He aquí un libro cuyo atractivo no estriba solo en su calidad poética, sino en el primor de su encuadernación, en la textura de su papel, en la exquisitez de sus ilustraciones y en las voces amigas que lo acompañan. De la encuadernación de este libro-joya son responsables los editores de Búho Búcaro, Pilar S. Tarduchy y Óskar Rodrigáñez: esta plaquette es nada menos que la septuagésimo primera de las que vienen entregando a la imprenta y al deleite de los aficionados a la buena poesía. Las ilustraciones son obra en su mayoría de Elena Minematsu, aunque el propio autor aporta la imagen de portada. Un violinista de Chagall nos recuerda en la contraportada otras dos grandes pasiones de Javier Mateo Hidalgo: la pintura y la música. Para acentuar la amical coralidad, aporta un estupendo prólogo Gonzalo Laborda Morata y apuntalan el edificio con sendas citas José Luis Morante y Luis Ramos de la Torre.
De la expresión «cajón de sastre» nos ofrece el diccionario dos acepciones próximas e igualmente válidas para acercarnos a este libro: «conjunto de cosas diversas y desordenadas», uno; y el otro, «persona que tiene en su imaginación gran variedad de ideas desordenadas y confusas». Esta idea del desorden es la que enfatiza el título mediante un juego de palabras fresco, desenfadado, casi infantil: «cajón de-sastre». Y el desenfado prosigue en la sugerente ilustración de portada de esta plaquette: un cajón de sastre en el que junto a una serie de objetos que no nos sorprende demasiado encontrar —un yoyó, un soldadito de plomo, un lapicero, un bolígrafo, una goma de borrar, unos botones, unas monedas, unas tijeras, una vieja fotografía— encontramos la cabeza de un señor, con cara de despiste, que es —no tardaremos en descubrirlo— la del propio autor. El prólogo nos cuenta la historia de esta curiosa imagen. Y la glosa el poema titulado «Un día»: «Un día (de verdad) / me dejaré la cabeza / en un cajón, por ejemplo».
En el cajón, la atribulada cabeza dialogará, afable, con el resto de objetos con los que comparte provisional morada. Las cosas tienen muchas historias que contar, y son historias que mucho tienen que ver con la cabeza extraviada... También la memoria es un cajón de sastre en el que atesoramos objetos a los que un extraño no miraría dos veces y que, sin embargo, revisten para nosotros una importancia descomunal, no solo porque nos recuerdan retazos de nuestra propia vida, sino porque conservan, de una manera difícil de explicar, algo de aquellos que una vez fuimos... Testigo es el trineo de Charles Foster Kane.
Aunque el caos es el orden natural de las cosas en un cajón de sastre, y está bien que así sea, corresponde al poeta, cabeza desprendida pero también demiurgo de este pequeño universo, la búsqueda del orden. Que exista un cajón de sastre implica la existencia de un sastre dueño o usufructuario de ese cajón, y es al sastre —o sea, al poeta— a quien corresponde la tarea de «enhebrar la aguja», zurcir esos retales dispersos que habitan la memoria e intentar el relato: la vida, el libro. Mirar con simpatía a las cosas y escuchar lo que tienen que contar,
Una canica, por ejemplo, es más que una canica: es —y aquí nos acordamos una vez más de la famosa película de Orson Welles — un mundo en miniatura: un mundo mágico, ese mundo de posibilidades infinitas que es la infancia antes de que la edad imponga indeseados límites. Como le ocurre al pobre soldadito de plomo, «simulacro de adulto», juguete infantil destinado a ser maltratado por la vida, aunque con firme vocación de desertor. Una vieja fotografía es la tarjeta de visita de un mundo en el que, aun no habiéndolo conocido, nos reconocemos: nos habla del pasado prenatal, de —en acertada metáfora— «las fuentes del Nilo / de nuestra propia sangre». La herencia que ignoramos pero que nos moldea y nos hace.
Las cosas le hablan al poeta de su identidad. De dos formas: por un lado, como metonimias (remiten a un pasado del que formaron parte, como las canicas o el soldadito de plomo); por otro, como metáforas o símbolos (el soldadito encarna, por obra y gracia de la poesía, la forma en que el poeta afronta —o elude— el mundo). Otro objeto con gran potencial simbólico es el que nos presenta a continuación: un yoyó, cuyo perpetuo enredarse y desenredarse metaforiza los continuos ires y venires del pensamiento (y es esta otra característica en la que reconocemos fácilmente al infatigable creador que es Javier Mateo Hidalgo).
Está aprendiendo mucho la cabeza perpleja de su estancia en el cajón de sastre. Departiendo con un puñado de monedas gastadas aprende sobre la dignidad del trabajo; con el lapicero y el bolígrafo descubre dos actitudes diferentes ante la vida (y que no hay que tomarse la posteridad demasiado en serio); las indispensables tijeras le aleccionan sobre la necesidad de cortar, como sastres que somos del traje de nuestra propia vida, lo que es superfluo y debe dejarse atrás, «hasta quedar depurados en lo que somos»; el humilde acerico, atravesado por tantos alfileres, tiene mucho que decir sobre nuestra vulnerabilidad; de la goma de borrar aprende, paradójicamente, que no todo error es cancelable.
Los retales que hay en el cajón nos explican, a posteriori, el procedimiento que el poeta ha seguido para confeccionar su traje/libro. «Con distintos restos quiero confeccionar / un mapa temporal». No solo un mapa del tiempo; también un retrato de cuerpo entero ha confeccionado el sastre con lo que ha encontrado en su cajón. Un cuerpo hecho de vida y de experiencia para la solitaria cabeza desgajada, que en el caos del cajón ha terminado por descubrir su propio orden.
En los poemas que siguen, que ocupan las dos últimas y breves secciones del libro, «Poemas desdoblados» y «Uniones», salimos del cajón, pero no de la sastrería. Convoca Mateo Hidalgo en la primera referentes literarios y pictóricos —Penélope, Aracne, Ariadna, Ovidio, Kafka, Velázquez— para seguir desplegando la trama de este tapiz literario: las «metamorfosis» de la identidad; en la segunda, es especialmente destacable el poema que cierra el libro, «Pespunteando almas»: almas cosidas juntas, o de cómo solo el amor puede y sabe dar la última puntada.