Con esta reseña celebramos los seis años de la publicación de La casa del padre, penúltima novela de Karmele Jaio. Originariamente escrita y editada en euskera con el título Aitaren etxea, ha sido después traducida al castellano –por la propia autora vitoriana– para divulgar y, a través de Destino, distribuir su libro entre lectores de todo el mundo.
Tres temas de envergadura, con desarrollo propio pero interrelacionados hasta la página final, modulan esta interesantísima narración de doscientas páginas que se lee con el corazón encogido y casi olvidando respirar. En La casa del padre la relación de pareja, el oficio de escribir y el maltrato a la mujer, desde un lenguaje preciso y sugerente, convergen para radiografiar una convivencia entre escritores así como el influjo del género en sus procesos creativos.
En ese estilo naturalista que recuerda aquellas luchas de cerebros entre parejas heterosexuales, genialmente desplegadas por el dramaturgo sueco August Strindberg (1849-1912), donde dos mentes enfrentadas ponen en escena todas sus malas artes y engaños (una dispuesta a prevalecer a toda costa sobre la otra), Karmele Jaio encierra en su domicilio conyugal a los protagonistas principales de su novela. Cuarentones que se han quedado solos al iniciar las hijas sus vidas fuera del hogar, Ismael Alberdi y su mujer bibliotecaria –Jasone– encaran una delicada situación en La casa del padre.
Él, novelista exitoso, sufre un pertinaz bloqueo a la hora de dar cuerpo a una joven que busca relatar con pasión los ásperos años de plomo en Euskadi. Amante de la literatura y atenta lectora de los borradores del marido, Jasone aporta sugerencias que él acepta. Sin embargo, ante este desafío de ponerse en la piel de una mujer, la animadora de clubes de lectura feminista duda: «A los hombres se os hace más difícil ver lo que está en los márgenes, sin iluminar, en la sombra. Hay que hacer un esfuerzo extra para verlo».
Escondiéndose de Ismael, anda ella pergeñando su primera . Le preocupa rivalizar con su pareja, pero la necesidad de escribir surge de su intimidad como un acuciante impulso físico. El libro va a tratar de cómo una violación marca a fuego el carácter de la víctima. El párrafo de arranque da el tono a lo que vendrá luego. Su autora describe así, en primera persona, su intensidad:
«En mis palabras encontré un dolor contenido del que no era del todo consciente. Al leer lo escrito sentí como si alguien hubiera estado golpeando mi cuerpo durante mucho tiempo, como si alguien me hubiese violado mientras yo estaba drogada, anestesiada, durante años. No podía recordar lo que había ocurrido. Solo sentía el dolor».
Huyendo del conflicto existente en Euskadi en los años ochenta (muy recrudecido; fue casi milagroso que no desembocara en guerra civil), negándose a participar en él, Jasone optó por casarse. Que su amiga Libe, hermana de Ismael, pasara cinco días en un cuartel de la guardia civil (antes de establecerse en Berlín) le hizo ver el alcance de las leyes antiterroristas. Desde la familia que decide fundar, Jasone edifica un ámbito propicio para que su marido escriba:
«Ismael supuso un territorio de paz, alguien que no tenía nada que ver con aquella guerra, a pesar de que hubiesen detenido a su hermana. No llevaba pegatinas incendiarias ni reivindicatorias en su carpeta, sino fotos de baloncestistas del Baskonia recortadas en el periódico. No te metas en líos, le pedía su padre, y él le hacía caso».
En pelea consigo mismo el novelista famoso es presionado por su editor –Jauregi– para entregar la nueva obra. A su mujer de ficción enmarcada en aquella época bárbara de atentados y lucha callejera la encuentra inane, de cartón piedra. Percibe cómo «un escritor no debe escribir sobre lo que sabe sino sobre lo que quiere descubrir»… Y ello lo conduce a idear «Disparos en el monte», historia de escopetas y botas manchadas de barro, con la que, aprovechando sus experiencias como cazador acompañado por el padre y un primo, Aitor, que sufrió un terrible accidente, va a comprobar «desde dónde he aprendido a mirar el mundo». Creando la voz para su padre, Ismael intuye que podrá luego entrar fácilmente en la piel de la protagonista de esa historia urbana, ahora imposible de sacar adelante.
Al hallar de forma casual el comienzo de la novela de su mujer, él reacciona de la peor manera. Y más cuando se entera de cómo Jasone ha aceptado corregir textos de otros autores para Jauregi, a quien ella conoce también desde sus tiempos universitarios –hubo tensión sexual e intelectual entre ambos; hasta hicieron proyectos de futuro. Es precisamente en su editorial donde, una vez puesto el punto final, ha planeado ella dejar el manuscrito.
Los plazos de entrega para la novela de Ismael se agotaban y el editor cree que lo entregado por Jasone es el manuscrito de su marido. Jauregi lo encuentra excepcional… ¡no tiene la menor duda de que, por fin acabada, está ante la novela de Ismael! Las posibilidades abiertas por esta confusión, que en un primer momento hunden a la autora real, dan muchísimo juego a Karmele Jaio en La casa del padre. Y busca apurarlas precipitando a sus lectores hacia esa vorágine psicológica que desemboca en un inesperado final.
La violación de una joven por un grupo de hombres, en San Fermín, coincidió con la estancia allí de una hija de Ismael y Jasone. Aquella incertidumbre, hasta que Eider telefoneó, los ha marcado. La voz de Ismael, siempre desde la segunda persona, dice: «desde entonces sientes que en tu interior hay una alarma encendida, que hay algo que te hiere profundamente cuando alguien habla de un hombre que abusa de una mujer, que la viola, que la asesina».
Sensibilizada a flor de piel por el asunto de estas agresiones, la feminista Jasone piensa que estamos ante una guerra y zahiere a Ismael cuando lo incluye en el grupo de violadores, en ese vosotros responsable. Él está en desacuerdo: son casos brutales que muchas veces concluyen en asesinatos, desde luego, pero no puede hablarse de una guerra de los hombres contra las mujeres, algo que resulta una evidente exageración.
Mientras Jasone finaliza su novela, que arrancaba con una violación, repasa sus decenios de vida en común con Ismael y concluye que nunca fue libre para haber tomado su Gran Decisión: escribir. Además, la indiferencia de él hacia su capacidad como autora, esa falta de aliento, la ha agredido en lo más íntimo y se ha sentido…, sí, violada. Cuando Jasone lleva el manuscrito al editor de su marido hay en ello no poco de consciente venganza…
«Quizá por eso es peligroso escribir. Es una peligrosa marea baja que deja a la vista las rocas escondidas bajo el agua. Y lo que aparece no siempre nos gusta. Porque en la marea baja desaparecen las palabras que utilizamos cuando estamos a flote, las que sobreviven como una colchoneta sobre la superficie; y aparecen esas otras, las que pesan como el plomo, las que están en el fondo y solo se ven con la marea baja».