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ENTREVISTA

Fernando Parra: "Pese a los avances en neurociencia, psicología y psiquiatría, la depresión sigue siendo un misterio"

Fernando Parra: 'Pese a los avances en neurociencia, psicología y psiquiatría, la depresión sigue siendo un misterio'
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José Manuel López Marañón
lunes 16 de marzo de 2026, 19:58h
Actualizado el: 17 de marzo de 2026, 09:50h

Fernando Parra Nogueras (Tarragona, 1978), profesor, crítico literario y autor de Herida y ventana, libro reseñado en EL IMPARCIAL, ha publicado tres novelas: Persianas (Funambulista, 2019, finalista del Premio Azorín), El antropoide (Candaya, 2021) y Las cinco vidas del traductor Miranda (Funambulista, 2023), que recibió el Premio de la Crítica Valenciana en 2023 y el Premio Miguel Hernández al mérito literario otorgado por la Diputación de Alicante en 2024. Desde hace quince años, mantiene una columna semanal de carácter literario, primero en el Diario de Tarragona, y, en la actualidad en el Diario Información de Alicante. Algunos de sus artículos han sido finalistas del Premio Francisco Valdés de Periodismo Literario. También colabora con asiduidad en otros medios de comunicación y revistas literarias.

En los capítulos 2 y 16 de Herida y dolor («Hope» y «Vita nuova») dice usted: «La llamada literatura de autoficción –y este libro lo es– se ha abonado al exhibicionismo gratuito del dolor». «Humillo mi poco talento literario a la literatura del yo, a la autoficción. Aunque la supuesta ficción duela de forma muy cruel».

Acepto a regañadientes que su obra esté incluida en el género llamado literatura de autoficción. Pero discrepo del todo cuando su deprimido protagonista, el profesor de instituto que busca ser escritor, se incluye dentro del exhibicionismo que sustenta hoy a tantos y tantos colegas suyos. Debo decir que este relato, desgarrado y sensible, me ha parecido un prodigio de sinceridad en el que los padecimientos de una depresión quedan al alcance de los lectores desde la integral honestidad de su narrador; una honestidad que no requiere alardes del ego ni invenciones estrambóticas.

¿Le costó decidirse a poner su enorme talento literario al servicio de un relato que surge desde la profunda intimidad del yo?

Me asaltaron dos escrúpulos a la hora de publicar el libro. El primero tenía que ver con el de la exposición pública. De repente, una enfermedad como la depresión, que suele vivirse desde la privacidad, iba a convertirse en un libro que leería un determinado número de personas. Y yo, que soy muy celoso de mi vida íntima, me sentía incómodo en esa tesitura. El otro escrúpulo era el de la relevancia literaria. ¿Qué aporta a la Literatura con mayúsculas un libro como el mío? Solucioné ambas reticencias: el embarazo ante la exposición pública dejó de ser un problema para mí desde el mismo día en el que confesé a mis alumnos lo que me ocurría. No sé cómo ocurrió, si fue el pesimismo congénito de los noventayochistas o la vocación suicida de los románticos, el caso es que durante una de mis clases de Literatura nacieron las confidencias. Sé que mi testimonio ayudó a varios alumnos que sufrían, como yo, depresión. El ascendente que ejerce un profesor sobre sus alumnos es, a veces, grande, y que aquel sufra la misma enfermedad que viven silenciosamente algunos de sus estudiantes, anima a estos a salir de su ensimismamiento y hablar de su problema. Sé que ayudé a varios alumnos a afrontar la enfermedad. Solo por eso, ya mereció la pena exponerme yo mismo. El otro escrúpulo, el de la relevancia literaria solo se puede solucionar de una manera: haciendo literatura. No quise convertir el libro en una crónica personal ni en un dietario ni, mucho menos, sentar cátedra alguna sobre la enfermedad. Mi intención fue hacer literatura y dignificar con la belleza de las palabras mi dolor. Hui del patetismo y del victimismo y de la pura exhibición e intenté un equilibro muy difícil entre la honestidad vivencial y la literaria. Sé que la vía estilística puede chocar con la cruda realidad de la enfermedad y que puede caerse entonces en la impostura. Pero para eso hay que obligar a la metáfora a supurar y a desangrarse y a convertir la metáfora en verdad.

Como puede comprobar me resisto, tanto en su reseña como ahora, a nombrar como novela a Herida y ventana. Usted, con esta obra, se ha incluido en la ficción (aunque también diga de ella que es «supuesta»), y no ignoro que la voz que la cuenta quiere ser independiente respecto al autor que la ha creado: usted.

Sin embargo, cuesta creer que esa transparencia lograda con las frases de un enfermo por depresión y, luego, al mostrar su alegría por ver cómo va saliendo de ella, sea producto de la invención; que el autor no sea quien realmente pone por escrito una durísima experiencia propia. Además, en los agradecimientos, aparecen nombres de personas reales coincidentes con personajes del libro: así, la mujer del protagonista (Bea) o abuelos y suegros.

Herida y ventana es un libro de gran belleza literaria, y una ayuda para analizar y poder vencer a la depresión. Esto es lo único importante. Pero, ¿puede clarificar un poco dónde acaba aquí la realidad y empieza (si en algún momento lo hace) la ficción?

En el libro, que yo también me resisto a llamar «novela», me desnudo totalmente. No hay ni un atisbo de ficción. Todo es real. Lo que sí hay es un trabajo de literaturización de esa verdad. La estructura, los hallazgos estéticos y una narratividad que haga sentir al lector que se encuentra ante una novela. Que se olvide, incluso, de mí, y que las vicisitudes del «protagonista» trasciendan mi propia anécdota personal para convertirse, por la vía estética y por la verdad experiencial, en un libro que pueda interpelar a cualquiera, haya sufrido o no una depresión.

En la célebre Ante la depresión (Planeta, 1987), su autor, el doctor Juan Antonio Vallejo-Nágera aconsejaba que durante una depresión no se hicieran viajes ni se modificaran las costumbres arraigadas de cada cual. Que dejar pasar el tiempo, con dolorosa paciencia, y envolverse por la más prosaica cotidianidad, resultaban remedios más efectivos que cualquier mudanza.

Su protagonista abandona su profesión y deja las clases para trasladarse a un pueblo semi abandonado. Pretende allí escribir una gran obra literaria. Tras su tentativa de suicidio se encuentra en un evidente período depresivo. Este plan pronto resulta ser un fracaso.

El regreso al instituto, su vuelta al mundo de las cosas pequeñas, domésticas, y el amor que el protagonista da y recibe de su mujer (y por parte de su familia), acaban resituándolo en el camino de la vida...

Tras casi cuarenta años desde la publicación del libro de Vallejo-Nájera, los remedios para combatir una depresión, ¿seguirán siendo, esencialmente, los mismos?

Creo que pese a los avances en neurociencia, psicología y psiquiatría, la depresión, sobre todo la depresión endógena, sigue siendo un misterio. Creemos que sabemos mucho sobre la enfermedad y, en realidad, sabemos muy poco. Por eso no creo que haya una fórmula definitivamente eficiente y cada caso es un mundo aparte. William Styron, que también escribió sobre la depresión en su libro Esa visible oscuridad, cuenta que su dolencia apareció justo después de recibir el Premio Nobel de Literatura, que aparentemente no parece el contexto más propicio para caer en su abismo. Durante la enfermedad, las ideas suicidas estuvieron muy presentes. Pero afirma Styron que tal y como llegó su mal, se fue, así, sin más. No sé cuál es el mejor remedio, sinceramente. Y como he dicho antes, este libro no pretende orientar a nadie sobre cómo curarse. Lo que sí es importante es el apoyo de la familia y su comprensión abnegada.

Tratar con un depresivo no es tarea fácil, puede ser desesperante. Cuenta usted de su protagonista: «El rehén de las sombras solo vive en el presente: su tristeza infinita es en un ahora agónico y perentorio: celda sin ventana y sin avecilla que le cante al albor».

Harta, la madre, al llevar la comida al rehén de las sombras, le dice: «a ese paso vas a acabar en el cantón de los cardos, pudiendo estar, como estás por edad, en la flor del berro».

¿Qué les diría Fernando Parra Nogueras a quienes acarrean la dura misión de asistir y cuidar a un deprimido?

La tarea del cuidador es tremendamente ardua. Sabemos que el cuidador cuida del enfermo, pero ¿quién cuida del cuidador? A los cuidadores yo les diría que, en la medida de sus posibilidades intenten comprender que la persona enferma no es ella misma en ese momento. Mi mujer convivió durante mucho tiempo con un desconocido y yo mismo, al evocar aquellos días aciagos, no me reconozco en la persona que decía y actuaba como me describen ahora los estuvieron conmigo entonces. Detrás del enfermo por depresión, que es siempre un usurpador, se esconde, agazapada, la persona que una vez fuimos, nuestro auténtico yo. Yo solo pediría a las personas próximas al enfermo que no se olviden nunca de eso.

Amelie Nothomb, en su interesantísimo libro sobre historia, cultura y costumbres niponas, Japón eterno (Alfaguara, 2025), confiesa: «Los mejores momentos de mi escritura son aquellos en los que alcanzo esa indiferenciación entre lectores y autores, donde me convierto en mi propia lectora, donde alcanzo un estado de gracia. No me planteo entonces qué puede provocar el texto en el lector: lo sé, porque ya no hay diferencia entre el lector y yo».

Herida y ventana, reflexiona, asimismo, sobre la relación entre escritor y lector. En el capítulo 14, «El dios de Parménides», se lee: «Yo no sé decir las cosas. Mis escritores me asisten. En realidad, todo este libro es un plagio ecuménico. Porque mi soledad es la soledad de todos. Perdóname, lector, por plagiarte a ti también. ¿Sigues conmigo? ¿O ya me he quedado solo?».

Sentir, o proponerse, en el caso de que sea un acto de voluntad, la indiferenciación entre lector y autor de la que habla la novelista belga…, ¿le parece que sea un apoyo para aliviarse durante el solitario proceso de la escritura, y, asimismo, a la hora de conseguir un mayor interés del público?

Por supuesto. Como dije antes, traté de aplicar los resortes narrativos que permitieran leer este libro como una novela y no como un anecdotario personal, que no habría tenido el mayor interés. Y a mí, como escritor, ese distanciamiento me permite salir de mí mismo y objetivar mi dolor para entenderlo mejor.

Centrándonos en su narrativa, ¿cuál de sus novelas diría que resultaría más acertada para continuar el gozo lector que ha supuesto descubrirle?

Es que son muy diferentes. Muchos lectores me dicen que parece que mis tres libros anteriores los hubieran escrito tres escritores distintos. Aunque hay quien dice que siempre estamos escribiendo la misma novela, a mí me gusta huir de encasillamientos, explorar otros registros, cambiar radicalmente de temas, aunque es cierto que el tema de la culpa y de la identidad están presentes en todos mis libros. No sé, Persianas es una evocación nostálgica de los años 80, muy generacional; un libro blanco y tierno, perfecto contrapunto de Herida y ventana; aborda también la crisis de identidad de los charnegos en Cataluña; es una defensa de la fantasía y el contexto se centra en los atentados terroristas que ETA perpetró en Tarragona y en Barcelona en 1987. El antropoide cuenta la caída en los infiernos de un adicto al sexo y su paulatina autodestrucción; es un libro duro e intenso; y Las cinco vidas del traductor Miranda fabula sobre la identidad del traductor español, amenazado como los otros, de Los versos satánicos de Salman Rushdie. Ya ves que son muy distintos.

¿Puede adelantar para EL IMPARCIAL algo de cómo será, después de una entrega tan intensa y personal como esta Herida y ventana, su próximo proyecto literario?

Como suele ser habitual en mí, ando embarcado en varios proyectos literarios, algunos de ellos bastante avanzados, como un libro de relatos, que creo que será mi próxima publicación. Muchas veces voy escribiendo simultáneamente varios proyectos y ocurre que espero a que uno de ellos me seduzca más que los otros para centrarme en él. Pero, sobre todo, y mientras tanto, estoy en un arduo proceso de documentación para una futura novela que me hace mucha ilusión y que está ambientada en los primeros años del siglo XX.

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