Hablar de la brasileña Flavia Moraes (Porto Alegre, 1959) es referir a más de cuatro décadas de trabajo intenso en el sector audiovisual y publicitario de una de las realizadoras más sobresalientes de su tiempo. Su trayectoria resulta apabullante, abarcando cine, televisión, publicidad y espectáculos en directo, con cerca de 1.900 anuncios publicitarios dirigidos. Fue una de las primeras creadoras en generar proyectos de contenido de marca, revolucionando el modelo de producción independiente para televisión —es pionera en el desarrollo de contenidos de marca en Brasil—. A sus múltiples galardones obtenidos —obtuvo por tres veces el premio Caboré, además de haber sido reconocida como autora en Clio, Cannes Lions, FIAP, London International Awards— se suma el prestigio de ser la primera directora brasileña en unirse al Directors Guild of America (DGA).
Su nomadismo creativo le ha llevado a recorrer Brasil, Estados Unidos, Latinoamérica y Europa. Para su último proyecto ha recalado en Cataluña, eligiéndola como “su nuevo hogar”. Como artista invitada colabora en el proyecto UNCIVILIZED, segundo álbum y proyecto en directo del clarinetista catalán Oriol Marès y el músico e intérprete de oud Talal Fayad —cuya música crea un diálogo entre jazz, tradición árabe y Mediterráneo—. Para la presentación en directo, Moraes ha concebido y dirigido una obra audiovisual que reúne imágenes y testimonios de personas de distintas culturas, generaciones y disciplinas en torno a una pregunta: ¿Qué significa ser civilizado?
Con ella dialogamos en torno a esta interesante propuesta, así como sobre su trayectoria.

Como autora y directora de la obra audiovisual que forma parte de UNCIVILIZED, ¿de qué modo el cine se fusiona con los demás elementos con los que dialoga?
UNCIVILIZED es un intento de crear un tercer lenguaje a partir de la música, las imágenes y las palabras.
La música y las imágenes nos llevan a un territorio abstracto, casi hipnótico. En ese estado de emoción y sensibilidad, las palabras de las entrevistas encuentran un terreno más fértil. Las escuchamos de otra manera, con menos prejuicios y más humanidad.
El público no está allí solamente para asistir a un espectáculo. Está invitado a cuestionar sus propias certezas.
A lo largo de tu trayectoria como cineasta has tenido la suerte de trabajar y filmar a personalidades tan dispares e interesantes como el Dalai Lama, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Sarah Jessica Parker u Ornella Muti. ¿Qué aprendizajes te llevaste de ellos y de qué modo te influyeron como creadora y como persona?
Curiosamente, mi experiencia con los grandes nombres es que, cuanto más grandes son de verdad, más fácil resulta trabajar con ellos. Saben lo que hacen, quieren hacerlo y entienden que el trabajo es colectivo. Claro que hay excepciones, o quizá es que esos nombres no sean tan grandes.
Una de las cosas más bonitas de dirigir es precisamente esa: tu trabajo es la suma del talento de muchas otras personas. Y cuando tienen talento de verdad, tú lo incorporas.

En el caso del presente proyecto, ¿cómo ha sido la colaboración con Oriol Marès y Talal Fayad y de qué modo han influido en la conformación de la pieza audiovisual final?
Mi colaboración fue, sobre todo, con su música. La música de Oriol y Talal ya contiene ese encuentro entre culturas, y para mí fue un territorio muy fértil para explorar desde el cine.
Oriol tenía la idea de incorporar imágenes y entrevistas al proyecto, aunque todavía no sabíamos cómo. Llegamos a imaginar las entrevistas en pantallas a la entrada o salida del teatro. Pero los personajes acabaron invadiendo el escenario.
Hay algo curioso en todo esto: un músico de Oriente Medio, otro catalán y una cineasta del extremo sur de América, intentando entenderse en inglés, una lengua que no es la de ninguno de los tres.
Y, sin embargo, encontramos en la música y las imágenes un lenguaje común. Quizá eso también diga algo sobre lo que significa ser civilizado.
Tú proyecto audiovisual parte de una aparentemente sencilla pregunta. ¿Qué significa para ti ser civilizada?
Depende de a quién le preguntes. De dónde nació, cuándo, quién lo educó, qué cree y qué ha vivido. Hay tantas respuestas como formas de entender el mundo.
Lo inquietante es que quienes se han considerado más civilizados han sido capaces de cometer las mayores barbaridades. Basta recordar lo que hicieron los europeos en nombre de la civilización durante la colonización de otros continentes. Y mirar lo que sigue ocurriendo hoy, muchas veces a manos de sociedades herederas de aquella misma idea de superioridad.
Así que, más que preguntarme qué significa ser civilizado, me interesa preguntar: ¿quién decide quién lo es?
Actualmente vives en Sant Martí Vell, un pequeño pueblo medieval cercano a Girona, donde has restaurado una casa histórica que ha acabado convirtiéndose en punto de encuentro de artistas, cineastas o músicos. ¿Puede considerarse esto un ejemplo de cómo el arte puede unir a personas de distinto tipo pero con el mismo espíritu de comunión en pos de un mundo mejor?
La persona que realmente restauró Sant Martí Vell y lo llenó de artistas, locos y genios fue Elsa Peretti. Tenía un amor inmenso por este pueblo, y eso no significa que todo fuera siempre maravilloso.
Yo soy nómada. São Paulo, Río, los Campos de Cima da Serra, Buenos Aires, Los Ángeles o Sant Martí Vell son lugares tan distantes como próximos para mí.
En todos he encontrado gente extraordinaria y gente no tanto. El arte puede acercarnos, pero no nos convierte necesariamente en mejores personas.
Quizá por eso soy nómada.

Como has mencionado, a este pueblo llegó también la diseñadora de joyas y filántropa florentina Elsa Peretti, quien de forma similar hizo de este lugar su hogar, desarrollando una profunda relación con su comunidad. ¿Tuviste en cuenta su historia para llevar a cabo tu propuesta?
Conocíamos y admirábamos el trabajo de Elsa mucho antes de saber que había vivido en Cataluña. Yo la asociaba con Nueva York o Italia, jamás con un pequeño pueblo del Empordà.
Cuando decidimos instalarnos en Girona, empezamos a visitar casas. Al llegar a Sant Martí Vell, Marta, nuestra agente inmobiliaria, nos dijo: «Este pueblo tiene algo especial. Gran parte de su patrimonio se ha conservado gracias a la fundación de una diseñadora de Tiffany».
En ese momento miré a Rox, mi compañera. Llevaba puestos unos pendientes de Elsa Peretti.
Fue una coincidencia extraordinaria. Y cuanto más descubro sobre Elsa, más afinidades encuentro con ella. A veces me gusta pensar que fue ella quien nos trajo hasta aquí.
Por el tiempo que has vivido en España, ¿qué impresiones has extraído de ella como país, así como de su cultura, su geografía y sus gentes?
España me interesa precisamente porque no es una sola España. Es un territorio de identidades, lenguas y culturas muy distintas.
Vengo del extremo sur de Brasil, de un Brasil que poco tiene que ver con lo que la mayoría imagina. Soy gaúcha, culturalmente más rioplatense. Venimos de una región con una identidad muy propia, casi un país dentro de otro. Algo que, salvando las distancias, reconozco en Cataluña.
Quizá por eso me siento tan bien aquí. No porque todo me resulte familiar, sino porque entiendo esa necesidad de preservar lo que nos hace diferentes.
Reconozco algo de mí en esa diferencia.
Haciendo un repaso de tus hitos como cineasta, destaca por ejemplo el documental Visions in the Dark (2023), cuyo protagonista es el legendario montador de caballos estadounidense Monty Roberts. El filme analiza su método no violento de comunicación con los animales —lo que le llevó a establecer una insólita relación con la reina Isabel II de Inglaterra, quien la invitó a trabajar con los caballos de la familia real británica—. Esta premisa te sirvió para explorar interesantes y necesarios temas, como la comunicación sin palabras, nuestra relación con la naturaleza o aquello que el ser humano puede aprender si aprende a escuchar de otra manera. ¿Por qué crees que hoy en día parece casi imposible que el individuo llegue a conseguir entenderse con sus semejantes y qué se podría llevar a cabo para solucionarlo?
Monty fue una experiencia extraordinaria. Pero lo que más me interesaba de su historia era la necesidad de desprendernos de nuestras certezas.
Por miedo, por tradición o simplemente por costumbre, nos vamos alejando de conocimientos ancestrales y, sobre todo, de nuestra capacidad de observar.
Monty descubrió una forma de comunicación entre caballos que siempre había estado ahí. No inventó ese lenguaje. Aprendió a verlo.
Y quizá ese sea nuestro gran problema: estamos tan ocupados defendiendo lo que sabemos que hemos dejado de ver lo que tenemos delante.
Otro de tus sobresalientes trabajos es el documental Milton Bituca Nascimento, centrado en la figura mítica de la música brasileña Milton Nascimento. A través de la música, la amistad y la memoria, se establece un diálogo entre éste y otras personalidades como Quincy Jones, Wayne Shorter, Herbie Hancock, Paul Simon, Spike Lee, Esperanza Spalding o Pat Metheny. Fue el documental más visto en Brasil y obtuvo el premio a Mejor Documental en el Girona Film Festival. ¿De qué modo influyó la presencia simbólica de dicho municipio español en esta época para que finalmente decidieras vivir allí?
Girona fue una casualidad maravillosa. Vinimos en 2022 para el Festival de Cine con Visions in the Dark, ganamos el premio y nos enamoramos de la ciudad y del Empordà.
Meses después volvimos, encontramos una casa y tomamos una decisión: si Trump ganaba las elecciones, dejaríamos Estados Unidos. Una especie de autoexilio, por convicción y por principios.
Dos años después, ya viviendo en la Plaça del Vi, regresamos al festival con Milton Bituca Nascimento, que también resultó premiada.
Con Milton tomé una decisión bastante arriesgada: hacer una película sin guion. Seguirlo durante su despedida de los escenarios, confiando en que él mismo me llevaría por el mejor camino para contar su historia. No quería imponerle una película. Quería descubrir la suya.
Y, pensándolo bien, quizá fue exactamente lo que hicimos nosotros al llegar a Girona. No teníamos un guion. Seguimos el camino.
Javier, muchas gracias por tus palabras tan generosas, así como por el interés y el cariño con que han preparado la entrevista.