A finales del siglo XVIII, la Mancomunidad Polaco-lituana, que había dado momentos del gloria a Europa y la había salvado a las puertas de Viena en 1683, daba señales de agotamiento. Arruinada por las guerras, exhausta por el sacrificio de tropas y desgarrada por las divisiones internas, había sufrido ya una partición a manos de sus vecinos: el Imperio Ruso, el Imperio Austriaco y Prusia. Las tres potencias habían ido repartiéndose trozos de Polonia.
Sin embargo, el 3 de mayo de 1791, la Mancomunidad lanzó un canto de cisne llamado a conmover a toda Europa. Aquel día de primavera el Sejm, el parlamento del Estado nacido de la Unión de Lublin en 1596, trataba de dar nueva vida a los huesos cansados de Polonia y Lituania. Sin embargo, no era fácil: los sectores más conservadores de la nobleza polaca, apoyados por el Imperio Ruso, se oponían a reformas que pusieran en peligro sus privilegios.
Los partidarios de las reformas recurrieron a una estratagema para evitar el bloqueo de los conservadores: adelantaron el inicio de las sesiones dos días sabiendo que los nobles estaban retirados en sus haciendas con ocasión de las fiestas de Pascua mientras que los reformadores se habían idio aproximando a Varsovia a la espera de acontecimientos. Era legal, pero arriesgado. Para evitar problemas, se desplegaron guardias en los alrededores del Castillo Real de Varsovia, donde debía votarse la que se llamaría Ley de Gobierno, que contaba con el apoyo del rey Estanislao Augusto Poniatowski. En la redacción habían participado figuras como Ignacy Potocki y Hugo Kołłątaj. Se trataba de transformar la Mancomunidad en una monarquía constitucional eficaz, limitar el derecho de veto que impedía reformas legislativas, fortalecer el gobierno, reconocer mayores derechos a las ciudades y proteger a los campesinos. En la calle, el pueblo de Varsovia se había congregado en apoyo de las reformas. Al final, los reformistas se impusieron en el Sejm.
Lo que vino después lo inmortalizaría el pintor Jan Matejko en su cuadro «La Constitución del 3 de mayo de 1791»: en loor de multitudes, el rey, los diputados y los partidarios de la Constitución marcharon desde el Castillo Real hacia la catedral de San Juan de Varsovia, donde entonaron el Te Deum en acción de gracias. La presencia del pueblo y el rey simbolizaba tanto la unidad nacional como la transformación del Estado desde sus propias instituciones. La acción de gracias convertía la reforma constitucional en una especie de bendición para la patria por la que se daban gracias a Dios.
Se trataba de la primera Constitución de Europa y suponía un ejemplo de modernidad que prefiguraba el liberalismo. Así, reflejaba ideas de la Ilustración: soberanía de la nación, separación de poderes, gobierno racional, reforma institucional y bien común. Eliminaba el derecho de veto a las leyes. Reconocía amplió los derechos de la burguesía urbana y mejoraba la situación de los campesinos al ponerlos bajo la protección del gobierno y de la ley. La monarquía dejaba de ser electiva y pasaba a ser hereditaria, lo que le daba mayor estabilidad, al tiempo que quedaba sometida a la ley de modo que el rey lo era dentro de un marco constitucional. El poder de las grandes familias nobiliarias quedaba reducido por el propio fortalecimiento del Estado y la supresión del derecho de veto.
No es, pues, sorprendente que los opuestos a las reformas se organizasen para volar por los aires la Constitución recién nacida. Al año siguiente, en mayo de 1792, las grandes familias se agruparon en la Confederación de Targowica y pidieron una intervención rusa en defensa de la «libertad dorada», que en realidad sólo las beneficiaba a ellas. De inmediato tropas rusas cruzaron la frontera de la Mancomunidad. La guerra que siguió fue conocida como la guerra ruso-polaca de 1792 o guerra en defensa de la Constitución. El conflicto enfrentó a los defensores del nuevo orden constitucional contra Rusia y los confederados de Targowica. En defensa de la Constitución combatieron.
Uno de los episodios más importantes fue la batalla de Zieleńce, en junio de 1792, donde las fuerzas polacas obtuvieron una victoria táctica. Tras esa batalla, se creó la condecoración militar Virtuti Militari, la más importante de las medallas que puedan ganarse en el campo de batalla. Sin embargo, temeroso de las consecuencias de una guerra prolongada y deseando evitar un mayor derramamiento de sangre, el rey se unió a la Confederación de Targowica en julio de 1792 después de que el Consejo -órgano del poder ejecutivo- decidiese la adhesión a la Confederación o la rendición ante la superioridad rusa. Esto fue un golpe moral para los defensores de la Constitución y acabó con la resistencia organizada. La Constitución permaneció en vigor menos de quince meses.
Lo que vino después es conocido: las particiones de 1793 y 1795, la desaparición de Polonia de los mapas hasta su restauración en 1918 y una serie de heroicos levantamientos en los que la nación polaca demostraba que seguía viva. Sin embargo, el espíritu constitucional no desapareció. Ideas como la del gobierno imitado por la Constitución, la separación de poderes, la supremacía de la nación por encima de los privilegios particulares, la supresión del veto frente a la mayoría, los derechos de la burguesía y el campesinado y otras contribuciones de la Constitución de 1791 alentaron el patriotismo y el liberalismo polacos durante más de un siglo.
Hoy esta columna lo recuerda.