los humanos su “mensaje con premura”, regresando después al país del que vino: “acepta que no es éste tu lugar, / que para ti no hay sitio en este mundo”. En otro poema, inspirado por una nueva cita de Antonio Lucas (“¿A qué viene un ángel degollado hasta mi casa?”), se nos presenta la misteriosa historia de un ángel que un cierto día llegó “con un tajo dorado en la garganta”, desangrándose mientras pedía ayuda a la población. La poeta le pregunta al ángel con el que hasta ahora se ha comunicado por su identidad: “¿Quién era, pues, si tú no fuiste?” En esa idea de un posible ángel previo incide un nuevo poema, afirmando que de ese ser “no quedó nada, ni una música, ni un grito”. La imagen dual se muestra después como desdoble de nuestro ángel: “Con tu propia imagen tropezaste / caído en rebelión contra ti mismo”. En la busca para comunicarse con los seres terrestres, ese ángel precisará cumplir unas condiciones que la poeta indica más adelante: “Necesitas resabios, mano izquierda, labia, / la incesante parsimonia de la luz, / la palabra precisa a flor de lengua, arrojarles tu haz directo hacia los ojos, / el ambiente de una tabla de Fra Angélico en el tacto”. También la dureza del “escoplo, / un dulce hierro, / el cincel divino / para romper de golpe su coraza”. Los humanos al verle se dividirán entre quienes le tengan miedo o los que quieran tocarle, “tomar un tirabuzón y acariciarlo, / sentir su dorada liviandad”. El ángel dejará que hagan a su antojo a fin de recobrar sus corazones. Parte de esa muchedumbre le acusará “de impía deserción”, mientras él evita “decirles que es por ellos”, que “apátrida” se ha vuelto “por amor”. Como hicieron con Cristo, si el ángel se queda en la Tierra “pondrán precio” a su “cabeza” y a sus “alas”. Como el cruel niño, “desmembrarán su ser” como quien “mutila la flamante mariposa”. La poeta le pide que no consienta “ser su chivo expiatorio”, el “sacro espécimen arrebatado al cielo / como exótico botín o celestial captura”. En un nuevo poema se describe de forma impactante cómo este ser celestial, aún buscando pasar desapercibido, “hiede”, pues es “un ángel en estado de gangrena”. Esta “podre” será en realidad “su poder” y, sabiéndolo, nos observará “con gótica templanza”. Con esta poderosa antítesis —la aparente debilidad es en realidad la fortaleza— encontramos el sentido del título del libro. Nadie velará por ese ángel en el cielo, ni aún cuando pueda ser desplumado por los hombres. “Celestial ignorancia” es todo lo que habrá. Es por ello que el propio ángel prefiere cortarse sus alas, para que cuelguen una “en la taberna / como trofeo excelso” y así se sacie el “ansia de escarnio” de la multitud, que ha buscado su cacería.
Tras pasar por el cielo y la tierra en los capítulos poéticos anteriores, llegamos ahora al infierno o inframundo de la mitología clásica con Avernales. Se inicia esta última parte con la visión de un mundo apocalíptico del que se aconseja nuevamente escapar al ángel: “Abandona esa existencia de presidio / lanzándote desde el heno de aquel carro / que acomoda el fornicio en su blandura”. También se da a entender la presencia de un mortal o un demonio que impide del ángel su marcha: “Como bestias de noria se comportan / y en un círculo sin fin hacen camino”. Así, se le conmina por igual a separarse de ellos: “Deja que partan”. Más adelante se define el infierno como un reino donde “cada uno se sumerge en su reflejo” o “imagen de su propia egolatría”. Por contra, se añora el Edén “como si un paraíso jamás dijera adiós / a quienes pertenece y en él moran / y no se diese nunca por perdido”. Del tránsito de la luz a la sombra, como de la vida a la muerte, da fe esa orquídea que pasa del “tallo efecto” a una corola “que se arruga”. Aun así se muestra feliz como “especie conocedora de su ciclo. / Su paraíso es ese, pese a todo”. Hay un minúsculo nexo entre el cielo y la condena, de ello son conscientes los expulsados o “desterrados”, como reza el siguiente poema. El ángel que se apiada de los pecadores terrenales tiene una tarea difícil tratando de empatizar con ellos y ayudarles: “Quisieras verlos salvos. / Temes por su eternidad”. Puede llegar a sentir que su “soledad es pasto de derrota”, pues las almas que desea salvar “son fangales, / nauseabundas charcas hondas y estancadas / nutridas de su cieno / que amurallan sus contornos derruidos / blindándose al amor, / a tu relato hambriento de clemencia”. También se refiere al pentimento o cambio de idea del artista hacia lo que está pintando. Del mismo modo que éste ha ido modificando la imagen del ángel en su forma de representarlo, el propio ser celestial también ha ido cambiando su fisonomía con el transcurso de la historia del mundo. Así, se le pregunta “cuál de estas visiones es más tuya: / la virago entre organdíes para Lippi, / el dulce anunciador de Verrocchio, / el brioso justiciero para Sanzio”. Invocar al ángel supondrá siempre “abrir el balcón a la paloma tierna y espantar al lobo / que ronda el corazón y la cabeza a veces / y clava con soberbia el incisivo / en vísceras lamidas desde adentro”. Será su desagradecido trabajo de “cazador de pecado a la intemperie” un “eterno tránsito”.
Resuenan al final de Hedor de ángel los nombres de Alberti y De Otero, dando la razón a quien esto escribe en su percepción y análisis de un poemario lleno de sus ecos. El ángel protagonista seguirá siendo buscado a lo largo de los poemas a la vez que éste buscará profundizar en nosotros, los humanos. Una fusión entre lo sagrado y lo carnal, pugna del alma trascendente que anida dentro de nuestro cuerpo perecedero. De ahí nuestro interés en lo que puede salvarnos y por ello la importancia de este certero libro de Carmen Sancho Guinda.