Me he pasado toda la primera parte de Islandia preguntándome por qué el propio autor la menciona todo el rato como una novela. Una tediosa y larguísima primera parte que alcanza a la página 291 de las casi cuatrocientas que ocupa toda la obra. Parece que estuviéramos jugando a números de rebajas. El casi para que no parezca. Finalmente, debo decirlo, sí es una novela. La convierte, Vilas, gracias a esas otras últimas cien páginas. Aunque él mismo nos la define de forma mucho más correcta: «Por eso escribo estas memorias del adiós, porque Ada era sobrenatural»; y es que, al poco de comenzar, nos ha dejado claro clarísimo: «Ada me ha dejado y mi vida es un caos».
¡Cómo echo de menos, en tantas novelas, un índice! Cuán clarificador resultaría. Esa es una de las cosas que agradezco a las lecturas en libro electrónico (de momento en mi querencia gana el papel, pero al libro digital voy encontrándole sustanciosas ventajas, desde la marca de notas que puedo recoger luego en mi archivo a esa visibilidad de su estructura).
El índice de Islandia es muy interesante. Y los títulos que su autor pone a los capítulos que lo llevan, muy explicativos. Porque no debemos olvidar que Manuel Vilas es autor de Ordesa (y poeta), y yo, en todos sus libros, busco la belleza de esa escritura. En Islandia, me ha llegado al final, aunque debo reconocer que si no hubiera sido por el compromiso, no hubiera superado esas tediosas primeras trescientas páginas, como no he llegado a leer completos ni Alegría, ni Nosotros... siempre buscando ese vigor de Ordesa, esa frase casi quebrada que te alienta, sin hallarlo.
Hablaba de índice, y en esta novela queda como sigue: I- “Ada y el adiós (largo lamento)”: 35 capítulos en numeración cardinal; II- “Un hombre enamorado”, con solo dos breves capítulos: “Elegía del hombre enamorado” y “Cinco meses antes de la frase”; III- “Islandia”: “El mar del Norte” y “El nacimiento de la amistad sin fin”; y finalmente, IV- “Hechos futuros que nunca sucederán (Epílogo)” en el que por años, de 2041 a 2063, va y viene por 2032, 2028, 2027, 2026, 2047, 2031, 2040 y 2051 antes de un último texto, “El tiempo hecho pedazos”. Ese trabajo estructural sí está hecho, y aparece (aunque tampoco es uniforme) ese Manuel Vilas que en 2018 removió el firmamento de la autoficción y que se permitió concluir en modo verso.
En Ordesa solo eran 157 capítulos con numeración cardinal más un epílogo en doce partes identificadas con una palabra. Sugiere en Islandia que el final de Ordesa se lo propuso Ana Merino, la Ada protagonista del divorcio en Islandia (porque no desvelo nada mencionando el divorcio como tema central). Pero la escritura portentosa está claro que era suya. No sé si el distanciamiento que supone el quiebro de una pareja ha provocado esa furia escritora que le ha dado a Vilas, que bien vale como desahogo, pero no como novela... porque ese lamento del larguísimo comienzo no nos lo merecíamos, los lectores, sin una lectura, edición, recorte y reelaboración que no parece haber sufrido. Sufrientes nosotros, porque para llegar al Vilas conocido hemos tardado demasiado (y todavía no tengo claro si realmente ha merecido la pena).
Me gusta la autoficción como género, pero no encuentro demasiadas publicaciones de autoficción de las que pueda decir que me encantan. Porque es difícil –como toda escritura, claro–, pero aunar el yo con cierto desapego lo complica todo. Tampoco es fácil lograr el modo en las memorias, a lo que este texto, sobre todo en su parte inicial, quiere acercarse. En una primera persona que desaparece en el resto, se sitúa entre el dietarismo y la memorialística, buscando un lugar que no ha logrado. Quizá demasiado ofuscado por ese lamento propio, no le ha importado devanar ríos de tinta.
«Todo el rato es lo mismo en mi cabeza: saber si este amor que se muere fue real mientras estuvo vivo», nos dice, y como parece regurgitar todo lo que se le ocurre, explica cómo «mi literatura se basa en eso: no puedo olvidar nada, por eso escribo todo cuanto recuerdo, todo cuanto, creo, edificó nuestras vidas en común», pero en ese «teclear esta historia de ruina y soledad», repite sus obsesiones, el malditismo del dinero y la sensación de pobreza, el sentimiento de culpa y de ridiculez o el propio victimismo.
«El gran motor de mi vida es la culpa», nos dice, aunque añade: «O a lo mejor no es así, a lo mejor la estoy idealizando. No lo sé, por eso escribo este libro», aunque como va y viene, añade: «Para quién voy a escribir ahora. Yo escribía libros para ella». Y nos sumerge en su mundo: «...es infinitamente mejor la adicción a las benzodiacepinas que al alcohol. Hay un problema grave con las benzodiacepinas: te merman la memoria, te quitan recuerdos, te roban el pasado. El alcohol eso no lo hace, pero te convierte en un payaso público». Ese es el Manuel Vilas que se despliega en ese gran lamento.
Y quizá sea precisamente lo que el autor quiere hacer, porque, dice, «este es un libro sobre el olvido, sobre cómo vamos a olvidar todo cuanto supimos o pudimos vivir», aunque también, añade, «aquí busco el tiempo, que es lo que nos hace enloquecer: el tiempo». Pero también lo contrario.
Por suerte, ya digo, las tres partes otras (tras ese aciago primer lamento) mejoran y divierten. Hacen literatura, aunque no a la altura que podíamos esperar, de que nos había dado muestras Manuel Vilas; quizás son demasiados los vaivenes que empujan su pluma, y no ha dado aquí con el tono que le encumbró.