El cine como tantas otras cosas de la vida necesita encasillar, y por tanto cuando una película es inclasificable no funciona en taquilla porque el público no sabe a qué atenerse. Ben-Hur fue la excepción a todas esas reglas pues además de inclasificable, es un exceso grandioso y desmedido que engloba decenas de temas y géneros y pese a ello —o gracias a ello— es una obra extraordinaria. Coronada con once Oscar, entre ellos mejor película, mejor director y mejor actor —para un melancólico y desorientado Charlton Heston—, esta película sigue funcionando como un cohete casi setenta años después. En este breve artículo intentaré explicar por qué es tan grande.
El argumento (muy resumido)
Judá Ben-Hur (Charlton Heston) es un príncipe judío que se reencuentra en Jerusalén con su amigo de la infancia, el romano Messala (Stephen Boyd). Los niños son ya hombres y sus diferencias políticas y religiosas han quedado tan remarcadas que por acontecimientos imprevistos y casuales pasarán a declararse enemigos a muerte. Judá es condenado a remar en galeras, pero obtendrá la libertad gracias a una proeza y triunfará como hábil auriga en el circo. Entonces planea también su venganza, que llegará de una manera épica, y además salvará a su madre y hermana de una muerte segura en una leprosería sin aire acondicionado ni servicio de cátering y consiguiendo el premio gordo de un milagro final en forma de sanación de la lepra.
William Wyler siempre fue un director muy meticuloso, algo fundamental cuando te enfrentas a una producción titánica como esta. Si bien estaba especializado en otro tipo de contenidos, por razones del destino se encontró delante de Ben-Hur, la película con mayor presupuesto hasta ese momento, con más de quince millones de dólares, cifra que incluso hoy en día sería altísima para el cine patrio. Su manera de rodar le obligaba a repetir multitud de veces las tomas hasta dar con la teóricamente perfecta, y además utilizaba varios ayudantes de dirección para las distintas escenas satélite, así como directores de segunda unidad (entre ellos tuvo a Sergio Leone como responsable de las escenas marítimas). La famosa secuencia de la carrera de cuadrigas fue preparada, filmada, dirigida y editada íntegramente por Andrew Marton (director de Las minas del rey Salomón). Es esta escena el punto culminante e icónico de la película y aún hoy conserva una audacia y una energía insuperables.
Miles de cambios sobre la idea original y diez guionistas
Lo curioso de Ben-Hur es que está repleta de ejemplos que demuestran que, si se hubiera seguido al pie de la letra el plan original, no habría sido el fenómeno que fue. Hablamos de un milagro —como si la película se hubiera beneficiado del aura de su historia— cuyo hilo conductor y subtrama no son otros que la vida de Jesús (su nacimiento, su reconocimiento como tal, su crucifixión y su resurrección), que interactúa en varios momentos clave con la de Judá Ben-Hur, culminando en el famoso milagro final de la lepra curada a la familia del protagonista. Película bíblica, epopeya histórica, película de acción y aventuras, e incluso película gay: Esto último debo explicarlo bien para no escandalizar a los meapilas. Ben-Hur, basada en una novela de Lewis Wallace, tuvo diez guionistas distintos Al final el principal fue Karl Tunberg y el secundario más importante Gore Vidal. Este último gozaba de un enorme prestigio y convenció tanto a Wyler como a Stephen Boyd sin decir nada al homófobo Charlton Heston de que entre Messala y su personaje había existido una previa historia de amor homosexual. Al ver en la película las miradas de Messala a Ben-Hur descubrimos que no son las de un amigo sin intenciones aviesas —mis amigos por suerte no me miran así—. Además, ese amor no correspondido es en parte reconocible en la propia trama pues es lo que genera la rabia infinita del desamor.
Ben-Hur es un poco de todo a la vez: una especie de malentendido inicial cuya diversidad de posibles interpretaciones, intencionadas o no, la convierte en un espectáculo entretenidísimo que por supuesto no tiene el menor rigor histórico, ni lo busca, ni lo necesita. Gran parte de su majestuosidad viene dado por el sistema de rodaje con cámaras de 70mm y una fotografía a cargo de Robert Surtees que es sensacional en todo momento. Surtees sumerge la imagen en la oscuridad total para que nos adentremos en ese mundo fantasmagórico y a la vez épico. Podemos verlo con claridad en la magnífica secuencia cuando regresa Ben-Hur a la colonia de leprosos a buscar a su madre. Ese formato panorámico le permite jugar hábilmente con la tensión entre los bordes del encuadre, la nitidez y la profundidad de campo.
El texto subyacente a toda gran obra
El contenido principal que todos veremos en Ben-Hur es evidente y trasciende el relato bíblico para ofrecer una reflexión profunda sobre la libertad, la fe y el poder. Pero mirando de manera detallada descubriremos otra capa que no es meramente histórica, y es su capacidad para operar en dos niveles, el del pasado narrado (la Judea sometida por Roma) y el del momento en que fue filmada (la América capitalista enfrentada al comunismo soviético). La Judea sometida se simboliza en represión, esclavitud y desigualdad social mientras la Roma conquistadora lo hace en opulencia y es despiadada, estructuralmente corrupta y moralmente decadente. Ben-Hur nace en plena Guerra Fría, en un mundo bipolar dividido entre dos grandes bloques. Para el público estadounidense, habituado a identificar a la Unión Soviética con la represión, el ateísmo de Estado y la negación de las libertades individuales, el paralelismo con Roma resulta claro. Este tipo de valoraciones pueden suscitar controversia, pero está más que demostrado que los cineastas americanos de la época seguían directrices y postulados políticos y, fueran o no de su gusto, para seguir trabajando debían atenderlos. En todo caso es un hecho real que esto existía, y a la vista del resultado final, con una URSS desaparecida quizá hasta fue útil colar esos mensajes subliminales.
Algunas particularidades del rodaje y la producción
Sam Zimbalist (Las minas del rey Salomon, Quo Vadis), productor estrella de MGM y de esta película, ofreció inicialmente el papel principal a Paul Newman. Este, poco convencido de su propia actuación en ese tipo de cintas testosterónicas alegó que no tenía (sic) piernas atractivas. Marlon Brando fue considerado también sin éxito y luego la producción exploró otras opciones de calado: Kirk Douglas, Burt Lancaster, Rock Hudson. Al final fue el propio Wyler quien sugirió al estreñido Heston, un actor tan famoso como limitado.
El rodaje se extendió durante ¡diez meses! en Italia, tras dos años de preproducción. Tan solo la secuencia de la carrera de cuadrigas requirió tres meses de preparación y filmación (una película española media se rueda entera en tres o cuatro semanas); unos diez caballos murieron en el proceso. Si os fijáis atentamente (yo lo he hecho) notaréis algunos errores de continuidad inevitables y las marcas poco romanas de los neumáticos de los vehículos de cámara. Se necesitaron catorce meses para construir los trescientos decorados de la película y reunir un millón de accesorios. Los decorados incluían una recreación de Jerusalén, un lago artificial para la batalla naval y un vasto estadio de seiscientos metros de largo. Alrededor de cien diseñadores de vestuario crearon más de ocho mil bocetos que se usaron. La película también es famosa por haber reunido el mayor número de personajes con diálogo y decenas de miles de extras, lo que da una idea del nivel de superproducción. Zimbalist murió de un ataque al corazón durante el rodaje por la presión a la que estaba sometido y recibió un Oscar póstumo. Podría seguir vomitando datos, pero creo que es suficiente para esta Semana Santa tan incierta.
La producción a tan gran escala adolecía de cierta falta de espontaneidad y de fuerza y por momentos los argumentos tenían un toque infantiloide. Sin embargo, tras su estreno, la película fue un éxito absoluto, alcanzando la cúspide de la época dorada de Hollywood, un periodo mítico que estaba a punto de iniciar su inevitable declive. En comparación con otros éxitos de taquilla bíblica como Los diez mandamientos o Quo Vadis, Ben-Hur parece más realista y más moderna. William Wyler preservó el drama íntimo en medio de la monumental historia.
Los tiempos han cambiado y el cine ha ido a peor, como nosotros. Ahora las estrellas visten con chándal, se permiten ir con la cara lavada —eso sí, llena de bótox—, llevan a sus hijos al parque, cocinan, lavan los platos, hacen la compra, y eso desmitifica ese Hollywood dorado que tan lejos nos queda ya. Al menos su obra permanecerá para siempre gracias a estas superlativas producciones, tan imperecederas como sus estrellas.
Para el debate en comentarios: ¿Qué película del siglo XXI verán nuestros nietos dentro de setenta años como vemos hoy Ben-Hur?