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Relatos

Tomás González: Vista del abismo

lunes 04 de mayo de 2026, 01:48h
Tomás González: Vista del abismo

Alfaguara. Barcelona, 2026. 206 páginas. 18,91 €. Libro electrónico: 8,54 €.

Por Aránzazu Miró

Tomás González es un escritor colombiano de la región de Antioquia que sin embargo comenzó a publicar en el momento en que partió a Estados Unidos, donde se dedicó a escribir y a la traducción como actividad monetarista. De 1983 es Primero estaba el mar, una impactante primera novela que sitúa su narrativa en un listón muy alto de comprensión vital, filosófica y emotiva del hombre y su entorno.

En España se hizo conocido a partir de la publicación en 2011 de su novela La luz difícil que se mantiene como una obra de impacto, aunque en un ámbito en que parece considerársele todavía como escritor de culto, mientras en su continente acaba de ser aclamado por el conjunto de su obra con el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas que concede el Ministerio de las Culturas de Chile.

Si La luz difícil –no me resisto a recomendarla como excepcional– transcurre en Nueva York, el resto de su narrativa que yo he alcanzado a leer ocurre toda en su tierra, a la que regresó a principios de siglo. De Medellín al enclave del embalse de Peñol-Guatapé, esa represa artificial que se tragó una pequeña población, en que, sin mencionarlo jamás, se sitúan sus narraciones. Allí se sitúan todas las de Vista del abismo, una recopilación de cuentos en que el abismo es tema central, desde todos los puntos de vista.

Las primeras líneas dicen: «Hace cincuenta años un matrimonio dividió su casa en dos para no tener que separarse del todo, pues se querían, pero no se soportaban.» Es el abismo en la pareja. Esa casa acabará bajo las aguas, y esa pareja recibirá nombre y merecerá diversas apariciones a lo largo de las narraciones, todas con mucho en común aunque muy distintas, que concluye con una narración de cuatro amigos, «también ellos parecían despeñados por este destino que a todos nos fue concedido...» para concluir con una frase que ocupa, sola, la última línea: «El opulento abismo».

Tomás González escribe intenso, escribe metafórico, escribe con una precisión del lenguaje en que nos narrará con una sutileza extraordinaria actos de amor, pero también actos de revancha o de muerte. La niña que se ahoga en ese protagónico embalse «flota sobre la profundidad de lo que habían perdido». Hay algo de sueño y un cierto realismo mágico que –a mí–me desconcierta cuando supera lo real, como en Cenizas; pero en general, los cuentos son tan vívidos, con sentimientos y situaciones tan bien interpretadas, que emocionan.

El abismo es protagonista, por supuesto, porque no solo desapareció la ciudad bajo las aguas, que en períodos de sequía resurge, sino que la ancianidad vence, la decrepitud es real, el alzhéimer o cualquier otra forma de pérdida de memoria subyace, como también el abuso del alcohol, siempre desde una lectura muy poética. «Lo pequeño conforma el mar de la vida, dije», el narrador protagonista de Los niños de la gruta en que es el destino quien acerca la muerte. «Muy duro todo, pero qué más pueden hacer las abejas, aparte de hacer lo que hacen las abejas. Maldad no hubo».

Estos espléndidos relatos tienen su tempo y espacio justo; es a mí a quien la brevedad me deja con ganas de saborear la narración más detenidamente. Así que, por suerte, tengo una larga lista de novelas a mi disposición de Tomás González, el colombiano que por fin se instala con todos los honores en nuestras estanterías.

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