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CRÍTICA DE CINE

Los domingos. ¿Está preparada una adolescente para tomar decisiones vitales?

Fotograma de 'Los domingos'.
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Fotograma de 'Los domingos'. (Foto: BTeam Pictures)
Joaquín del Palacio
jueves 26 de marzo de 2026, 12:38h

Estoy seguro de que Los domingos es una película que tiene tantas interpretaciones como espectadores. A mí lo que más me marcó fue la sensación de que la adolescencia, con toda su fragilidad, es un momento complicado para tomar decisiones, un momento en el que alguien que no tenga las cosas claras puede caer en un error que condicione el resto de su vida. La propuesta de Alauda Ruiz de Azúa nos lleva hacia las dudas existenciales de una chica que quiere ser monja. Una chica aparentemente segura de sí misma y cuya decisión conduce al colapso de una familia que no sabe cómo guiarla. Al final, lo que sospechamos es que la decisión no depende tanto de ella como de quien mejor ejerza la influencia adecuada. Es la vida misma y aquí se cuenta con mucha intención.

Cuando Dios está presente en un relato los mortales nos desorientamos pues todo está condicionado por esencias que no se manifiestan con claridad. El caso de Los domingos como propuesta de entretenimiento es en sí misma un milagro. ¿Cómo es posible que algo a priori tan poco atractivo para las mayorías cautive por completo al espectador? Tras verla entiendo que el mérito de esta hazaña recae en su directora y guionista, Alauda Ruiz de Azúa, que sabe meter el dedo en la llaga y plantear preguntas que dejan al espectador asediado por dudas que antes no tenía.


La intolerancia

La película se dirige directamente a nosotros y nuestra capacidad de juzgar. Se vale de personajes, situaciones y diálogos que sirven para explorar las fisuras de una familia, las grietas por donde se filtran la intolerancia, el egoísmo y la falta de respeto hacia las decisiones de los demás, por descabelladas que estas parezcan. Y aquí entra en escena otro factor que nos desgarra, y es ver cómo personas adultas con la mejor intención intentan ayudar a sus seres queridos, seguros de que se están equivocando cuando quizá los que se equivocan son ellos. Y nosotros, desde la sala, somos sus árbitros. Porque lo magistral de esta propuesta es que todos tienen su parte de razón, todos quieren a Ainara (Blanca Soroa) y por ello lo que se plantea ante nuestros protagonistas es la duda, y de ella sale el conflicto.

Y otra visión que nos atenaza es que en el fondo lo que mueve a esta chica es la idea de escapar, de encontrarse con una realidad mucho más sencilla dentro de un convento donde todo está ya dicho, es decir, eliminar el pensamiento crítico y someterse al dogma que la evitará pelear contra la realidad. Y esa realidad no tiene las paredes del convento, es un recorrido personal ilimitado, mucho más complejo: Es la vida real, la de su tía/referente.

La propuesta tiene por tanto una enorme extensión filosófica y sería complicado comprimirla en las pocas palabras que admite una crítica de cine. En mi humilde opinión la película habla más de lo que supone una ruptura de la constelación familiar y sus tristes derivadas que de la propia fe o no fe. Pero a la vez abre un debate sobre la facultad de elegir libremente, y sobre la capacidad de entender y enfrentar la vida para una adolescente huérfana de madre a la que le faltan muchos referentes, una adolescente que busca en el más allá los afectos que le faltaron en el más acá.

Un personaje fundamental en esta historia es Mayte (Patricia López Arnaiz), tía de Ainara, muy unida a ella, que hace las veces de esa madre que murió años atrás. Mayte es una mujer perdida —y atea— que atraviesa dificultades con su propio marido y con su vida, que se está desmoronando a toda velocidad. Desde esa posición desorientada ve el abismo que aparece bajo su sobrina y lo intenta evitar de una manera cariñosa primero y después torpe y agresiva. El contraste entre la lucidez pacífica y tranquila de la niña —aunque por momentos rayando una divinidad aterradora— y el nerviosismo y la frustración de su tía compone en gran parte la magia de Los domingos. Ellas no cambian a lo largo de la película, pero sí su relación. Donde antes había confianza, cada vez hay más secretismo y recelo. En la inocencia y el silencio de Ainara reside su fuerza, y en los gritos y rabia de Mayte, su debilidad. Eso sale a relucir en el ultimo tercio de la película, con interpretaciones magistrales de ambas. Por otro lado, está la figura de un padre (Miguel Garcés), ausente en todos los sentidos. Un padre que prefiere dejarse aconsejar por su hermana y que dejará entrar en el convento a su hija por incapacidad para encarar esa discusión y quizá también por penosas razones económicas. Lo extraordinario de la historia es que todo queda semi velado y se deja a nuestra imaginación y comprensión, nos obligan a juzgar. También nos hacen sentir que falta diálogo, se nos cuenta una fe dramática que viene de antes, que no sabemos cómo se gestó, y Ainara no nos la explica, tenemos que intuirla, se refugia en sus silencios y eso nos frustra como espectadores y a la vez nos llena de gozo.


Distintos puntos de vista

Esta película te hace pensar. Te hace sentir que los límites de la razón llegan hasta un lugar a partir del cual hay otros límites distintos. El mero racionalismo de Mayte no es suficiente para convencer. La sensación de abducción sectaria o de hipnosis idiotizante que nos deja la niña en ciertos momentos nos hace sentir que la tía debe seguir intentando su misión. Después empiezas a comprender que hay algo más, algo que se nos escapa a casi todos. Esa niña es inteligente y no podemos asegurar que todo lo que le ocurre sea una estafa. Hay una escena donde nos explican mucho de esa guerra soterrada que libra la niña en su interior. Un intenso duelo, memorable, entre dos mujeres inteligentes y de carácter duro que son la madre priora (Nagore Aranburu) y Mayte, dos personas que de algún modo se conocen en lo más profundo sin haberse visto nunca, porque son dos modos opuestos de ver el mundo, irreconciliables.

Si hay algo que me ha dejado mal sabor de boca es la reacción final de Mayte, tan llena de rabia y de venganza, movida sobre todo por cuestiones económicas. Ese final con los planos entrelazados de tía en el notario y sobrina en la iglesia es una especie de resumen entre lo terrenal y lo esotérico, sobre todo porque pone del revés todo lo que había acontecido previamente. Es decir, intentas ayudar porque tienes amor, y como no lo consigues ese amor se convierte en odio y en cierto modo das la razón a quien pensaba que fuera del convento todo eran intereses mezquinos insustanciales e insatisfactorios. Y la escena ocurre bajo preciosa música celestial, coros divinos que te llevan aún más lejos, que te hacen trascender casi como a esa niña. Ruiz de Azúa utiliza muy bien el juego de colores y de luz, las posiciones de la cámara para reflejar distintos estados de ánimo y hacernos partícipes de ellos a los espectadores. Quizá esos juegos de luz nos condicionan y nos obligan a tomar partido tanto como los diálogos y la trama y ahí la directora sí que nos intenta influir.


Reflexiones finales

En esta película el argumento es menos importante que el trasfondo. Estoy seguro de que cualquier espectador con algo de sangre en sus venas tomará partido, porque es una de esas historias en las que no puedes abstenerte y porque entiendo que se creó para eso. Yo confieso que tomé partido sin fisuras por Mayte, y conforme avanzaba la película empecé a tener ciertas dudas, y en los tramos finales las dudas fueron totales. La humanidad que emana de Los domingos te sitúa ante personajes complejos dentro de un relato nada maniqueo, con elementos que confluyen y te impiden ser partidario del todo. Libertad de elección contra libertad de pensamiento. Es un complicado debate/dilema que los muy religiosos tendrán claro, pero yo que no lo soy —tampoco ateo, que esta crítica la leerá mi madre y no quiero líos— no lo tengo tan claro y eso es lo inteligente de esta propuesta: que nos hace dudar; y como decía Aristóteles, La duda es el principio de la sabiduría.

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