8/10
Antes de comenzar a desarrollar sepan ustedes que Paolo Sorrentino es uno de mis directores adorados, así que esta crónica puede desbarrar hacia lo indebido. También debo decir que aunque La Grazia es una de las películas más alejadas de su particular universo, sin duda lleva su sello. Y digo que está alejada porque tiene una temática menos difusa que anteriores propuestas y es más fácil definir su trama: básicamente trata de un presidente de la república italiana que en sus últimos días de mandato debe indultar a dos presos y ratificar una ley de eutanasia que va contra sus ideas religiosas. Sorrentino es imagen, es pausa, es observación, es melancolía, es surrealismo, es poesía, es música, es cámara lenta, es liturgia y aquí hay todo eso, y también ideas y debate sustancial de fondo.
La primera película de Sorrentino que vi en mi vida fue La gran belleza. Me quedé sobrecogido por la gran acumulación de iconos, miradas, colores y poesía filmada con enorme arte, con gran delicadeza, como si el cine fuera un lienzo en movimiento en el que dibujar en tres dimensiones. Tanto que eso me forzó a ver todas las demás, me descubrió un nuevo cine con otra perspectiva. Aquí firma algo que quizá tiene menos potencia visual, menos poesía, aunque en algunas escenas es Sorrentino en estado puro. Este autor es hoy uno de los pocos, sino el único, que ha puesto por delante la imagen del contenido y eso ha generado un cine a menudo con pocos diálogos, primando sensaciones sobre argumentos. Esto debería reducir su audiencia, ya que hay poca gente que aprecie de verdad lo etéreo, lo onírico, lo poético: la masa prefiere ver al Capitán América luchando contra Godzilla que ver el mundo nocturno decadente Roma a través de la mirada de Toni Servillo, cargada de aviesas intenciones. Esa decadencia, esa sensación de indolencia, de inconsistencia y de hastío están presentes aquí de otra manera. Mariano de Santis (Toni Servillo, siempre él), un presidente de la república demócrata cristiano está finalizando su mandato. Es un eminente jurista y está en un dilema. A lo largo de su carrera ha sido capaz de evitar tomar decisiones incómodas, las ha conseguido desplazar, y ahora de nuevo podría hacerlo si quisiera. Está cansado, tiene dudas y le da la sensación de que a su alrededor todo el mundo tiene las cosas claras. "En la duda está la belleza" le dice a su hija, consejera en presidencia. Sus decisiones finales versan sobre dos temas distintos: Debe firmar una ley sobre la eutanasia y debe firmar dos indultos. Cada uno de esos temas será parte fundamental de esta película, pero como siempre en Sorrentino, hay más sueños, fetiches, y requiebros que contenido puro. Es un maestro del escenario y Servillo su fetiche que siempre lo borda, siempre es genial. De Santis descubre que le apodan a sus espaldas "Hormigón armado" por su capacidad para no hacer nada y siente que ha pasado por la vida sin pena ni gloria y ha sido incapaz de tomar decisiones. Eso se acentúa en las conversaciones con su hija, con la que ha sido muy distante toda la vida y le hace replantearse esos pocos meses que le quedan en el cargo. La palabra "coraje" resuena una y otra vez, como si hablara de un eco que pudiera cambiar todo el país, como si Sorrentino pretendiera el paso de lo tradicional a lo moderno y progresista valiéndose de una utopía hoy por hoy imposible. Pero cuando asoma el centro de gravedad permanente y aparece Batiatto, todo vuelve a la normalidad. Por cierto, no lo hace en forma de música sino de pensamiento.

El dilema
Crear un dilema siempre es enriquecedor como propuesta fílmica porque obliga a los espectadores a tomar partido. En estas páginas hablábamos hace unas semanas de Los domingos, donde nos obligaban a tomar partido y a juzgar. Sorrentino lo hace con mucha más ironía y distancia, de una manera sutil pero efectiva. Servillo tiene un escorzo cómico incluso cuando hace de respetado jurista y esa comicidad aparece de fondo en escenas concretas, como cuando se le ve escuchando rap de legras transgresoras. En sus conversaciones con el Papa —por cierto, negro, con pendientes y rastas en coleta—, entiende que La Grazia no es el perdón sino la duda. Y nos habla de "la belleza de la duda" con una pasión que nos desarma. La genialidad de Sorrentino con esta película es tratar con ligereza e ironía temas fundamentales de la vida: La muerte, la amistad, la traición, el duelo o el peso de la vida. Todo ello confluye de una manera muy visual, con metáforas constantes, con requiebros inteligentes, con una armonía conceptual que deslumbra cualquier alma inquieta e inteligente. Si algo se convierte en una constante es el paso del tiempo, la idea de finitud que se pierde cuando uno tiene cierta edad y bajo esa fórmula crea un universo completo lleno de ideas que a veces salen en forma de imágenes y otras en forma de frases llenas de sentido.
¿De quién son nuestros días?
Esa frase encierra en sí misma incontables posibilidades. Desde la perspectiva del jurista todo debe limitarse al derecho y debe regirse por la legislación vigente. Desde una perspectiva moral, si eres religioso lo ves de distinta forma que si eres ateo, pues supones que la vida nos la da Dios y el hombre no es quién para quitarla. Como no quiero destripar nada, no diré cuál es el resultado de tanto pensamiento, silencioso a veces, meditado otras. Pero esa frase a cualquier persona libre le dará mucho que pensar. Los que estén sometidos a corsés ideológicos o religiosos lo tendrán más claro, yo mismo no sabría responder a esa cuestión con franqueza sin entrar en un cinismo tóxico. En todo caso, mi lógica me lleva a pensar que la libertad debe estar por encima de todo. Pero una libertad meditada y cuestionada, nunca fruto de un arrebato con consecuencias irreparables. La vida es un milagro, y observando el cosmos tomamos conciencia de ello. Pero la vida no puede ser ni un peso ni un valle de lágrimas perpetuo. Aquellos que consideran que hay que bañarse cada día en lágrimas y aferrarse a la vida terrenal por razones místicas les diría que sí, que lo hagan, que tienen todo el derecho, pero que por favor no me trasladen a mí su fanatismo. En pocas cosas es tan importante la libertad como en esta. No nos infantilicen, déjennos elegir, no cuestionen nuestras capacidades ni piensen que la solo ustedes saben cuál es la decisión correcta, porque en esencia, es posible que ni uno mismo lo sepa, pero también tenemos derecho a confundirnos, incluso a dudar en ese último grito de libertad.
En cuanto a los indultos, Sorrentino decide usar la clave jurista en vez de la moral. Así, el resultado es el opuesto al lógico, siempre basado en una observación rigurosa del código penal, adaptado a las circunstancias del momento y a cada caso. Eso lleva a un desenlace imprevisto y bello.

Otros temas de La Grazia
Esta película encierra muchos temas en su interior. El presidente de la república de Italia tiene pocas responsabilidades reales diarias, más allá de la importancia institucional de su cargo. Por ello, Mariano de Santis está aburrido de cosas intrascendentes. Aún no se ha recuperado de la muerte de su esposa, ocurrida ocho años antes, quien, además, le ocultó la identidad de su amante. Este secreto lo atormenta hasta el punto de sospechar que su amigo de toda la vida, Ugo Romani —ministro de justicia—, es el hombre con quien ella le fue infiel años atrás. Romani no oculta su deseo de sucederlo en la presidencia y su relación por momentos se tensa. Esos celos serán parte vital del transcurso de la película. Todos lo vemos como algo insensato y extemporáneo pero está ahí y nos acompaña como contrapunto al ser pensante e inteligente que es De Santis.
Otro punto destacable son las conversaciones con su hija, siempre llenas de metáforas, donde le hace ver que a diferencia de los códigos o del juzgado, ahora deben ver la verdad de cerca y eso les traslada a conocer de manera directa a los posibles indultados.
Sorrentino no puede evitar la presencia de sus personajes fantásticos (Coco Valori, el Papa, la embajadora lituana, en presidente portugués, el coronel coracero…), pero donde este exceso inusual pudo haber sido abrumador en el pasado, en La Grazia lo utiliza simplemente como telón de fondo para adentrarse en otra forma de belleza: la de la nada y el vacío. Porque tras su premisa densa, que fácilmente podría derivar en un ritmo vertiginoso, es sorprendentemente contenida y nos habla de una introspección minimalista sobre la soledad del poder y la capacidad de decidir.
Rara vez la incertidumbre de un personaje de Sorrentino ha sido tan conmovedora; la elegancia de este presidente parece un extraño recuerdo allí donde el matiz, la reflexión y el diálogo han desaparecido. Esta es la verdadera magia de La Grazia, que se convierte en una oda al amor y la amistad. Desde una canción de alpinos —yo mismo, de pequeño, cantaba la canción de los tres alpinos, nunca supe por qué— hasta un baile, pasando por un rap embriagador y las lágrimas de un astronauta flotando en el aire, Sorrentino nos hace redescubrir una gracia olvidada y una humanidad perdida. A mí, como eterno admirador de este genio, la película me ha entusiasmado, y solo añadiría que es una de esas obras que merece pantalla grande y silencio total, sin palomitas ni degluciones ahogadas por la caries.