Uno ama lo que ama y quiere lo que quiere, pero el postureo romántico queda para el celuloide donde se nos muestran aspectos de la manipulación emocional que a simple vista pudieran ser un modelo a seguir, pero que luego distan mucho de la realidad cotidiana. No es que el romance en el cine siempre tenga que tener sentido y coherencia, pero estos gestos tienen más que ver con una idea tóxica del romanticismo.
Hay amores comerciales de esos que incluyen besos y puestas en escena. Que lo sean sinceros o envasados al vacío ya es cosa de la percepción y el contexto. Ahora bien, la degradación del amor no es un invento de la modernidad. Hay amores que matan, otros que sirven para cubrir las apariencias y otros que, siendo sinceros, se muestran en plena campaña electoral.
Las muestras de amor entre Pedro y Begoña pudieran obedecer a un ejemplo de inocencia entre dos seres, enseñando al mundo que una relación honesta lo es para lo bueno y lo malo. Amor verdadero de dos almas gemelas. En privado será lo que nadie sabe, como corresponde cuando la intimidad no requiere aplausos ni focos. Es decir, cerrar la puerta y correr las cortinas. Otra cosa es la muestra de la felicidad terapéutica para despertar simpatías electorales.
En resumidas cuentas, un espectáculo ante el Comité Federal del PSOE, en el que María Jesús Montero, una vez más se encontraba llena de éxtasis y dominada por inusuales espasmos tan comunes en ella. ¡Que se besen! ¡Que se besen! ¡Viva el partido del amor y viva el PSOE! Y demás cosas del embeleso cuando la fascinación supera la realidad de las angustias políticas. Hay mucho que tapar y mucho que esconder. Por eso, el romanticismo exhibido no puede ser real, solo conceptual y ensayado. Simple postureo demoscópico.
En España somos muy de besar. El folclore nos da pie a ello y bendito sea hacerlo entre la buena gente que sepa ver la sincera proximidad entre semejantes. Lo dice la canción: «Por un beso de la flaca, daría lo que fuera. Por un beso de ella, aunque uno solo fuera». No obstante, conviene no confundir castidad con desafuero carnal. «Un beso no se lo doy a cualquiera» o aquel clásico de la copla: «La española cuando besa, es que besa de verdad». En fin, múltiples ejemplos que avalan nuestras costumbres más primarias. Lo que sucede es que en el argot político todo suma cuando hay urnas de por medio y aquí es donde se muestran encopetadas ternuras y se dibujan caritas de alhelí.
El desengaño amoroso viene después. No me refiero al platonismo entre Pedro y Begoña, sino a los resultados en urnas que, si salen de nalgas para este Gobierno, es posible que la pureza de la mística sea sustituida por el cálculo penal derivado de los presuntos delitos que se ciernen sobre buena parte del PSOE. Y es que hay amores que matan, como ya dije. Sin embargo, tratándose de Sánchez, una docena se convierte en trece u once según convenga.
Ahora permítanme un ligero descaro porque el amor siempre despierta ese algo misterioso que se vuelve frenesí y las letras se suben a los renglones del poeta sin mirar a quién. Y porque la escena entre Pedro y Begoña me ha parecido insustancial, un vis a vis de comité, y eso me ha llevado a Erato, una de las nueve musas hijas de Zeus, ya saben, a la que se le atribuye la inspiración de los versos románticos. Una generosa criatura que baja de vez en cuando al árido mundo de los humanos para enseñarnos que con las cosas del amor verdadero no se debe jugar y menos en tiempos de campaña.