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POESÍA

Reseña de Maravilloso miedo, de Javier Gallego Dueñas

lunes 12 de octubre de 2026, 08:27h
Reseña de Maravilloso miedo , de Javier Gallego Dueñas
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La singularidad literaria de Javier Gallego Dueñas (Rota, 1968) empezó a vislumbrarse, tardía y firmemente, en 2017 con Las gramáticas del tiempo, libro introspectivo publicado por Takara bajo el cuidado de Rosario Troncoso, en el que la memoria y la culpa constituían los núcleos de indagación. En 2021, Somos grieta, con prólogo de Hilario Barrero y editado por BajAmar, ahondaba en una sensibilidad atenta a las fisuras de la experiencia y al desgaste temporal. Ambos títulos anunciaban una escritura contenida, predispuesta a convertir la herida biográfica en materia poética. En Maravilloso miedo, editado por Liliputienses, esa voluntad se adentra en un territorio más complejo: el de una conciencia que, al examinar las formas del desamparo, busca los pliegues de resistencia que todavía alberga la existencia.

El libro está dedicado a su hija Paloma. Recurre al poema en prosa como instrumento de exploración. Esta forma le permite ahondar en el pensamiento sin cerrarlo precipitadamente, mientras la narratividad aporta anécdotas, vivencias y ficciones, y crea escenarios que difuminan la frontera entre el relato y la reflexión lírica. Los textos avanzan mediante asociaciones, desplazamientos del ángulo de visión y regresos a una misma intuición. No se trata tanto de contar lo que ha llegado a ser sino cómo seguir sus transformaciones en la conciencia. Las pausas, las reiteraciones, las enumeraciones y los cambios de ritmo articulan una prosa propia, ajena al verso regular, pero atenta a la cadencia del pensamiento.

La estructura responde a esa lógica de tanteo. Los fragmentos componen una cartografía interior donde confluyen el tránsito urbano, la memoria afectiva, la pérdida y la expectativa de una salida. Carreteras, fotografías, espejos y habitaciones funcionan como escenarios concretos y, a la vez, como figuras de una subjetividad que intenta orientarse. «La ciudad se desploma sobre los transeúntes que solo aspiran a un pequeño hueco donde cobijarse entre los escombros de un mundo que se les cae a pedazos», se convierte en correlato del aislamiento; el itinerario concreta la incertidumbre de quien avanza sin saber si existe un destino más allá de la espera. La discontinuidad formal reproduce el movimiento de una mente que reconstruye lo vivido a partir de señales incompletas.

El oxímoron del título no anula el espanto ni lo convierte en una experiencia complaciente. El maravilloso miedo señala, por el contrario, la posibilidad de encontrar en lo que nos paraliza una forma insólita de lucidez. El miedo es límite, pero también conocimiento de la vulnerabilidad. Así, el libro no se entrega a la ensoñación melancólica: emprende el camino de volver a mirar la realidad y buscar las hendiduras por las que pueda entrar la luz. La esperanza, eso sí, no es una certeza reconfortante. Se constituye en «un brillo necesario y efímero», capaz de mantener en marcha la voluntad y, al mismo tiempo, de alimentar el autoengaño. No hay engaño posible: «Ha frio, siempre los hay. Los cuervos se cuelgan de las lámparas y esperan. Ellos tienen el tiempo a su lado».

La imagen del itinerario nocturno compendia esa tensión de forma pasmosa. El coche aparece suspendido en un océano oscuro que se despliega ante él. El cielo y el paisaje se ahogan mutuamente en un azul que lo priva de referencias espaciales. La última paradoja, «No es que el automóvil avance, es el tiempo el que sitúa al viajero en su destino», invierte la lógica habitual del desplazamiento: el sujeto no ejerce su dominio sobre el viaje, sino que queda a merced de una duración que lo lleva. El viaje, uno de los topoi del libro, deja de prometer un destino para exhibir la indolencia de nuestras expectativas.

En otros textos, la indagación se vuelve más íntima. La búsqueda del rostro en las fotografías antiguas desemboca en una dolorosa oposición entre imagen y voz. La repetición de «casi desaparece» reproduce la huella del desvanecimiento que la escritura misma trata de resistir, mientras que la enumeración anatómica del dolor, «los tendones, los vasos, los nervios», le atribuye una materialidad casi física. La pantalla, en su frialdad, evoca el olor del mar, las gaviotas y la vegetación de un patio. Esta acumulación sensorial no decora, sino que reconstruye el espacio donde una presencia perdida todavía puede sentirse. La voz, desprovista de imagen, se convierte en una forma de permanencia.

Los poemas están atravesados, además, por una dimensión ética. La generosidad se cifra en el «dar las gracias. En forma de saludo», un gesto que parece menor. También las palabras adquieren una facultad reparadora: como se insinúa, «las palabras sanan» una herida, aunque su poder pueda generar dependencia. Esta confianza no incurre en ingenuidad. Reconoce en el lenguaje, como en toda forma de cuidado, una posibilidad provisional: un espacio donde una experiencia encuentra expresión sin quedar resuelta. La escritura no sana mediante la imposición de un decreto; hace pensable aquello que, de otro modo, permanecería como una herida muda.

La intensidad de la prosa nace de sus contrastes: luz y sombra, presencia y desaparición, avance y estancamiento, confianza y sospecha. Las antítesis organizan una experiencia contradictoria, mientras que las reiteraciones y enumeraciones prolongan el pensamiento hasta aproximarlo a la obsesión. El espejo introduce una dimensión epistemológica: mirarse no garantiza conocerse, pues la percepción está atravesada por el deseo y por la necesidad de creer. La grieta, motivo que prolonga la trayectoria anterior del autor, designa tanto la fractura del sujeto como el umbral por el que puede abrirse una posibilidad.

El horizonte intertextual amplía esta indagación. Los «ángeles terribles» de Rilke evocan la proximidad entre belleza y espanto; las canciones de John Cale, R.E.M. y The The ofrecen otras modulaciones de la vulnerabilidad, mientras que el concepto deleuziano de cuerpos sin órganos permite pensar la experiencia corporal más allá de sus organizaciones habituales. La referencia al canto LII de Ezra Pound incorpora otra voz a este diálogo. Así, integra materiales diversos en una búsqueda propia sobre el miedo, la percepción y la transformación del yo.

De ese momento de apertura brota la dimensión solidaria del libro. Todo dolor no se queda aquí encerrado en una conciencia solitaria, reconoce las huellas que la pérdida, la enfermedad o las ilusiones venidas a menos van dejando, también, en los demás. La introspección se convierte así en una forma de atención que no concibe la particularidad de una experiencia como una expresión universal. Maravilloso miedo plantea, en definitiva, una poética de la intemperie que aúna esperanza con salvación. Su propuesta consiste en mirar de cara a la fragilidad y dejarse sorprender con aquel hallazgo que incluso la grieta puede ser umbral. Allí donde el miedo intenta paralizar la vida, la palabra posibilita la luz.

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