Dar vida dramática a los acontecimientos históricos de la España reciente no es fácil. Y el maestro Ignacio Amestoy lo hace como nadie: escritor, crítico teatral, intelectual llegado de la escuela de la Transición española a iluminar esta ultramodernidad rampante de nadería, el dramaturgo bilbaíno ha animado en El Borbón rojo las sombras de nuestra historia, y lo ha hecho solemnemente en la Sala Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes, donde algunos velamos nuestras primeras armas radiofónicas allá por el nacimiento del siglo XXI, merced a la generosa mano tendida de César Antonio Molina. Allí, en la sala de reuniones del despacho del director, en septiembre y octubre del año 2000, conocí por primera vez a Ignacio Amestoy. Su caudal de conocimientos, sus sabrosísimos comentarios, iban acompañados siempre de una cercanía, una empatía y de una cordialidad insólitas en un intelectual de entonces para con un desconocido como yo, que con tan solo 25 años iba a dirigir uno de los magacines culturales que Molina quería impulsar desde Radio Círculo, y que terminó por bautizarse como “El Marcapáginas”, a día de hoy aún en antena, en Radio Intereconomía.
El reciente disfrute de El Borbón rojo, dirigido con absoluto sentido de la puesta en escena y de los ritmos por Ainhoa Amestoy, nos recordaba el que experimentamos con otra pieza magistral suya de historia dramática, de teatro documento: Dionisio Ridruejo: una pasión española, dirigida entonces por Juan Carlos Pérez de la Fuente y, de nuevo, igual que en esta que nos ocupa, con el grandísimo Ernesto Arias al que por entonces daba la réplica el vallisoletano Daniel Muriel. En esta, acompaña a Arias, que da vida a don Juan de Borbón, el hombre que pudo reinar en España, Borja Cortés en la piel del bufón de Carlos V, Francesillo de Zúñiga, autor de la Crónica burlesca del emperador Carlos V, una verdadera obra maestra de un género literario desconocido en España: la literatura bufonesca. Hay mucho del espíritu analítico vertido por Francesillo en su soberbio legado en esta pieza magistral de Amestoy: es decir, la toma de postura ante los acontecimientos de su época, referidos en concreto a los años de dictadura y su complejo y siempre incómodo diálogo con el trono de España, a la renuncia de la corona de don Juan a favor de su hijo don Juan Carlos I. Y Amestoy presenta estos hechos en el tono más festivo posible como hizo en su día Francesillo, como para asegurarse de que el Rey y la corte –en sentido amplio– se diviertan, que rubricaría don José Deleito y Piñuela, y los lúcidos discretos, bajo la sonrisa escenificada en el panteón de El Escorial tomen nota del espíritu español: retorcido como un sarmiento, contradictorio, evanescente, polimorfo, ingrato, cruel y esperpéntico. Como discípulo y estudioso de Valle-Inclán, Ignacio Amestoy sabe que la diversión cortesana depende de un conocimiento previo de los acontecimientos desfigurados, caricaturizados, deformados por el ingenio del dramaturgo, también hecho bufón cronista o periodista, “chismógrafo oficial de la corte española” en aquellos años en que el país entero vivió peligrosamente durante “la larga jornada del Conde Barcelona”, que es la de la dictadura a la democracia. Nada menos.
Como hizo Shakespeare con el joven príncipe Hal –futuro Enrique V– y su bufón sir John Falstaff, relación que inmortalizó Orson Welles en Campanadas a medianoche (1965), Amestoy –los Amestoy– deslizan las verdades de la posguerra y de la Transición de una manera finísima, respetuosa y, por qué no decirlo, ciertamente picaresco y a través de un humorismo inteligente. Don Francesillo, por oficio, es bufón, “Rey de los bufones”, albardán, chocarrero, truhán, morrión… bobo, en definitiva. “Hombre de burlas y con quien todos se burlan; y también se burla él de todos”, decía Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611), “porque con aquella vida tienen libertad y comen y beben y juegan; y a veces medran más con los señores que los hombres honrados y virtuosos y personas de letras”. Tras la primera sonrisa, El Borbón rojo requiere de una lectura más atenta, porque admite varias capas, tal es la investigación realizada por Ignacio Amestoy, y para eso tenemos la excelente edición de Fernando Doménech Rico en Cátedra de su trilogía “Todo por la Corona”, a la que pertenece este drama tragicómico, junto a ¡Adiós, Borbón! Las reinas de Alfonso XII y Un Borbón en el desierto. Juan Carlos I, el camaleón. Los Amestoy han llevado a las tablas la tragedia de don Juan de Borbón y Battenberg, príncipe de Asturias, pero también ha querido fijar una fotografía de la España que fue –ahora es ya otra cosa, a veces invivible–: puesto que aquí no había monárquicos sentimentales, un grupo de intelectuales, políticos y militares consideraban la monarquía democrática como una salida nacional al caos de esta España que luego, en la larga hegemonía de Franco, hubo de transformarse en una figura, la de don Juan, sutil y ejemplar y paciente en su relación con el generalísimo. Así logró, finalmente, ya que no pudo volver al trono, sí activar en la figura de su hijo y en mitad de una dictadura el espíritu de una renovación democrática y socialista de España que, sin don Juan, no hubiera sido posible.
Quizá el Borbón rojo borboneó y engañó a Franco, que también quiso dejarse engañar aceptando como “sucesor” de su Régimen a Juan Carlos, sabiendo que era el legatario del talante liberal, democrático e internacionalista de su progenitor, cuya vida es la historia de una renuncia, de un exilio, de un olvido. Franco, que era monárquico después de franquista, restauró la legitimidad dinástica que tanto se había empeñado en conservar el demócrata liberal del rey sin corona, el rey que nunca reinó. Y nosotros, sin la figura del gran jugador de ajedrez que fue don Juan de Borbón, seguramente estaríamos aún con cierto retraso democrático o vaya usted a saber cómo, entre tanto cascabeleo actual del Gobierno socialista que, si ustedes me lo permiten, suena más a postureo y propaganda cesarista que a conciencia cívica de servicio a la ciudadanía. Gracias a la lucidez de Ignacio Amestoy, como si leyésemos un libro de aquella bendita colección transicional de Espejo de España de Planeta, pero con personajes reales ante nuestros ojos, sabemos que esto, que aquello fue así. Que vuelva pronto, de nuevo, a llenar los teatros El Borbón rojo.