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TRIBUNA

Meditación trascendental transpersonal y reducción trascendental intencional

domingo 12 de julio de 2026, 19:36h

La noesis no es el fútbol, donde das una patada al balón que está a tus pies y lo lanzas a distancia, ni como el golf, donde, tras su golpeo, el golfista pierde de vista la bola que ha ido más lejos de lo deseable. Esto es lo que también hace la meditación trascendental nirvanática o gurulógica: te separas de tus pensamientos, cesa tu contacto con la realidad convertido en un ser-en-relajo, y te envuelves en un pensamiento que nada piensa, nada o casi nada, dada su evanescencia, que sólo respira relajado, convirtiendo tu yo en una dormición denominada trascendental. Tú a lo tuyo, aunque estén estallando bombas a diez centímetros, y cuando hayas regresado al mundo hecho pedazos habrás cumplido con el susurro del garganta profunda: “se le duermen las piernas, se le duerme su…. se le…. Ya lo dijo Jenófanes, las estrellas son animales que respiran con ronquidos interestelares alterando la armonía de las esferas de los pitagóricos. Sin embargo, con la que está cayendo ahí tienes a la princesa dormida esperando el despertar gracias al beso del príncipe azul. Y el psicomago rey de paparruchadas y mamarrachadas, titán de la pendejología, cerebro gelatinoso, tarotista y titiritero, de la casta de metavarones, continúa: “para tomar posesión de un territorio orinar en un recipiente y, con un cuentagotas, recorrer el nuevo territorio depositando tres gotas de esa orina en cada rincón de las habitaciones” . Jodorowsk, el filósofo-gurú, aconseja tragarse un sapo gordo cada mañana para el resto del día.

La meditación trascendental busca la fusión pancósmica con sus ritos iniciáticos y sus vivencias extáticas de corte monástico, introspectivo, tonificante, buscando la relajación, la calma, la paz interior, el ser uno con la naturaleza. Ese transpersonalismo, ese no buscar para no sufrir por apego al yo, ese anhelo de nirvana, con la extinción de las aficiones al yo, huye del self para hacerse-uno-con-la-naturaleza una partícula indistinta del Todo que es deidad impersonal sin rostro. Em la era de la purificación, no afirmar ni negar, observar con nervios de acero, vacío zénico y yoga. La gnosis es la pretensión de alcanzar el conocimiento superior de cuanto nos rodea, como consecuencia del previo autodescubrimiento de nuestro interior, por entender que lo esotérico interior corresponde con la sabiduría de lo exoterico exterior, aunque esto último sea desatendido en su realidad concreta; más que transformar la sociedad, habría que eliminar los propios defectos mediante una especie de renacer alquímico de la interioridad.

Sin embargo, el contemplativo cristiano, porque busca una comunión, nunca pierde su yo, aunque lo modifique para identificarlo con Otro que es a la vez Éste, Cristo. La meditación cristiana rehúye vaciar artificialmente la conciencia, el no-pensar en nada; desde el silencio del alma se da una extraversión hacia el misterio, que no es el vacío. La interiorización budista alcanza las profundidades más oscuras y silenciosas del alma; quizás allí encuentra una luz, pero no es una luz personal. Esta iluminación se puede explicar desde un punto de vista psicológico o sapiencial. Al enstasis budista añade la meditación cristiana el éxtasis de un salir de sí para unirse a Dios.

Una de las notas peculiares de la meditación cristiana es la pasividad radical; ningún avance se debe a nuestras fuerzas, sino a la gracia de Dios. Sin la gracia no existe meditación, irreductible al mecanismo sicológico. De aquí la actitud de humildad que acompaña al cristiano en su meditación. Humildad, gracia, insuficiencia humana, son nociones ausentes de las descripciones de la meditación budista. El yoga original es pelagianismo que excluye la gracia; el budismo es un pelagianismo instintivo. Buda exhorta a los monjes a ser lámpara para ellos mismos, no buscar la luz en otros; el camino budista se recorre por el propio esfuerzo.

Respecto a la fenomenología de Husserl, lo trascendental es aquello que, estando en el sujeto (noesis), se refiere al objeto (noema), no un cordón umbilical que pueda cortarse, desconectarse o lanzar a los espacios infinitos para que a modo de boomeran regrese al sujeto con su despertar. La reducción fenomenología no es absorción del noema/objeto por parte de la noesis/sujeto, la noesis no fagocita nada, sino que da sentido intencional a sus objetos noemáticos reduciéndolos para más liberarlos de impurezas y engaños, sin egología. El método fenomenológico intencional, saliendo hacia (in/adaliedad), es un galgo que sin devorar a sus piezas venatorias, las devuelve al cazador. Por eso la única imposibilidad de la reducción fenomenológica es una reducción nihilificante. Si tal fuera, anularía los noemas en la mera nada. Estaríamos hablando de la fenomenología de Heidegger, pero no de la de Husserl.

La reducción es una puesta entre paréntesis (Einklammerung), provisional aunque no parcial. La mirada intencionalidad busca el desnudo del ser para evitar las miradas empapadas de ludibrio sobre él, desnuda para purificar, no para poseer. Nada más pudoroso que la mirada intencional, ajena a las “segundas intenciones” que pervierten lo dado con su obscenidad. Aquí sí coincidirían Heidegger (schrittzurück) con Husserl. La mirada intencional, como la Real Academia de la Lengua, limpia, fija, y da esplendor. Se trata de una labor infinita, interminable (ewige, heraklitische Fluss), de mucho batear, como el propio Husserl decía: soy un verdadero principiante, ein wirklicher Anfänger.

La reducción intencional trascendental tiene dos momentos. El primero es la reducción fenoménica ya mencionada, el arduo laboreo, la presentificación del noema tal y como me aparece en su virginidad trascendental a cuerpo limpio, y el segundo la retrorreducción o reflexión a fenómeno puro de la noesis misma, pues no cabría pureza intencional noemática u objetiva si no la hubiese noética, nadie da lo que no tiene. Esta es la segunda reducción tras la reducción empírica, la reducción trascendental: ahora, purificados el don donante y el don donado, la reducción deviene -contra la fenomenología de mi amigo Jean Luc Marion, defensor de la reducción sin donación- en reducción con donación de sentido (sinngebender Akt). El sentido de la intencionalidad fenomenológica es la donación de sentido.

Quedan así recuperados los noemas mundanos de la vida empírica en favor de los noemas del mundo de la vida trascendental (Lebenswelt), porque la vida en su mundana realidad no existe sin su ultimidad, el mundo de la vida eidética, el mundo de las esencias, núcleo último de las experiencias mundanas. Y es por eso por lo que las esencias de lo real limpiado, brillante y esplendoroso se diferencia de los meros colectivos académicos, configurando un sujeto trascendental en la medida en que trasciende todo lo caduco, falso y feo del vivir cotidiano. No sé si esto será tan difícil para quien responde a la vida con inteligencia poyética, creativa. Yo al menos así lo he intentado a lo largo de mi vida, pero fácil no es, al menos para mí.

De todos modos, la intencionalidad no es quedarse tan pancho mirándose el ombligo de las construcciones eidéticas, lo que en cierto modo no se distanciaría mucho de la meditación zen, tan necesaria como insuficiente. Como eterno flujo heracliteano de principiantes, la filosofía fenomenológica no es sin parresía, sin testimonio, sin lucha, sin el cuidado del rostro de la viuda, del huérfano y del extranjero. No lo veremos nosotros, pero no se producirá sin nosotros, o al menos así quiere creerlo la intencionalidad fenomenológica del personalismo comunitario, ineludible tarea de humanidad.

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