
Azahara Palomeque me manifiesta su contrariedad ante algunos comentarios que denominan «impenetrable» a su manera de narrar… Aunque discrepo con ellos, el estilo que ha conseguido adueñarse de la ficción española, el que con desangelado tono administrativo se empeña en suministrar información a ritmo de frenético teletipo (frases cortas y abundancia de puntos seguidos), y con el que la masa lectora tanto parece disfrutar; ese feo e impersonal estilo, divulgado e interiorizado, es el principal responsable de que Pueblo blanco azul, novela bellamente redactada y reseñada hoy para EL IMPARCIAL, pueda parecer oscura.
Y es que la prosa empleada para investigar crímenes y pergeñar thrillers, por esa popularidad que la ha convertido en omnipresente en nuestras librerías, desde su banalidad, nace destinada a sortear cualquier amago artístico. Muy dada a prolijas recapitulaciones para que sus adeptos (habituados a distraerse, a pensar en sus cosas mientras pasan sus ojos por ella) le presten un mínimo de atención, semejante prosa, tan triunfante como ínfima, está en las antípodas de lo ofrecido por la audaz autora de Pueblo blanco azul.
Me adelantó Palomeque: «Mi novela es accesible si se tiene hábito lector». De acuerdo, accesible, pero –sobre todo– disfrutable para quienes buscamos placer estético en un mercado literario saturado con macabras bagatelas. El despropósito comercial llega a tal punto que las obras que cuidan su estilo (trabajando descripciones, optando por la elipsis, utilizando matices psicológicos para crear personajes) son rebautizadas como «literarias». Desde el resquemor, con esta etiqueta se avisa a los compradores: ¡Lenta, sin tiros! Machote, si quieres pasarlo de puta madre… ¡ve a las baldas del noir!
Perdida mi fe en que grandes grupos editoriales se involucren en la ya imposible tarea de formar lectores con gusto (en arrimar el hombro para intentar revivir –partiendo de un cero absoluto del todo certificable– a una ciudadanía sin criterio); sin permitirme ni soñar en que a algún agente literario le dé por cuidar, como oro en paño, a autores noveles que han cultivado una voz propia para que, sobre ella, perseveren (su único empeño es tratar de reconvertirlos, con el señuelo de la comercialidad y la visibilidad, en plumillas de best sellers); víctima, en fin, del desaliento, solo queda hallar alguna perla por el boca a boca transmitido, entre lectores de fiar, en las redes sociales. Rara vez doy con sorpresas siguiendo a quienes, profesionalmente, reseñan títulos (a veces, varios por semana) en esos suplementos de la prensa escrita que, antaño, en una galaxia muy lejana, eran seguras guías librescas…
Autores sin la merecida difusión, talentosos parece que a su pesar, después de tocar muchas puertas son reclutados por las voluntariosas –y siempre pequeñas– editoriales que osan publicar LITERATURA (otra cosa es que la puedan, o sepan, vender) evitando esos abigarrados tochos a los que el perentorio ventarral de cada nueva temporada barre del mapa (el castigo resulta paradójico porque lo reciente es aún peor que lo justamente aventado).
Javier Moreno en Editorial Candaya; Rubén Abella en Menoscuarto Ediciones; Antonio Tocornal en Ediciones Traspiés; Miguel Sánchez-Ostiz en Malas Tierras; Fernando Parra Nogueras en Funambulista; Víctor del Moral en Pre-Textos, o, por supuesto, Azahara Palomeque en Cabaret Voltaire; todos ellos y varios más –reseñados y entrevistados mensualmente para este diario que tras cuatro años me sigue dando carta blanca–, son palpable muestra de hallazgos tan faltos de visibilidad como merecedores de mayor alcance.
El maestro Marsé dejó dicho que para hacer una buena novela era necesario el concurso simultáneo de tres apartados: un buen tema, saber escribirlo y tener ganas de contarlo. La verdad es que, a estas alturas, hallar algo original para llevar a la pantalla en blanco resulta una tarea complicada. Con las innovaciones técnicas aportadas por los grandes literatos del siglo XX, la forma se convierte en lo trascendente. Kafka, Proust, Faulkner, Joyce, Woolf…, vieron pronto que contar algo como se hacía en el XIX (el gran siglo de los argumentos) resultaba, cuanto menos, repetitivo –por no decir cansino.
Dando por supuesto un grado de apetencia y la constancia –más allá del asunto elegido–, el obstáculo principal contra el que chocan miles de narradores en cualquier rincón del mundo es demostrar pericia y un punto de singularidad a la hora de desarrollar sus historias.
En el que sigue siendo mayor acontecimiento narrativo (pese a quien pese) en esta España de los últimos años, la aparición de La península de las casas vacías, su autor, el jiennense David Uclés, aborda un tema recurrente: la Guerra Civil española, pero desde un novedoso enfoque. La fructífera combinación de registros (el realismo mágico y el histórico, pero también el fantástico) unida a su arrolladora voz narrativa, se alían con indudable éxito.
En Pueblo blanco azul, segunda novela de la andaluza Azahara Palomeque, el protagonismo se lo lleva el lenguaje empleado para desplegar la crónica de dos familias –los Granado y los Torres– en un pueblo de la campiña de Córdoba durante el siglo XX y lo que llevamos de este. Estamos ante una prosa densa y poética –de cierta complejidad sintáctica, no voy a negarlo– que junta, con teselas extensas, un vibrante mosaico de vidas y épocas históricas. Cincelada con largas frases subordinadas, sinuosas, la prosa de Azahara mantiene su magnético ritmo y, a la finalización del libro, deja el mejor sabor de boca.
Ese logro en la expresión no opaca, al revés, potencia esas historias y personajes tan intensos como la forma de darles cuerpo por la mente que los alienta. Pueblo blanco azul no es una de esas engoladas narraciones que, gustándose a sí mismas, se ensimisman en un vano palabrerío que ahoga la historia: ahí lo narrativo destinado a acompañar a la música del lenguaje suele quedarse sin partitura… El riesgo es evitado con rigor por Azahara Palomeque en su novela. Una novela que desde esta tribuna, sin duda, recomiendo.
Elaia, treinta y cinco años, es una periodista de Villasueño (trasunto literario de Castro del Río, pueblo cordobés) que regresa allí con el propósito de escribir una novela. Tras una prolongada estancia en Estados Unidos, aposentada en un frío e incómodo piso que le ceden unos parientes mientras llegan sus nuevos inquilinos, tiene claro que sus abuelos –Luciana y Antonio– son los protagonistas de su biográfica narración. Atenazada «por una culpa que herrumbra mi sangre», Elaia lamenta que durante su ausencia falleciesen aquellos ancianos, por quienes sentía un cariño muy superior al de sus padres; no haberlos podido acompañar en sus últimas horas la frustra.
«Me volví imbécil y opté por la hégira a otro país donde probar una valía que fue vilmente castrada».
Sobre la figura de Luciana Granado Cabrero, su abuela, Elaia recuerda acontecimientos e inventa otros partiendo de lo que investiga y le cuentan. Se siente una «arqueóloga de los recuerdos». Compartiendo su voz autobiográfica con la de personajes principales (a quienes da libertad para contar en primera persona), la vida de Luciana enseñorea las historias y personajes de Pueblo blanco azul. Capítulos memorables como su viaje de bodas con Antonio a Madrid, o esos otros viajes entre laborales y vacacionales, que, ya más mayor y dueña de un puesto de pescado en el mercado del pueblo, hace a Málaga (donde es hospedada por la familia Bandera y se enamora de Pepe), revelan una existencia con más sombras que luces sobre la que su padre va dejando las marcas de un carácter endiablado.
Bartolomé Granado, padre de Luciana y suegro de Antonio, vencedor de la guerra civil, que es intendente y reparte a su antojo los puestos del mercado, se cargó a un tío de Antonio que, sin ser anarquista, defendió al pueblo durante la contienda. Llamado por su yerno «el maldita madre», Bartolomé es un oportunista que sirve a los fascistas «como el anfitrión de un banquete generoso», lo que hace que en su casa se viva muy bien. Pero el trato vejatorio que da a su mujer y también a sus hijas Vicenta y Angustias (Rosario, la madre, termina loca) lo convierte en un malo de antología:
«Era tan malo, tan malo, que, cuando la guerra, delató a medio pueblo y de ahí le venían las riquezas».
Antonio Torres, abuelo azañista de Elaia, albañil como su padre José, que tras perder la guerra consigue hacer buena boda con Luciana, es el otro gran protagonista de la novela de Palomeque. Hombre trabajador y honesto al que su progenitor enseña el oficio, se deslomará para sacar adelante a su familia y no hacerla depender, enteramente, de un suegro que lo humilla a la menor oportunidad. A José, que se caga «en estas veredas baldías, si me muriera ahora ni un buitre vendría a rumiarme», su hijo Antonio replica:
«No todo fue en vano, se ampliaron varios aularios y tú me inculcaste ciertos valores; en mis doce años de existencia he asistido al combate entre dos mundos y a mí no se me va a olvidar de dónde vengo por mucho que nos volteen la parrilla y nos intenten hacer la noche día».
Las consecuencias de la guerra sobre un pueblo tan anarquista como Villasueño, y la represiva posguerra que en él se vivió, quedan personificadas en Francisco Torres Rojano, el tío de Antonio. Detenido y torturado hasta que fue rematado a balazos, cuatro meses después de llegada «la paz», su voz y la de otros muertos como Jesús Granado –hermano pequeño de Luciana– que descansan en el «patio de los ahorcados» (una fosa común para fusilados y suicidas) dialogan rulfianamente con el presente que exhuma Elaia, asidua al cementerio en busca de nichos y tumbas.
Pretendiendo «priorizar el pasado y que el hoy no lo joda», Elaia no encuentra cómo quedar al margen de lo que sucede con la escasez de agua, el gran problema que sacude la comarca. Informar a algún periódico, en plan freelance, sobre las protestas para pedir responsabilidades políticas por los cortes de agua, algo que convertiría a Elaia en «una reportera local muerta de hambre», obstaculizaría, además, las tareas de la prestigiosa investigadora que aterriza desde las Américas para escribir su libro... Ustedes verán cómo sale del dilema.
«Entre la guerra, la posguerra, los amagos de Transición y el furor ecologista, un día me explotará la cabeza».