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Ensayo

Jaime Siles: Sonidos de otras lenguas

lunes 28 de septiembre de 2026, 01:34h
Jaime Siles : Sonidos de otras lenguas

Huerga & Fierro. Madrid, 2025. 1084 páginas. 28 €.

Por Antonio Lastra

Es tentador pensar que Jaime Siles sea un Eliot para españoles. Un Eliot para españoles es, de hecho, el título de uno de sus mejores libros, escrito durante el confinamiento de 2020 y publicado en los breviarios de Athenaica en 2021, en el que Siles expuso la necesidad que el autor de La tierra estéril —la traducción que Siles adopta— tenía del orden que la función del arte procuraba: Eliot necesitaba del orden porque creía en él.

En las páginas clave de su breviario, Siles recordaba que orden y rito “son etimológicamente lo mismo” (igual que “arte”) y que cada una de las repeticiones de un rito —como lo es escribir poesía y leerla— sirve a la simultaneidad del orden, a la existencia ininterrumpida de la tradición. El arte así entendido, que el poeta encarna casi sin comparación posible con ningún otro artista, tal vez con la sola excepción del pintor, permitiría comprender la realidad. (Siles es un devoto de la écfrasis en las dos acepciones de la palabra, tanto la descripción de un objeto artístico como de cualquier otra cosa en el mundo, y hay muchas referencias a la visualidad del poema, que afecta a su legibilidad, desde la reseña de Apollinaire.)

Que la poesía, como la pintura, permita comprender la realidad obliga a preguntarse si la simultaneidad del orden artístico, ritualmente actualizada, se corresponde con la revelación religiosa —el anglicanismo de Eliot era un baluarte en este sentido— y excluye o menoscaba la comprensión filosófica o científica. (Siles alude en varias ocasiones al poeta filosófico de Santayana.) Poeta doctus —como el checo Borkovec, el japonés Basho, el alejandrino Cavafis o el actor italiano Vittorio Gassman, en una selección no del todo arbitraria—, Siles evoca con frecuencia la dimensión profética o sacerdotal del vates, pero, como Eliot, se ha mantenido en los límites de la “cultura” y, cualquiera que sea el modo como se defina la cultura —la palabra con la que Cicerón quiso traducir “filosofía” del griego—, no puede confundirse con las Erläuterungen heideggerianas de la poesía.

En las siete reseñas de Hölderlin reunidas en Sonidos de otras lenguas, que a pesar del orden alfabético neutral con el que se han dispuesto están situadas en el corazón mismo del libro, no aparece una sola vez el nombre del pensador alemán, ni siquiera cuando Siles elogia la traducción “lingüística y mentalmente fiel a su original” de Helena Cortés, traductora, junto a Arturo Leyte, de las Aclaraciones a la poesía de Hölderlin. Con una delicadeza que no puede pasar inadvertida, Siles tampoco menciona a Heidegger en sus reseñas de Celan. (Véanse, sin embargo, la frase “Hölderlin, Novalis, Jean Paul, Rilke y Heidegger” en la reseña de Hermann Broch y la comprensión de Wieland como “anti-Heidegger”.)

En cualquier caso, Siles es más generoso que Eliot y menos visionario que Heidegger. En muchos aspectos, puede serlo sin salirse de su propia disciplina, la Dame Philology a la que, según Auden, el poeta (especialmente el joven poeta) ha de rendir culto. (Siles lo cita en su reseña de Los señores del límite.) Haberse inclinado ante la Dama Filología favorece que un poeta senior como Siles lea a otros poetas y, sobre todo, que esté atento a la traducción como lengua franca de la literatura. Casi podríamos decir, parafraseando y alejándonos de Walter Pater, que todas las artes aspiran, más que a la música, a la traducción, especialmente en el caso de la poesía.

Sonidos de otras lenguas se explica así y, con esta perspectiva, Siles es tan deudor del poeta Robert Frost (the sound of sense) como del lingüista Roman Jakobson (le sens et le son). “En Yeats —dice Siles— el sonido es sentido.” Traductor él mismo (muy discretamente menciona sus versiones de Aloysïus Bertrand), Siles reseña traducciones de poesía y señala estética y pedagógicamente cómo los sonidos de otras lenguas resuenan en poetas en español: los sonidos de otras lenguas —los “murmullos de otros mundos”, como en el bellísimo verso de Bonnefoy sobre la música— se oyen y entienden al traducirse y al transformarse en otra lengua. A propósito de Lowell, Siles dice que las traducciones son como los sistemas fonológicos. Hay también “un Coleridge para españoles”.

Sonidos de otras lenguas es una compilación de reseñas. Ni el autor ni la editorial advierten de su procedencia. En su lugar, Siles observa la relación que guarda con otros tres libros suyos: Más allá de los signos (2001), Poesía y traducción (2005) e Injertos y trasplantes (2019). Dividido en dos partes desiguales, “Panoramas diversos” (apenas cuarenta páginas) y “Autores” (casi mil páginas), la disposición de las reseñas es alfabética, lo que obliga a preguntarse por el orden de la escritura o el rito de la lectura, una pregunta cuya respuesta el escritor ha podido dejar en manos del lector.

En una lectura cronológica, incluso parcial, como la que se encuentra cuando hay varias reseñas de un mismo poeta, se traslucen con más claridad las reiteraciones temáticas o métricas. Pero hay modos de leer el libro que el lector va descubriendo, e incluso prefiriendo, con la lectura misma: la nacionalidad o el gender coexisten con los géneros poéticos o la edad de los poetas y, por supuesto, con su agrupación lingüística o ideológica y con la forma o el tono con los que los distintos traductores, muchos de ellos poetas también, han tratado de reproducir o recrear el original, o con el motivo recurrente —y uno de los más queridos por Siles— de la “persona poemática”.

Tratándose de un catedrático de Latín, no estaría vedado leer Sonidos de otras lenguas a la manera de las Sortes Vergilianae, abriéndolo al azar por cualquier página, ni como una restitutio horaciana de cuanto haya podido perderse en la traducción. (El lema del libro está tomado de los conocidos versos de James Merrill sobre lo que se pierde y encuentra al traducir.) Comoquiera que lo leamos, tendremos un Siles desde dentro, a veces de manera completamente inesperada, como en la segunda entrada sobre Czeslaw Milosz.

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