[Herida y ventana se presenta el próximo sábado 11 de abril, a las 12h., en la Librería Sin Tarima, calle de la Magdalena,32, Madrid. Entrada libre hasta completar aforo]
Fernando Parra Nogueras regresa en esta ocasión al territorio de lo propio que ya exploró y revistió de ficción en Persianas (2019), su primera obra, una deliciosa novela de iniciación en la que un niño llamado Rodrigo va descubriendo la vida y alguna que otra decepción en el colegio y las calles de su barrio obrero de Tarragona. Dos años más tarde (2021) nos presentó El antropoide, donde, aunque bastante más enmascarada por la ficción, es posible que se encuentre una novela de formación ambiguamente autobiográfica, a despecho del narrador en tercera persona.
Con Las cinco vidas del traductor Miranda (2022) se distanció de lo personal como centro de atención con el fin de tributar un homenaje a Salman Rushdie, el escritor perseguido y agredido por fanáticos, entonando un canto a la libertad inexcusable del creador y elogiando el coraje de quienes se arriesgan en defensa de la víctima.
Aunque el narrador nos indica que procede del “Infierno” de la Comedia de Dante, Herida y ventana, título breve y plástico -podría nombrar un cuadro de Juan Gris-, inquietante y disémico, suscita la curiosidad del lector. El protagonista y voz narradora en primera persona -salvo algún párrafo sarcástico en tercera a modo de alegato o apóstrofe al lector (p.209)- es un escritor, profesor de Literatura, que no vela su identidad en ningún momento. Su nombre es el que figura en el libro en calidad de autor. Por tanto, no es preciso mencionarlo ni una sola vez.
Habitante durante un tiempo del tenebroso mundo siempre individual y único de la depresión, el autor nos relata su desajuste vital con cuidadoso detallismo y una prosa poética y bella que realza y enaltece el tenor doliente de lo expresado.
Paso a paso, en su residencia habitual y lejos de ella, con la soledad - “la mayor de las soledades, aquella que se vive rodeado de gente” (p.101) como único testigo, estancándose y zigzagueando, el narrador-protagonista entabla un combate íntimo sin reglas ni instrucciones que seguir. Ni siquiera sabe si buscar la oriundez del mal es lo pertinente o acaso estuviera destinado desde el vientre de su madre a ser un tipo afligido y sin acomodo.
Al escudriñar al milímetro el hondón angustioso en el que ha caído sin saber bien el porqué, su yo atribulado no encuentra motivos palmarios que lo expliquen. Sin embargo, ha de esforzarse en la pesquisa del mal. Los días de encierro en el Noguero, la casa de lo alto del pueblo de olivares de los abuelos, se justifica porque el protagonista va a escribir un libro, necesita hacerlo por cuestión de “supervivencia”, afirma, y por la culpa que le mortifica a causa del torbellino que ha levantado en su entorno.
Así, asistimos al relato acerca de cómo discurre el itinerario del “Purgatorio” para llegar al “Paradiso”, con reservas (“Ma non troppo”), que constituyen las dos partes centrales del libro. El “Inferno” se reduce a cuatro frases negativas en primera persona que expresan el desconcierto, la abulia, la impotencia y el temor, condiciones que disuaden de la escritura. Sirven de preámbulo a la estancia en el campo, unos capítulos que dan cuenta de la fase más aguda del mal y el encierro subsiguiente en el domicilio propio.
En algún momento al lector le retumba El grito de Munch preludiando la desesperación. No obstante, el tono nunca es quejumbroso a la manera narcisista por más que el protagonista exclame con resentimiento al oír el regocijo del pueblo en fiestas: “Su alegría me hace daño” (p.84) o se duela con reiteración y perplejidad de la estampida de tantos amigos, incluidos los mejores.
Los recuerdos de días alegres -el baile con Bea al salir del baño, Bea y su fruición con el queso de oveja- y la comparecencia episódica de personajes simpáticos como el cubano de la quesería iluminan la penumbra e infunden siquiera mínimamente unas gotas de esperanza. A ello contribuyen igualmente la autoparodia, el humor desenfadado, el humor negro (p.60) y la ironía. Otras fórmulas para aliviar un instante la bruma angustiosa son la rememoración de momentos de la infancia (p.127), parecidos a los que leímos en Persianas y el deseo vivo de que no se esfume nunca el asombro del niño (p.148).
También atempera la pesadumbre el divertido juego de letras que remata el relato del desasosegante insomnio. En la misma línea están los juegos verbales con “bea” inicial o intercalado en vocablos compuestos a modo de lexema provocador de neologismos afectivos e ingeniosos, “beatificamente”, (p.19), “intrabeanosa”(212), o el capítulillo 38, dedicado a este disílabo que, como vemos, contiene un mundo. Otro aspecto destacable es la crítica lúcida al neorruralismo impostado y al tópico del escritor maldito (p.51).
La escritura es rica en registros que el autor maneja y combina con pericia. Aunque muestre una tendencia a ornar la prosa con figuras variadas, citas y referencias clásicas de grandes autores como Dante y su Comedia, Poe o Cervantes, es a la par una lengua viva y coetánea, que fluye con ligereza y euritmia, crea compuestos descarnados, “padresonda”, y emotivos como los mencionados e incorpora anglicismos recientes, tales como “play”, “lectores-reality”, “blíster”, “posits”, “foodies”. “mindfulness”, “skyline”.
En una primera lectura, podría entenderse la obra como la novela del pedregoso reencuentro del protagonista consigo mismo después de haber morado entre “las sombras”, como nos precisa. Pero no haríamos justicia al reducir una composición de este porte a la trama más explícita. Herida y ventana versa asimismo sobre los afectos en el ámbito de la familia heredada y la elegida, sobre la amistad y sus flaquezas, sobre la culpa y sobre aspectos absurdos e insondables de la condición humana.
La umbría alcanza y condiciona la vida de los seres más cercanos; los padres se desplazan hasta el pueblo para atender al enfermo, y la mujer, Bea, está esperando y enviando su apoyo desde la distancia pese a estar aquejada a su vez de una torturante dolencia de origen misterioso. Ambos se atienen a un fatídico turnismo perceptible en el doble cerrojazo del que va a trabajar en cada caso y el que queda incapacitado en el domicilio.
La mirada adentro y sin embozo del escritor, la exigencia de su pluma, la difícil prueba de la confesión se aúnan y dan origen a unos efectos que nos descubren la doble condición de novela confesional y recensión; escritura y comentario; narración y cuestionamiento de lo dicho; tratado de la tristeza: “No hay belleza en el dolor sin tregua...” (p.203); “Los tristes se reconocen entre sí” (p.207).
Son muy sugerentes las observaciones acerca del léxico de los lugareños del pequeño y medio despoblado pueblo olivarero de los padres y abuelos difuntos, cuyo cementerio, donde aparece un equívoco hombre del impermeable, “es casi un panteón familiar”. Por ejemplo, la voz ancestral “lavariento”, el uso poético de “nube” en sinécdoque de “tormenta” o las evoluciones populares que dan en “clisado”, “vedriao” o “levantá”.
Tal vez sea la veta lírica la más sobresaliente en la escritura de Parra Nogueras desde Persianas. En Herida y ventana, por el tema y la desazón ambiental aflora más de una vez el tono elegíaco o de endecha: “La hija que nunca tendríamos” (p.66); el comentario del abandono del mundo rural -que siembra el desconcierto entre los mismos gallos- y sus desdichadas secuelas, sin olvidar, por otra parte, las magníficas descripciones de paisajes y vistas del lugar serrano y sureño y su enclave.
La prosa del capítulo “Quebrar albores”, en el que el escritor evoca los objetos de la casa donde se aloja alcanza una belleza y una emotividad serena muy difíciles de aquilatar. Hay momentos en que tenemos la impresión de estar leyendo una reunión de prosas poéticas. Porque, al igual que en el título de la autobiografía de Goethe, Poesía y verdad o de mi vida, en Herida y ventana se emparejan con sumo acierto lo poético y lo franco, por más que en “Omisión”, brevísimo capítulo casi aforístico, el autor se cuestione la veracidad de la literatura de lo propio.
El título de la novela y el nombre sonoro y ancestral del lugar, Chilluévar, no los leemos hasta el colofón.