Lo inesperado ahonda más si cabe –y ya les aseguro que cabe– en la familia como reflejo del paso y traspaso de generaciones y de sus avatares. Como una inmensa crónica social donde los lazos familiares marcan la pauta. Pedro Simón es periodista de larga trayectoria elogiado y galardonado en esa labor, y que en paralelo lleva una carrera literaria en el ámbito de lo social. Conocido como autor de la llamada trilogía de la familia, es en esa cercanía de los hábitos sociales y los sentimientos domésticos donde se mueve muy bien.
Los ingratos, Premio Primavera de Novela en 2021 fue la primera de estas obras generacionales, a la que siguió Los incomprendidos, para cerrar la trilogía (que ha tomado forma de estuche) con Los siguientes de 2022, donde es ya la suya la generación de los que quedan, ahora ya sin padres pero todavía con hijos pequeños. Esa generación del sándwich que en realidad se ha quedado sin cobertura.
Parecía que había dado por concluida su interpelación a la familia con la reciente novela Peligro de derrumbe, donde la sarcástica crítica –más allá de la crónica– social a la realidad del país donde vivimos parece convertirle en el literato de la sociedad a pie de calle, algo así como Rafael Chirbes lo fue de la corrupción a altas esferas. Pedro Simón plasma nuestro entorno, da vivencia a las emociones y sentimientos de los trabajadores, padres y madres de familia, y a sus querencias y sinsabores, que acaban siendo predominantes, aunque también aparezcan los momentos felices.
Todo esto para situar Lo inesperado, que retoma su amor por la familia y los amplios conocimientos que adquirió en la escritura de su libro de historias de vida –más que no de entrevistas– en el ya lejano 2012: Memorias del alzhéimer, donde las vivencias de conocidos personajes (Adolfo Suárez, Pascual Maragall, Eduardo Chillida...) permitieron un acercamiento al entrenamiento de esta expansiva enfermedad.
En Lo inesperado sale a colación todo su aprendizaje; vuelve a ser la familia el centro de todo, de nuevo en tres generaciones, y en este caso, duplicada: dos viudos con sus hijos sin pareja y con un único nieto cada uno de ellos. O sea, tres dúos chico-chica. Se entrelazan, claro está, pero ni la historia ni lo inesperado va a ser lo que yo cuente. Hay mucha vida familiar, laboral, hospitalaria incluso, mucha dedicación a las curas, hay mucho parchís y alguna pizza de viernes además de la paella de los domingos.
Esas pequeñas cosas de que está hecha nuestra vida en tres generaciones que se intentan entender, que se quieren, pero a veces solo lo intuyen. Hay abundante emoción y rebosante historia de la cotidiana, de la que todos reconocemos. Copioso sentimiento de familia, con mucho de lo malo y todo de lo bueno.
Respecto a la elaboración, es una novela con índice –de agradecer– en que los narradores son los distintos personajes de esta obra coral, con su lenguaje más elaborado, o semejando el infantil y su discurso, o introspectivo, y los monólogos que los viejos tienen con sus muertos. La cursiva se utiliza justo al revés de lo acostumbrado: cuando vean esa tipografía, es el narrador omnisciente quien nos sitúa la escena, a los personajes; es también quien reflexiona desde el exterior: «eso fue lo que sacó en claro aquel día nada más terminar de barrer los cristales rotos. Somos lo que perdemos y ya no hay modo de pegar».
En realidad, esas apariciones son los fragmentos más escasos, el resto lo va narrando y también reflexionando, claro está, aún sin completa linealidad, cada uno de los implicados. Ahí están todos con sus emociones.