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RESEÑA

Carmen Laffón en el Museo Thyssen. Hacia la claridad

Inés Laffón en la cuna
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Inés Laffón en la cuna (Foto: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza)
Javier Mateo Hidalgo
miércoles 26 de agosto de 2026, 16:18h
Actualizado el: 26/08/2026 16:26h

Cuentan que Goethe en su lecho de muerte dijo como últimas palabras: “¡Luz, más luz!” (Mehr Licht!). Fueron producto de su búsqueda de la claridad, el conocimiento, el entendimiento. Una de las investigaciones en las que más se involucró, precisamente, fue la del estudio de la luz y la policromía. Su Teoría de los colores (Zur Farbenlehre), publicada en 1810, demostraba sus conocimientos en torno a estas cuestiones. No en vano, fue un gran dibujante y pintor, además de pensador y novelista afamado.

En el sentido inverso, los mejores artistas son quienes hacen uso de un envidiable intelecto. No se conforman con la pura apariencia de lo representado, sino que van allá. Por ello, no se puede estar del todo de acuerdo con la siguiente y polémica afirmación del genial Dalí: “Soy demasiado inteligente para ser buen pintor. Para ser buen pintor hay que ser un poco burro”. El pintor va más allá de lo externo, pues a través de la materia pictórica pueden deducirse otras cosas: el sentido de la pintura y su simulacro, su función y artificio, la síntesis en pos de la claridad. Una de las pintoras españolas a través de cuya obra se observan estas cuestiones es Carmen Laffón (Sevilla, 1934 - Sanlúcar de Barrameda, 2021). Gracias a una exposición antológica que todavía puede visitarse en el madrileño Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el público visitante puede ser consciente de todo ello. Su justa reivindicación ilumina su pintura ya de por sí luminosa y clara.

Parece que Laffón buscó a lo largo de su vida el conocimiento a través del lenguaje artístico. Su pincel y el lienzo serán precisamente sus principales herramientas de indagación, mientras que el pigmento simbolizará la materia con la que experimentar, a fin de aprehender la realidad. Para hallar esa claridad a través de la luz pictórica y de la síntesis de los elementos, esta creadora llevaría a cabo todo un complejo proceso de deconstrucción de su entorno. Por eso, a pesar de la aparente simplicidad de lo que sus trabajos ofrecen, hay todo un complejo contenido a desgranar. Las atmósferas creadas por la andaluza transmiten el misterio de su admirado Murillo, así como los colores de la paleta de otro sevillano barroco como fue Velázquez. En su capacidad para transgredir lo académico encontró como aliados a Picasso o a Rothko. Este último resulta fundamental para comprender los paisajes últimos recreados por Laffón, donde la Naturaleza acaba desintegrándose hasta casi alcanzar las bandas polícromas de los cuadros del mentado representante del expresionismo abstracto. Detrás de esos colores pastel y de esa quietud de las imágenes de dicha pintora, hay todo un revuelo enérgico, una fuerza vital descomunal gracias a la cual se llega a esa calma. Por algo su ayudante en escultura Eliodoro Navarro la llamaba “el tifón Laffón”.

El motivo pintado desaparece o se convierte en excusa para la práctica artística y el estudio del medio y de la técnica. Así, se repiten los bodegones de cestos con frutas y plantas e incluso los relativos al encalado, algo tan andaluz y tan aparentemente poco artístico: cubos, palos y otros materiales de trabajo llegan a perpetuarse incluso en forma de escultura o ready made duchampiano. La escultura, como ya hemos dejado entrever, forma parte fundamental en el trabajo de esta autora. El color blanco de las casas pintadas del sur o las montañas de sal de las salineras también de esta geografía española parecen ayudar a Laffón a llegar a la pura nada más malevitchiana. Los paisajes de Doñana acaban convirtiéndose en banderas tricolores del arte laffoniano y, antes, en variaciones sobre un mismo tema al más puro estilo Monet con la catedral de Rouen. Un mismo modelo puede variar dependiendo de los colores existentes en las distintas horas del día. Las azoteas también se descomponen, quedándose en el esqueleto de su geometría y de sus tonalidades. Algo así como los objetos en los bodegones de Morandi. Las muñecas como únicos personajes humanos en la exposición —se echaron de menos ejemplos en el género del retrato que también cultivó la artista— nos recuerdan a lienzos de realistas como Antonio López en su primera etapa, tan deudora del realismo mágico. Y esos muebles cuya puerta entreabierta construye el misterio de lo que no se deja del todo ver resultan también fascinantes. Si uno se acerca a algunas imágenes de cerca encuentra que algunos detalles son en realidad breves trazos a lápiz que simulan balcones o cintas pegadas que dan relieve a una montaña de sal.

Laffón encontró su espacio en el ámbito artístico en tiempos bien difíciles, teniendo que renunciar a muchas cosas para permanecer en él. Mantengamos su posición con nuestra admiración por su trabajo.

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